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La
Asamblea Legislativa la homenajeó después de que recibiera
el premio Mujer de las Américas en 1962.
No le importó que la sociedad de
su tiempo se burlara diciéndole: Ahí viene la María
de Baratta y sus indios. Defendió las manifestaciones culturales
propias de nuestra tierra porque estaba convencida que de ella había
heredado sangre y espíritu.
Supo reconocer la belleza de la música indígena ingenua
y sencilla, espontánea, pura
y originalmente nuestra. Ofreció conciertos de piano
en Roma, Nueva York, Guatemala y El Salvador, pero igual se interesó
por el sonido del tepunahuaste, el pito, la chirimía y el tambor.
Así era María de Baratta o María de Cuzcatlán,
como un amigo la bautizó.
Uno de sus nietos, José Mario Olmedo Baratta, dice que por haberse
interesado por nuestro folclor se le señaló incluso como
comunista, pero mi abuela no tenía una sensibilización
social desde el punto de vista político, sino por el mero interés
de conservar el patrimonio nacional.
Doña María era capaz de platicar con un artista indígena
como con un destacado escritor. Sus amigos eran desde músicos
indígenas hasta escritores, tenores, pintores, entre otros artistas,
que habían hecho de su casa su centro de tertulias en un ambiente
plagado de objetos de arte, antigüedades y humo de incienso hindú.
Era como un imán para todos los intelectuales de la época,
dice Mauricio Paredes, reconocido experto en ballet folcórico,
quien recuerda como Salarrué, Claudia Lars, Alberto Masferrer,
Arturo Ambrogi, Morena Celarié y Pancho Lara eran seducidos por
aquella mujer de cuerpo grueso, piel blanca, conversación exquisita
y carácter alegre.

Popular y polémica
Según el ingeniero Olmedo Baratta, era muy popular, una gran
anfitriona, el centro de atencion aun para los artistas internacionales
que venían al país entre 1935 y 1960. Ella vivía
un mundo mágico, era bohemia y en su casa las tertulias terminaban
a las cuatro de la mañana con un pleito de versos entre Arturo
Ambrogi y Salarrué, mi abuela tocando piano, y Vicente Rosales
y Rosales recitando poesías, relata.
Su vida fue además polémica. Fue la única junto
a Salarrué de los artistas que asistió al funeral
de Alberto Masferrer, a quien quería mucho y uno de los importantes
escritores con quien había fundado un movimiento intelectual
artístico llamado El Parnaso Salvadoreño.
Cuando Morena Celarié murió misteriosamente se dirigió
con un grupo de mujeres a la Puerta del Diablo para cambiarle el nombre:
Puerta de los Ángeles. Su acción se registró en
los periódicos y causó revuelo.
El ingeniero Olmedo Baratta cuenta sobre su participación en
la marcha de las sufragistas y luego en la Marcha de brazos caídos
contra el gobierno del general Maximiliano Hernández Martínez,
de cómo fue encarcelada y luego liberada gracias a la presión
ejercida por sus amigos artistas afuera de la policía.
A este nieto le fascina este lado controversial de su abuela, como también
el humano y el que atesorara vasto conocimiento sobre nuestra cultura.
Yo disfruté del cariño de mi abuela y aprendí
de ella todo lo bonito de las tradiciones nuestras, que vienen siendo
una especie de alma que no tenemos, porque desgraciadamente somos una
cultura copista, panfletaria, dice el ingeniero Olmedo Baratta.
Mauricio Paredes la recuerda como una mujer bromista, extremadamente
elocuente y profunda conocedora del folclor salvadoreño. Platicar
con doña María era como ver una película de largo
metraje bellísima que uno no quería que terminara. Tenía
temas para todas las edades y cualquier nivel cultural... Me tocaba
su música para que la bailara, luego me corregía... era
encantador estar con ella, dice.
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Su
obra
Y es que la vida de esta mujer, que se casó con Augusto Baratta,
un preeminente arquitecto italiano, fue una de entrega al estudio científico
de nuestro folclor, que quedó plasmado en su libro Cuzcatlán
típico, ensayo sobre etnofonía de El Salvador. Folklore,
folkwisa y folkway, publicado en 1952 por el entonces Ministerio
de Cultura.
Estos tomos significan el fruto de casi treinta años de investigaciones
que le implicaron romper la barrera impuesta por esquivas comunidades
indígenas y la paciente observación y registro de toda
la información requerida. Hospedó durante semanas a esos
grupos de artistas para verlos danzar, cantar o dramatizar las historias
legadas por los conquistadores españoles, porque en ese tiempo
no había cámaras de vídeo o radiograbadoras que
facilitaran su trabajo.
Viajó mucho, tocó puertas de ancianos nativos y registró
todas aquellas expresiones culturales, ya fuera una bomba, un son, una
creencia, un resto arqueológico, una vestimenta, o traducir del
castellano antiguo los diálogos de los historiantes, que hasta
ese momento se conservaban bastante puros.
Por eso, mirar hoy sus libros es como hacer un recorrido amplio de todas
las tradiciones nuestras, muchas de ellas ya perdidas. Yo creo
que la mayor virtud de mi abuela fue recopilar y poner en pentagrama
(estilizar) la música que era de tradición oral, y recopilar
las versiones del Torito Pinto o El Barreño, comenta el
ingeniero Olmedo Baratta.
