2 de junio 2002


“¡Cuzcatlán!... el símbolo que encierra toda la tradición de una raza...
Cuzcatlán (“collar dedientes”), collar de tradiciones y leyendas, diría yo, sartal de morenas perlas, en las que cada cuenta es el poema de un dolor o de una epopeya de nuestros indios”. (De su libro “Cuzcatlán típico”).

La Asamblea Legislativa la homenajeó después de que recibiera el premio “Mujer de las Américas” en 1962.

No le importó que la sociedad de su tiempo se burlara diciéndole: “Ahí viene la María de Baratta y sus indios”. Defendió las manifestaciones culturales propias de nuestra tierra porque estaba convencida que de ella había heredado “sangre y espíritu”.
Supo reconocer la belleza de la música indígena “ingenua” y “sencilla”, “espontánea”, “pura” y “originalmente nuestra”. Ofreció conciertos de piano en Roma, Nueva York, Guatemala y El Salvador, pero igual se interesó por el sonido del tepunahuaste, el pito, la chirimía y el tambor.
Así era María de Baratta o “María de Cuzcatlán”, como un amigo la bautizó.
Uno de sus nietos, José Mario Olmedo Baratta, dice que por haberse interesado por nuestro folclor se le señaló incluso como comunista, pero “mi abuela no tenía una sensibilización social desde el punto de vista político, sino por el mero interés de conservar el patrimonio nacional”.
Doña María era capaz de platicar con un artista indígena como con un destacado escritor. Sus amigos eran desde músicos indígenas hasta escritores, tenores, pintores, entre otros artistas, que habían hecho de su casa su centro de tertulias en un ambiente plagado de objetos de arte, antigüedades y humo de incienso hindú.
“Era como un imán para todos los intelectuales de la época”, dice Mauricio Paredes, reconocido experto en ballet folcórico, quien recuerda como Salarrué, Claudia Lars, Alberto Masferrer, Arturo Ambrogi, Morena Celarié y Pancho Lara eran seducidos por aquella mujer de cuerpo grueso, piel blanca, conversación exquisita y carácter alegre.



Popular y polémica

Según el ingeniero Olmedo Baratta, era muy popular, una gran anfitriona, el centro de atencion aun para los artistas internacionales que venían al país entre 1935 y 1960. “Ella vivía un mundo mágico, era bohemia y en su casa las tertulias terminaban a las cuatro de la mañana con un pleito de versos entre Arturo Ambrogi y Salarrué, mi abuela tocando piano, y Vicente Rosales y Rosales recitando poesías”, relata.
Su vida fue además polémica. Fue la única —junto a Salarrué— de los artistas que asistió al funeral de Alberto Masferrer, a quien quería mucho y uno de los importantes escritores con quien había fundado un movimiento intelectual artístico llamado “El Parnaso Salvadoreño”.
Cuando Morena Celarié murió misteriosamente se dirigió con un grupo de mujeres a la Puerta del Diablo para cambiarle el nombre: Puerta de los Ángeles. Su acción se registró en los periódicos y causó revuelo.
El ingeniero Olmedo Baratta cuenta sobre su participación en la marcha de las sufragistas y luego en la “Marcha de brazos caídos contra el gobierno del general Maximiliano Hernández Martínez, de cómo fue encarcelada y luego liberada gracias a la presión ejercida por sus amigos artistas afuera de la policía.
A este nieto le fascina este lado controversial de su abuela, como también el humano y el que atesorara vasto conocimiento sobre nuestra cultura. “Yo disfruté del cariño de mi abuela y aprendí de ella todo lo bonito de las tradiciones nuestras, que vienen siendo una especie de alma que no tenemos, porque desgraciadamente somos una cultura copista, panfletaria”, dice el ingeniero Olmedo Baratta.
Mauricio Paredes la recuerda como una mujer bromista, extremadamente elocuente y profunda conocedora del folclor salvadoreño. “Platicar con doña María era como ver una película de largo metraje bellísima que uno no quería que terminara. Tenía temas para todas las edades y cualquier nivel cultural... Me tocaba su música para que la bailara, luego me corregía... era encantador estar con ella”, dice.

 

Su obra

Y es que la vida de esta mujer, que se casó con Augusto Baratta, un preeminente arquitecto italiano, fue una de entrega al estudio científico de nuestro folclor, que quedó plasmado en su libro “Cuzcatlán típico, ensayo sobre etnofonía de El Salvador. Folklore, folkwisa y folkway”, publicado en 1952 por el entonces Ministerio de Cultura.
Estos tomos significan el fruto de casi treinta años de investigaciones que le implicaron romper la barrera impuesta por esquivas comunidades indígenas y la paciente observación y registro de toda la información requerida. Hospedó durante semanas a esos grupos de artistas para verlos danzar, cantar o dramatizar las historias legadas por los conquistadores españoles, porque en ese tiempo no había cámaras de vídeo o radiograbadoras que facilitaran su trabajo.
Viajó mucho, tocó puertas de ancianos nativos y registró todas aquellas expresiones culturales, ya fuera una bomba, un son, una creencia, un resto arqueológico, una vestimenta, o traducir del castellano antiguo los diálogos de los historiantes, que hasta ese momento se conservaban bastante puros.
Por eso, mirar hoy sus libros es como hacer un recorrido amplio de todas las tradiciones nuestras, muchas de ellas ya perdidas. “Yo creo que la mayor virtud de mi abuela fue recopilar y poner en pentagrama (estilizar) la música que era de tradición oral, y recopilar las versiones del Torito Pinto o El Barreño”, comenta el ingeniero Olmedo Baratta.
Aparte de hacer esas estilizaciones compuso obras musicales como “El Nahualismo”, considerada una de las más bellas. Y es que María de Baratta amaba la música, por eso dedicó en su libro especial interés a la parte de etnofonía, presentando “...un estudio puramente científico, de análisis minucioso de las formas, ritmos, material melódico, escalas, modos y estructura de nuestra

Doña María Mendoza de Baratta en sus tiempos mozos cuando contaba con unos veinte años de edad.

música primitiva”.

