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Hace
dos años, los asistentes se contaban con los
dedos de la mano: ancianos sin hogar borrachos en busca
de un plato de comida.
Así comenzó la obra de ayuda comunitaria
que nació y vive al amparo de la Iglesia Luterana
La Resurrección del Barrio San Miguelito.
Ahora un centenar de personas que buscan reformar sus
vidas y conocer la Palabra de Dios forma parte del proyecto
Amor y Solidaridad que no sólo atiende
indigentes, sino también a todas aquellas personas
de escasos recursos que piden ayuda.
Con Dios y amor
Cada martes al mediodía, la Iglesia Luterana
se convierte en un comedor público. Ahí
niños, mujeres y ancianos, pero sobre todo hombres
jóvenes, encuentran un suculento almuerzo a cambio
de compartir sus experiencias o si lo desean escuchar
las celebraciones religiosas.
Un culto y la oración anteceden la comida que
sirven con esmero los voluntarios luteranos, incluyendo
dos misioneros estadounidenses que durante los próximos
tres años dirigirán la obra de Amor
y Solidaridad.

Los
asistentes fluctúan de semana a semana, pero
nunca baja de los 60; por el contrario hubo día
en que tuvieron que disminuir la ración para
dar de comer a 200 y más, y no importa que entre
ellos haya borrachos y drogadictos; a más de
alguno van a rescatar.
El reverendo Medardo Gómez dice que la carencia
de recursos no les ha permitido entrar de lleno en un
programa de desintoxicación, ya que el ministerio
se sostiene con ofrendas de los mismos luteranos, pero
los frutos han comenzado a verse.
Es maravilloso cómo el poder de la palabra
de Dios cambia, dice el religioso para quien el
componente más importante ha sido llenar el vacío
espiritual de las personas que llegan buscando un plato
de comida y encuentran a un Jesucristo dispuesto a cambiarles
la vida.
Aunque no saben con exactitud la procedencia de cada
visitante, ya que es difícil lograr que entren
en confianza, han detectado que la mayoría de
ellos son hombres en edad productiva, incluyendo ex-empleados,
secretarias y obreros que se dejaron vencer por la droga.
Tres jóvenes en riesgo de terminar en la calle
ahora estudian y se han convertido en colaboradores
del mismo proyecto para servir de ejemplo a otros que
todavía no se atreven a revelarse ante los problemas
que padecen.

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José,
de 12 años, es uno de ellos. Adolescente, extrovertido,
sonriente. Su rostro muestra su deseo de superación
y las ganas de seguir adelante. Se convirtió
a Jesucristo porque estaba harto de sufrir.
Él atiende a los indigentes, les sirve la comida
y les habla de Dios mientras Rafael Menjívar
organiza juegos grupales que los divierten y les permiten
incorporarse con mayor tranquilidad a las actividades.

Muchos
hablan de la Biblia y lo hacen con seguridad y recuerdan
pasajes bíblicos con exactitud, por eso el reverendo
Gómez piensa que gran parte fueron cristianos
de otras iglesias que cayeron en el vicio. Pero la idea,
que surgió de una caminata del reverendo Medardo
Gómez por las comunidades marginales de la zona,
podría convertirse en un albergue que de construirse
combinaría el trabajo social, pastoral y de vocación
para quienes deseen aprender un oficio.
Comienza
otra etapa
Sacha
Elliot Amen ha comenzado una cruzada por escuelas, centros
comerciales, empresas e incluso tiene entre sus planes
llegar a las oficinas del alcalde Héctor Silva
en busca de ayuda para fundar el albergue.
Ella, una misionera estadounidense de la Iglesia Cristo
Unido, y su esposo, el reverendo Jim Elliott, van a
dirigir la obra, cuyo presupuesto anual está
calculado en unos 23 mil dólares, siempre y cuando
encuentren ayuda voluntaria de sicólogos, siquiatras
y médicos dispuestos a involucrarse sin ninguna
retribución.
Sus metas son ambiciosas, a pesar de las barreras con
las que se han encontrado. Piensa que durante la primera
etapa la casa hogar, que podría ser una casa
alquilada en sus inicios, dará comida y un lugar
limpio donde dormir a unas 50 personas, para luego extenderse
a otras áreas.
A través del Sínodo Luterano Salvadoreño
también se ha solicitado ayuda a otras iglesias
de Canadá y Estados Unidas solidarias con la
entidad a fin de recolectar los fondos necesarios para
que a finales del 2001 este hogar esté funcionando
con toda la capacidad.
Pero el camino es largo y escabroso. Sacha y Jim han
entrado muy en confianza con las comunidades Tutunichapa
e incluso con indigentes, borrachos y prostitutas de
la zona que han mostrado interés por conocer
la palabra de Dios.
En esta zona todos los conocen y más de alguno
suele detenerlos a media calle en busca de una moneda
y en más de una ocasión de escucharles
hablar de Jesucristo, como lo han hecho con una joven
drogadicta, cuya hija, de meses de nacida, recibe la
leche necesaria que su madre no puede darle.
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