3 de febrero 2002



Su oficio de jardinero le ha permitido conocer muchas cosas de las plantas, entre ellas
la técnica del bonsai. Pero lo admirable en Ricardo Hernández es que esta pasión por
empequeñecer árboles la ha aprendido solo.

Don Ricardo explica la técnica del bonsai utilizando como muesetra una jove planta
de ciprés.

Hace unos años vi los bonsais en una exportadora de izotes en Lourdes (Colón) y se me vino a la mente que los podía hacer”, recuerda Ricardo, un hombre sin mayores estudios académicos, pero poseedor de una gran habilidad para la jardinería.
De este amor a primera vista entre los diminutos árboles y este jardinero hace ya siete años. Desde entonces, en el pequeño espacio que su patrona le ha prestado en el cafetal y vivero en las afueras de Apaneca no faltan los bonsais. Sobre el suelo o en pequeñas galeras de madera reposan el chaperno, el cedro, el amate y otras especies más.
Ricardo jamás había escuchado de la técnica del bonsai, mucho menos cómo lograba que esos enormes árboles, como la ceiba, conservaran todas sus características físicas y desarrollo en tan reducido tamaño.
Su experiencia como jardinero lo había llevado por los caminos normales de este oficio: manejaba muy bien sus conocimientos sobre los tipos de tierra y los fertilizantes acordes a cada planta, condiciones climáticas o edad de la planta adecuadas para sembrar, podar o injertar, pero de la técnica del bonsai no sabía nada sino hasta que la vio materializada en aquel vivero de Lourdes.
Ricardo comenzó a buscar libros o cualquier otro documento que hablara sobre este arte de la jardinería, sacó algunas fotocopias y empezó a estudiar todo su contenido. Se enteró de que un primo que reside en Salcoatitán (Sonsonate) manejaba algunos conocimientos y le pidió consejo. Al cabo de un tiempo dedicado al estudio y práctica parió su primer bonsai: un chaperno.

 

Ricardo dice seguir leyendo cuanto documento acerca de esta técnica cae en sus manos, visita algunas exposiciones de bonsais y escucha cualquier consejo útil, a fin de perfeccionarse en este oficio de origen oriental.

Cariño y cuidados

Ricardo habla con denuedo sobre la vida útil que tienen estos arbolitos y los procedimientos con los cuales se consigue su tamaño sin que pierdan el resto de atributos de una planta normal. “La clave está en acortarles sólo el crecimiento, pero deben desarrollar normalmente la corteza y que den frutos por ejemplo”, explica.
En la actualidad, cuida con devoción —entre otros arbolitos— uno de limón que ya le dio su primer cosecha y del cual está orgulloso. También se jacta de otros nueve que ha vendido, entre los que figuran dos limoneros, tres chilamates, un cedro y un quebracho.
“Los bonsais se venden por edad. Por el cedro de dos años y medio de edad me dieron ¢450”, dice. Pese a que son tan codiciados para los coleccionistas, quienes llegan a pagar altos precios por ellos, en el país no se venden mucho, según Ricardo. “No se puede vivir de esto y además quieren bastante dedicación”, comenta.
Con todo esto, dedicar parte de su tiempo a empequeñecer árboles es una de sus grandes pasiones, sin descuidar al resto de las plantas que conforman su vergel, a las cuales mima cual hijas. “Las plantas necesitan cariño, que uno les hable y les diga lo que uno siente por ellas”, dice convencido.

 

 

El bonsai necesita constantes podas y sellar lo cortado para evitar otros retoños y lograr la forma deseada.

La técnica

Según Ricardo Hernández, el bonsai en su fase madura debe medir 70 centímetros de altura y 35 centímetros de diámetro. Para lograr esto se trabaja de dos maneras: mediante semillas o por taco (estaca).

El taco, por ejemplo, radica en trabajar con las raíces del árbol. Se corta una primera vez en forma circular y luego se le hace un nuevo recorte. Después de algún tiempo se trasplanta de una a otra maceta (en tres ocasiones) hasta que ha alcanzado su óptimo grosor.

Para obtener figuras caprichosas con las ramas y los tallos del árbol, Ricardo explica que se trabaja entonces con alambre o con candado.

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