Vamos al especial

 
 

 

Las autoridades no registran desbordamientos ni daños considerables; sin embargo, casi un millar de familias que habitan en los costados del río Acelhuate enfrentan con intranquilidad el presente invierno.


 

Es capaz de transformarse de un inofensivo río durante el verano en un gigante furioso y desolador en invierno. Inunda casas, destruye electrodomésticos y pone en riesgo la vida de cientos de personas, todo en unos cuantos minutos.
Si bien no se ha repetido la tragedia del 12 de junio de 1922, ocurrida en los barrios Candelaria y Modelo, los efectos de sus desbordamientos siguen siendo perjudiciales, especialmente en aquellas comunidades establecidas en sus orillas.
El invierno actual ya ha dejado una estela de casas en pedazos y a sus ocupantes sin hogar. El pasado agosto, unas 40 familias que residen en la comprensión del barrio La Vega sufrieron sus arrebatos después de que torrenciales lluvias lo sacaran de su cauce.
“Cuando vivíamos a la orilla del río, una vez oyéramos truenos o viéramos relámpagos ya no podíamos dormir; teníamos miedo de que la correntada nos arrastrara. Muchas veces fuimos rescatados y nuestras pertenencias se perdieron”, recuerda Yolanda Hernández, hoy residente en la comunidad Tutunichapa Renovación.
Yolanda fue reubicada hace varios años después de recurrir en el problema cada invierno. Pero el espacio que desocupó fue llenado por otra familia con necesidad de vivienda. En la actualidad unas 14 familias de las 133 de la comunidad residen en alto riesgo.
Esta realidad es la misma a lo largo de todas las comunidades que bordean el Acelhuate. “Los que viven en las propias orillas son los más pobres y los que llegaron más recientemente, por eso no encontraron un mejor lugar donde levantar su champa”, dice don Salvador Flores, residente desde hace 30 años en la comunidad Nueva Israel, antes La Fortaleza, constituida por unas 1,500 familias.
“El río todo se lleva a veces hasta la casa, y si no nos salimos antes, también a nosotros nos arrastra”, se queja una joven madre de la comunidad San Luis Portales. “Y no es que no querramos movernos, como la gente cree; es que no tenemos a dónde ir. Vivimos aquí por necesidad. Si tuviéramos buenos empleos ya nos hubiérmos ido, pero la cobija no nos alcanza”, agrega.

En alto riesgo

Su misma condición de pobreza los vuelve vulnerables. La situación de estas comunidades no es fácil. Cada familia reúne una historia de riesgo, comenzando desde que huyeron por la guerra y ahora lo hacen a causa del furioso río.
La alcaldía capitalina calcula unas 250 comunidades alrededor del Acelhuate pertenecientes a San Salvador, pero esta cifra aumentaría si se censaran todas las que están en jurisdicción de municipios como Santa Tecla, Ciudad Delgado, Soyapango y Apopa.
Se estima que todas estas comunidades están en riesgo, pero el Centro para la Prevención de Desastres (CEPRODE) ha clasificado a 56 de ellas como de alto riesgo, aunque la alcaldía habla de 127, conformadas por unas 17,438 familias.
No se puede hablar de un número exacto de familias que componen el total de las comunidades, independientemente del nivel de riesgo, porque no existe un censo, pero el ingeniero Ernesto Durán, director de proyectos de CEPRODE, calcula que solo en la jurisdicción de San Salvador habitan no menos de 70,000 personas, de las que entre un 40 y un 60 por ciento son menores de 15 años.
Es una cifra significativa de personas que viven a la expectativa de cuando llueva y por cuanto tiempo o del volumen de agua que baje del volcán de San Salvador.
El ingeniero Raúl Murillo, enlace entre el Servicio Meteorológico Nacional y el Comité de Emergencia Nacional (COEN), dice que basta que caigan 45 milímetros de lluvia en el lapso de dos horas para que se desborde el Acelhuate.
“Con las lluvias que hemos tenido hasta el momento se han contabilizado unos 65 milímetros, pero en el lapso de cuatro a cinco horas, lo que no se traduce en desastre“, comenta el ingeniero Murillo.
Sin embargo, los niveles de este afluente del Lempa han subido varios metros con las lluvias. A la altura de Apopa, por ejemplo, algunos lugareños afirmaron que cuando llueve bastante y por varias horas, el río crece arriba de los cuatro metros, alcanzando las ramas de los árboles y amenazando sus viviendas.
En la Tutunichapa Renovación ya evacuaron a tres familias, cuyas casas quedaron prácticamente destruidas, otras casi en el aire. En comunidades más grandes y mejor desarrolladas como la Nueva Israel, este problema no es la excepción, y aunque este año no han enfrentado emergencias, unas 20 familias se encuentran en alto riesgo cada vez que el nivel del agua sube y el muro de contención es insuficiente para protegerlas.
Los evacuados se refugian en casas de vecinos mientras pasa la emergencia y sus casas son reconstruidas. Esta recurrencia ha obligado a asumir un papel más activo de instituciones y de las mismas comunidades a fin de minimizar los riesgos.