Aparte de hacer esas estilizaciones compuso obras musicales como El
Nahualismo, considerada una de las más bellas. Y es que
María de Baratta amaba la música, por eso dedicó
en su libro especial interés a la parte de etnofonía,
presentando ...un estudio puramente científico, de análisis
minucioso de las formas, ritmos, material melódico, escalas,
modos y estructura de nuestra

Doña
María Mendoza de Baratta en sus tiempos mozos cuando contaba
con unos veinte años de edad.
música
primitiva.
Vio la necesidad de recuperar la originalidad de la música porque
habían sido desfiguradas por ciertos intérpretes
que poseían poco sentido rítmico y hasta poca memoria
del oído para retener la melodía, así como
también el hacer un esfuerzo de ensayo folclórico para
que Cuzcatlán reconquiste su alma.
Mi abuela sufría mucho al ver la influencia de la cultura
norteamericana que íbamos adquiriendo, recuerda el ingeniero
Olmedo. Por eso se preocupó por recuperar lo que nos quedaba,
y para 1929 ya había compilado muchos de sus apuntes que podemos
leer en su obra Cuzcatlán típico, la cual
se convirtió en la primera en su género en El Salvador.
¿Una deuda con ella?
El ingeniero Olmedo Baratta cree que en el país hay mucha gente
que ha estudiado su obra, pero que su abuela es mucho más conocida
en el extranjero, hasta el punto de que en algunas facultades de antropología
de universidades de Europa y Argentina la utilizan como libros de texto.
Lo que pasa es que aquí tendemos a no reconocer lo que
tenemos, dice el ingeniero Olmedo. Mauricio Paredes dice que a
su legado escrito no se le ha dado la importancia debida y que prueba
de ello es que las autoridades culturales no se han preocupado por reeditar
sus dos libros.
Se sabe que en 1991 se elaboró una edición especial de
Cuzcatlán típico por parte del Ministerio
de Educación con el auspicio de la Organización de los
Estados Americanos (OEA), a través del Proyecto Multinacional
de Artes. Sin embargo, sus libros son una reliquia hoy y las presentes
generaciones han oído poco o nada de esta mujer que se entregó
a desentrañar los misterios de la música y de las tradiciones
autóctonas de
El Salvador.
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Doña
María contempla la Piedra de la conquista, durante
un recorrido por Izalco.
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Su
faceta poética
Lorena de Olmedo, esposa del ingeniero Olmedo Baratta y graduada
en letras, se ha
encargado de rescatar algunos documentos que han revelado una
habilidad desconocida de doña María.
Quiero
que mi garganta cante como chiltota, el amor del humilde con su
dolor errante..., de su poema Canción humilde,
uno de muchos que legó y que se mantienen indéditos.
Era
bucólica, maneja un lenguaje riquísimo, lindisimo
de metáforas. Me impresiona la parte sensorial de ella
hacia el ser salvadoreño, dice Lorena, para quien
doña María cultivó o fortaleció ese
amor a nuestra naturaleza e idiosincrasia después de sus
recorridos por infinidad de pueblos.
No
los fechó y supongo que los escribe después de Cuzcatlán
típico, ya dentro de una época de recogimiento.
Manejaba un buen nivel literario y un dominio bastante bueno de
la poesía, afirma Lorena.
Entre
los escritos de doña María también figuran
cartas que le escribió a amigos como Alberto Masferrer
y otras que le escribieron. Lorena de Olmedo cree que estos
documentos reflejan otra parte de ella y que ojalá alguien
se interese en recopilar en un solo tomo su obra no conocida.
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Doña
María posando con músicos indígenas.
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Datos
biográficos
Nació
en San Salvador el 27 de febrero de 1890 y murió el 4 de
junio de 1978. Fueron sus padres fueron el doctor José
Ángel Mendoza y doña María García
de Mendoza, conocida pianista de su tiempo.
Se
graduó de bachiller del Colegio de las Ursulinas en Guatemala.
A los seis años ya recibía clases de solfeo y más
adelante estudió con preeminentes maestros dentro y fuera
del país.
Entre
las obras musicales con las que destacó en el extranjero
figuran: Los tecomatillos, Danza del incienso,
Can-Calagui-Tunal, Ofrenda de la elegida
y Nahualismo.
Realizó
unas 24 estilizaciones folclóricas como El torito
pinto, y El barreño; creó la pieza
de ballet En el teocali, y escribió más
de 15 obras entre apuntes periodísticos, dos libros y conferencias.
Recibió
numerosos premios, entre ellos uno en 1934 en Piedras Negras,
Coahuila (México) y otro en 1947, en la ciudad de David
por Ofrenda de la elegida y el Bacanal indígena;
en 1939 gana medalla de oro en los Juegos Florales de Santa Ana
por su composición en prosa Collar de dientes.
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Criticó
la indiferencia hacia esos tesoros de poesía, color y
armonía que anidan allá en la sierra, la montaña,
en el
rancho o el pueblecito indígena.Se familiarizó tanto
con nuestros
indios que movida por la nostalgia
visitaba sus fiestas tan llenas de color
y de música tan
ingenua.
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