Vamos al especial

 
 

 

Un viejo peluquero de calle nos refresca con su historia en el ardiente mediodía de Tacachico, La Libertad.


 

Un mediodía de domingo tuve la excusa ideal para adentrarme por la desolada y pedregosa calle que desde San Juan Opico conduce a Tacachico. Había que asistir a la inauguración de la casa de la cultura número 138 en el país.
Tacachico es una regazón de casas y varias callejuelas en medio de un valle que en verano arde a 40 grados a la sombra.
La mesa del acto inaugural es abundante. Como diez personas están apelotonadas en el portal. A un lado los invitados especiales y la gente del pueblo que quiere ver. Lo que más les atrae son las danzas del Ballet Folclórico Nacional.
Esto me permite percatarme de dos solitarias sillas de peluquero en medio del portal, ante las que dormita un anciano con la boca abierta. Los dueños del negocio, aprovechando la ausencia de clientes, se han asomado al grupo que rodea a los danzantes.
Al cabo de un rato aparece Miguel Morales Rivas y al darse cuenta de que he preguntado por el dueño del negocio de cortar pelo me pregunta que cómo quiero el corte.
Lleva 60 de sus 77 años haciendo esta pregunta por todos los confines del valle de Tacachico, incluso en los tiempos en que era peluquero errante y debía evadir a la guardia porque no tenía matriculada la cajita en la que le cabía el negocio.
“No, si el deseo de salir adelante lo hace a uno aprender sus cosas”, responde cuando le pregunto cómo se hizo peluquero. Su memoria es fresca y con gran claridad recuerda su vida de hace 60 años.
“Trabajaba —dice— de jornalero en la hacienda de Vilanova por 80 centavos diarios. Era bonita la vida de antes, pero era dura”.
Hasta la hacienda llegaban cada domingo de pago los peluqueros a cortarle el pelo a los jornaleros. Él estaba cipote y se paraba a ver cómo cortaban el cabello. Después comenzó a practicar con los muchachos menores que él hasta que se sintió con valor para poner su propio negocio y hacerse de algunos pesos más.

 

Como no tenía para poner su taller fijo y pagar el impuesto se convirtió en peluquero errante. Iba de pueblo en pueblo, de pago en pago, de domingo en domingo y de feria en feria con su cajita en la que cargaba tijeras, navaja, peine, piedra de afilar, loción y una franela. Al principio, el cliente ponía el taburete; después pudo conseguir uno.
Cortaba el pelo por 15 centavos y por 25 rasuraba pelo y barba. El único inconveniente es que debía tener un ojo en la cabeza del cliente y el otro alerta para evadir a la guardia y evitar que le decomisaran el negocio clandestino.
Así se mantuvo hasta que pudo comprar en 30 colores la silla que hoy utiliza. “Tiene 45 años esta silla”, dice con orgullo.
El tiempo le permitió establecerse, no sólo como peluquero y agricultor, sino también como esposo y padre de una familia. La silla que sustituye al taburete es el gran cambio que ha sufrido su negocio. El resto: tijera, peine, talcos, loción, navaja, franela, espejo, siguen protegidos dentro de la cajita inicial.
Se siente orgulloso de su trabajo, que por gracia de Dios no le falta. Los muchachos llegan a repasarse los cortes que les hacen en las salas de belleza. Él les ofrece los estilos medio oscuro, medio francesa, francesa entera y hongo.
Pese a todo, las cosas no han sido malas en la vida. Hubo un tiempo en que tuvo tierra cultivada. Sembraba arroz, maíz y maicillo, lo que le dejaba alguna ganancia que le permitía hasta pagar mozos.
En ese tiempo de bonanza nunca dejaba de salir los fines de semana a cortar pelo. Sin embargo, cuando regresaba de liquidar su deuda, contento de haber ganado seis mil colones en la temporada, lo estaban esperando en su casa.

 

Los ladrones amenazaron a su esposa. “Como ellas son más débiles les dijo dónde tenía los centavos”, recuerda con resignación.
Después de haber dejado sus tierras para venirse buscando la seguridad en el pueblo, no termina de comprender cómo los ladrones sabían cuánto había ganado en la cosecha.

Un señor que es algo de la alcaldía me ha llamado por tercera vez. Insiste en que acuda a un almuerzo que nos han preparado; le digo que sólo voy a hacer unas fotos a don Miguel Morales y luego llego.
Don Miguel es colaborador y se sienta en su vieja silla, coge los instrumentos del negocio de su vida y posa con orgullo para la foto. Las danzas han terminado y el portal se va quedando vacío.
Yo me alejo con la idea de conseguir espacio para pintar una estampa de esas que se mantienen dispersas en los rincones más inesperados.
No, si el deseo de salir adelante lo hace a uno aprender sus cosas
Don Miguel Morales,
peluquero.

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