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Don
Ricardo explica la técnica del bonsai utilizando como muesetra
una jove planta
de ciprés.
Hace unos años vi los bonsais en
una exportadora de izotes en Lourdes (Colón) y se me vino a la
mente que los podía hacer, recuerda Ricardo, un hombre
sin mayores estudios académicos, pero poseedor de una gran habilidad
para la jardinería.
De este amor a primera vista entre los diminutos árboles y este
jardinero hace ya siete años. Desde entonces, en el pequeño
espacio que su patrona le ha prestado en el cafetal y vivero en las
afueras de Apaneca no faltan los bonsais. Sobre el suelo o en pequeñas
galeras de madera reposan el chaperno, el cedro, el amate y otras especies
más.
Ricardo jamás había escuchado de la técnica del
bonsai, mucho menos cómo lograba que esos enormes árboles,
como la ceiba, conservaran todas sus características físicas
y desarrollo en tan reducido tamaño.
Su experiencia como jardinero lo había llevado por los caminos
normales de este oficio: manejaba muy bien sus conocimientos sobre los
tipos de tierra y los fertilizantes acordes a cada planta, condiciones
climáticas o edad de la planta adecuadas para sembrar, podar
o injertar, pero de la técnica del bonsai no sabía nada
sino hasta que la vio materializada en aquel vivero de Lourdes.
Ricardo comenzó a buscar libros o cualquier otro documento que
hablara sobre este arte de la jardinería, sacó algunas
fotocopias y empezó a estudiar todo su contenido. Se enteró
de que un primo que reside en Salcoatitán (Sonsonate) manejaba
algunos conocimientos y le pidió consejo. Al cabo de un tiempo
dedicado al estudio y práctica parió su primer bonsai:
un chaperno.
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Ricardo dice seguir leyendo cuanto documento
acerca de esta técnica cae en sus manos, visita algunas exposiciones
de bonsais y escucha cualquier consejo útil, a fin de perfeccionarse
en este oficio de origen oriental.
Cariño
y cuidados
Ricardo habla con denuedo sobre la vida útil que tienen estos
arbolitos y los procedimientos con los cuales se consigue su tamaño
sin que pierdan el resto de atributos de una planta normal. La
clave está en acortarles sólo el crecimiento, pero deben
desarrollar normalmente la corteza y que den frutos por ejemplo,
explica.
En la actualidad, cuida con devoción entre otros arbolitos
uno de limón que ya le dio su primer cosecha y del cual está
orgulloso. También se jacta de otros nueve que ha vendido, entre
los que figuran dos limoneros, tres chilamates, un cedro y un quebracho.
Los bonsais se venden por edad. Por el cedro de dos años
y medio de edad me dieron ¢450, dice. Pese a que son tan
codiciados para los coleccionistas, quienes llegan a pagar altos precios
por ellos, en el país no se venden mucho, según Ricardo.
No se puede vivir de esto y además quieren bastante dedicación,
comenta.
Con todo esto, dedicar parte de su tiempo a empequeñecer árboles
es una de sus grandes pasiones, sin descuidar al resto de las plantas
que conforman su vergel, a las cuales mima cual hijas. Las plantas
necesitan cariño, que uno les hable y les diga lo que uno siente
por ellas, dice convencido.

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El
bonsai necesita constantes podas y sellar lo cortado para evitar otros
retoños y lograr la forma deseada.
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La
técnica
Según
Ricardo Hernández, el bonsai en su fase madura debe medir
70 centímetros de altura y 35 centímetros de diámetro.
Para lograr esto se trabaja de dos maneras: mediante semillas
o por taco (estaca).
El taco, por ejemplo, radica en trabajar con las raíces
del árbol. Se corta una primera vez en forma circular y
luego se le hace un nuevo recorte. Después de algún
tiempo se trasplanta de una a otra maceta (en tres ocasiones)
hasta que ha alcanzado su óptimo grosor.
Para obtener figuras caprichosas con las ramas y los tallos del
árbol, Ricardo explica que se trabaja entonces con alambre
o con candado.
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