Vio la necesidad de recuperar la originalidad de la música porque habían sido “desfiguradas” por ciertos intérpretes que “poseían poco sentido rítmico y hasta poca memoria del oído para retener la melodía”, así como también el hacer un esfuerzo de ensayo folclórico para “que Cuzcatlán reconquiste su alma”.
“Mi abuela sufría mucho al ver la influencia de la cultura norteamericana que íbamos adquiriendo”, recuerda el ingeniero Olmedo. Por eso se preocupó por recuperar lo que nos quedaba, y para 1929 ya había compilado muchos de sus apuntes que podemos leer en su obra “Cuzcatlán típico”, la cual se convirtió en la primera en su género en El Salvador.
¿Una deuda con ella?
El ingeniero Olmedo Baratta cree que en el país hay mucha gente que ha estudiado su obra, pero que su abuela es mucho más conocida en el extranjero, hasta el punto de que en algunas facultades de antropología de universidades de Europa y Argentina la utilizan como libros de texto.
“Lo que pasa es que aquí tendemos a no reconocer lo que tenemos”, dice el ingeniero Olmedo. Mauricio Paredes dice que a su legado escrito no se le ha dado la importancia debida y que prueba de ello es que las autoridades culturales no se han preocupado por reeditar sus dos libros.
Se sabe que en 1991 se elaboró una edición especial de “Cuzcatlán típico” por parte del Ministerio de Educación con el auspicio de la Organización de los Estados Americanos (OEA), a través del Proyecto Multinacional de Artes. Sin embargo, sus libros son una reliquia hoy y las presentes generaciones han oído poco o nada de esta mujer que se entregó a desentrañar los misterios de la música y de las tradiciones autóctonas de
El Salvador.

 

Doña María contempla la “Piedra de la conquista”, durante un recorrido por Izalco.

Su faceta poética

Lorena de Olmedo, esposa del ingeniero Olmedo Baratta y graduada en letras, se ha
encargado de rescatar algunos documentos que han revelado una habilidad desconocida de doña María.


“Quiero que mi garganta cante como chiltota, el amor del humilde con su dolor errante...”, de su poema “Canción humilde”, uno de muchos que legó y que se mantienen indéditos.

“Era bucólica, maneja un lenguaje riquísimo, lindisimo de metáforas. Me impresiona la parte sensorial de ella hacia el ser salvadoreño”, dice Lorena, para quien doña María cultivó o fortaleció ese amor a nuestra naturaleza e idiosincrasia después de sus recorridos por infinidad de pueblos.

“No los fechó y supongo que los escribe después de ‘Cuzcatlán típico’, ya dentro de una época de recogimiento. Manejaba un buen nivel literario y un dominio bastante bueno de la poesía”, afirma Lorena.

Entre los escritos de doña María también figuran cartas que le escribió a amigos como Alberto Masferrer y otras que le escribieron. Lorena de Olmedo cree que “estos documentos reflejan otra parte de ella y que ojalá alguien se interese en recopilar en un solo tomo su obra no conocida”.

Doña María posando con músicos indígenas.

Datos biográficos

Nació en San Salvador el 27 de febrero de 1890 y murió el 4 de junio de 1978. Fueron sus padres fueron el doctor José Ángel Mendoza y doña María García de Mendoza, conocida pianista de su tiempo.

Se graduó de bachiller del Colegio de las Ursulinas en Guatemala. A los seis años ya recibía clases de solfeo y más adelante estudió con preeminentes maestros dentro y fuera del país.

Entre las obras musicales con las que destacó en el extranjero figuran: “Los tecomatillos”, “Danza del incienso”, “Can-Calagui-Tunal”, “Ofrenda de la elegida” y “Nahualismo”.

Realizó unas 24 estilizaciones folclóricas como “El torito pinto”, y “El barreño”; creó la pieza de ballet “En el teocali”, y escribió más de 15 obras entre apuntes periodísticos, dos libros y conferencias.

Recibió numerosos premios, entre ellos uno en 1934 en Piedras Negras, Coahuila (México) y otro en 1947, en la ciudad de David por “Ofrenda de la elegida” y el “Bacanal indígena”; en 1939 gana medalla de oro en los Juegos Florales de Santa Ana por su composición en prosa “Collar de dientes”.

Criticó la indiferencia hacia “esos tesoros de poesía, color y
armonía que anidan allá en la sierra, la montaña, en el
rancho o el pueblecito indígena”.Se familiarizó tanto con nuestros
indios que movida por la nostalgia
visitaba sus fiestas “tan llenas de color
y de música tan
ingenua”.

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