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No
recuerdo cuándo fue la primera vez que lo hice.
Sólo sé que fue cuando entraba en la pubertad
y buscaba tener mi propia identidad personal. Ya no
quería que me siguieran viendo como un niño.
Quería mostrar mi independencia, aunque sea sólo
dentro de mi mente. Quizás por eso veía
tan infantil seguirle llamando Papi, sin
importar lo familiar y cariñosa que fuera esa
frase.
Entonces apareció en mi boca una nueva opción.
De repente comencé a llamarle Viejo,
aunque debo admitir que al principio también
me incomodaba. Dentro de mí significaba lo mucho
que admiraba su experiencia y su capacidad. En ningún
momento era una frase despectiva porque no permitía
que nadie más le llamara así.
Cuando, años más tarde, la menor de mis
hermanas comenzó a llamarle así me molestó.
Pero no tenía manera de quitarle una expresión
que yo usaba con frecuencia. Sin embargo, resulta paradójico
que esa expresión que usé para mostrar
mi madurez resultara en que el viejo me
llamara siempre Niño, aun cuando
llegué a la edad adulta.
Casi un cuarto de siglo ha pasado desde esa primera
vez y muchas cosas han sucedido en mi vida. Mi memoria
rebosa de recuerdos y, quizás, hay cosas que
el viejo pudo haber hecho mejor.
Sin embargo, nunca cambiaría a mi padre por nadie,
pues los momentos positivos sobrepasan con creces a
los negativos y han quedado grabados en mi corazón
como esculpidos en piedra, tanto así que me traen
de nuevo la alegría de la juventud. Es justo
que pueda mencionar algunos de ellos.
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Tengo muy presente aquella reunión familiar,
siendo yo un adolescente, en que le dije que no deseaba
verlo sólo como padre sino como un amigo. La
respuesta no se dejó esperar y al poco tiempo
estábamos los dos en el estadio viendo jugar
a la selección. Estábamos como dos buenos
amigos almorzando carne asada y gritando juntos.
Viene
a mi mente otro momento agradable. Aquella ocasión
cuando quise comprometerme con una novia. De nuevo el
método de almorzar juntos, disfrutando de aquellas
sabrosas patitas de cerdo. De más está
decir que me convenció de la necesidad de esperar.
Por supuesto, los años me ayudaron a ver lo apropiada
de aquella decisión.
Es por eso que pienso que nunca le di el reconocimiento
que se merecía. Quizás debí hacerlo
de manera personal y privada. Decirle Viejo, usted
es el mejor padre. Probablemente lo más
cercano a eso fue durante aquella reunión multitudinaria
cuando expresé abiertamente que todo lo bueno
que había recibido se lo debía a ellos
como padres.
Ahora he madurado, mi cabello está lleno de canas
y aunque la vida no me ha permitido tener la dicha de
ser padre y el viejo me siga viendo como
niño, reconozco su tremendo esfuerzo
por darme lo mejor.
Sé que mis errores le han traído mucho
dolor y vergüenza.

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