3 de febrero 2002



El modo de los versos aquí puede resultarnos extraño, debido a que Eguizábal se ha esforzado en vivirlos, sumergiéndose en la bohemia para estar en su destino correcto de poeta.

El poeta Daniel Eguizábal, haciendo patente su humildad, que es otra forma de altivez intelectual, no solo le bastó nacer en San Miguel, sino que marchó a la Siberia del oriente y desde ahí nos envía “Autorretrato en technicolor”.
Ese mismo talante lo acompañó de terquedad. Sencillamente salió ofertando por la calle su libro en aquella ciudad que lo vio nacer. Esta le aguarda con la inmortalidad del nuevo bardo, el contemporáneo, el que podría, como Francisco Gavidia, volverse el más universal de los salvadoreños sin salir de ella.
Daniel Eguizábal está pretendiendo por comodidad o por necesidad demostrarlo; sigue con su boina de casimir caminando como el más célebre de los desconocidos allá en la región ultralempina.
En esta colección de poemas nos deja caer un torrente de ellos, que presentada bajo cuatro títulos conceptualizados por su genialidad aldeana da un significativo avance a las letras locales, así como una aportación al país, si bien no es novedosa.
Se vale de algo moderno, en boga, como lo es el “trozado”, para presentar un cambio a la estructura monótona de la poesía.
Resultó ser un buen y hábil conductor de la palabra, haciendo de él su estilo, que refresca al leer.
En “Este pequeño manicomio”, de un tajo nos introduce a lo que será, a nuestro juicio, su fuerte, trabajado y cuidadosamente elaborado, cuando menos en esta presentación:

 

¿y qué puede hacer este indefenso barro
contra el silencio de un musgo celeste?

Imagine

si

en el más allá

creí
de

la

redondez

en
donde

habito ...

Para hablar de su temática, lenguaje, ideas o visión de artista/vate podemos discurrirlo en sus “Hojas de polvo”, donde descarga como una primera parte una gran cantidad de sentimientos que aguardan ser escuchados y leídos en un corto tiempo:

... desde el fósforo del alba

hasta el túnel de los ocasos malheridos
irreverentes brújulas
—las aves—

inventan formas de leer los cielos

bajando hasta la fronda un abecedario azul...

 

Los poetas y las poetisas muchas veces no viven lo que escriben. Acaso les quedaría oportunidad de hacerlo si lo viviesen... Son simples narradores de lo que ven. Eso sí, impregnan una esencia a la vivencia, volviéndolos únicos intérpretes de cualquier materialidad.

 

  El modo de los versos aquí puede resultarnos extraño, debido esto a que Daniel Eguizábal se ha esforzado en vivirlos, sumergiéndose en la bohemia para estar así en su destino correcto de poeta y extrañamente no se queja —no más de lo normal—, tornándose distinto de tan originales que resultan sus tramas.
Es este sentido el que impedirá la universalidad de sus escritos. De la que no estoy seguro sea su pretensión, incluso solo nos ha mostrado en el género literario su cara actual. ¿Nos aguarda otra faceta?
Con 39 hojarascas volando en su vida podríamos esperar más.
En la parte final “Uvas del silencio” continúa perseguidor con sus temas que denotan una calculada idea de que al leerla no solo lo hagamos por compromiso con la literatura, sino que nos preguntemos ¿De dónde sacará este autor sus inspiraciones?
Ese placer intimista nos lo sugiere en el capítulo último. Nos da para que dejemos de quejarnos, algo para reconocerlo, volviéndonos a la calma, con más de lo mismo, su soneto:


Ya quiero desvivir tanto celaje
decapitar del ojo tanta luna
y reciclar la mar en un follaje

que me dé verde luz... alunizaje
las lágrimas del sol como ninguna
y las siglas de un ser sin equipaje.


Su particular sensibilidad puede no ser nuevo o digerible para algunos. Pero si posee desenvolvimiento en los párrafos no es un extraño en estas corrientes.
Admiro su constancia, la que solo en una adversidad como la que lo rodea puede causarle motivación, siendo continuar residiendo allá a 139 kilómetros de la capital.

ficha
Título: Autorretrato en technicolor.
Autor: Daniel Eguizábal.
Páginas: 136.
Editor: Talleres de Artes Gráficas Germinal.

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