 

En la Nueva Israel no existe un comité de emergencia, pero han tomado medidas de saneamiento, como prohibir que se bote basura al río para que en el invierno el agua fluya más libremente y no se tapen los canales de desagüe.

Prevención y desarrollo

En otras comunidades han comenzado a organizarse en comités de emergencias, de salud y hasta de brigadas médicas, y mantienen contacto con la alcaldía y con los cuerpos de socorro. Y no es para menos: ellos saben que lo duro del invierno no ha pasado.
Según el Herbert Chinchilla, director de operaciones del COEN, el Acelhuate es uno de esos sitios de riesgo que siempre los mantienen en alerta por los desbordamientos, como ocurrió en La Vega, un deslizamiento de tierra en una comunidad frente al hospital Lamatepec y el derrumbe de una casa de adobe en la comunidad El Bambular, que solo dejaron daños físicos.
Pero más que enfrentar los problemas de inundaciones, muchas comunidades han asimilado la importancia de la prevención. CEPRODE y la comuna están trabajando desde hace seis meses en el proyecto “Apoyo a las comunidades de alto riesgo de San Salvador”, que involucra a diez comunidades más vulnerables en las que se han formado Comités de Riesgo, integrados por miembros directivos de la comunidad, del comité de salud, brigadistas y representantes de instituciones comunales como iglesias, casas de la cultura y padres de familia.


Parte de la labor de estos comités es participar en la creación de mapas de riesgo de sus comunidades y elaborar propuestas de trabajo destinados a la prevención de desastres, así como en el desarrollo social interno. Estos planes se presentarían la semana pasada a representantes de organizaciones internacionales con capacidad financiera para ver la posibilidad de lograr un apoyo.
La creación y la capacitación de los Comités de Riesgo han sido financiados por la Unión Económica Europea, y les ha permitido dotarse de equipo básico como botiquines, camillas, carretillas, palas, piochas, cascos, chalecos y un equipo de radio, entre otras herramientas.
También han formado 25 brigadas comunales de rescate, a las que se les ha proporcionado botiquines personales, cascos, chalecos, cuerdas y lámparas. “Aquí ya tuvimos la prueba de fuego hace un mes cuando rescatamos a tres familias de morir inundadas por la crecida del río”, refiere María Delia Henríquez, miembro del comité que ha sido formado en la Tutunichapa Renovación.
Estar provistos de radios de comunicación ha facilitado la asistencia en casos de emergencia porque les permite adelantarse a cualquier suceso. Instituciones como Cruz Roja, alcaldía y de socorro están comunicadas con estas comunidades y los resultados han sido exitosos.
Parte del esfuerzo que falta por hacer es la creación de albergues temporales provistos de las comodidades y los servicios básicos para las familias evacuadas, pues hasta el momento solo cuentan con casas y clínicas comunales que no reúnen las condiciones más adecuadas.
El ingeniero Durán dice que planean crear y capacitar a otras 25 comunidades en alto riesgo en octubre con el apoyo de la Fundación Luterana. “Lamentablemente estos proyectos solo se desarrollan en las comunidades que están fuertemente organizadas, que significan entre un 40% ó 50%; el resto está desprotegida por falta de organización”, refiere el ingenerio Durán.
El nivel de organización de algunas comunidades es tal que ya sea con el apoyo de la alcaldía, otras instituciones o por iniciativa propia están construyendo muros, canaletas de desagüe, reforestado o han empezado a gestionar la limpieza del cauce del río o tratamiento de la basura, y la reubicación de las familias que están en mayor peligro.
El ingeniero Durán dice que es necesario que estos asentamientos “no sean eternos damnificados”, sino que en base al problema que enfrentan gestionen financiamiento para esos proyectos para eliminarlos y que en un futuro no piensen tanto en los riesgos sino en el desarrollo de su comunidad.
La licenciada Carolina Recinos, gerente de distritos de la alcaldía capitalina, dice que parte del apoyo de la comuna es la construcción de muros de contención y reconstrucción de casas destruidas, así como en la atención de damnificados, pero que una de sus mayores aspiraciones es reubicar a estas familias mediante un plan denominado “Rescate de áreas críticas”.

 
 


Salud contaminada

La situación no es muy diferente entre las comunidades asentadas cerca del río en otros municipios de San Salvador, como la lotificación Las Arboledas, en Ciudad Delgado, donde unas diez familias están expuestas a la contaminación por el consumo de agua de pozos aledaños.
“De aquí tomamos y nunca nos ha hecho daño. A mi hijo más pequeño le daban diarreas, pero al final se le quitaron”, sostiene Sara González, mientras lava ropa a orillas del río.
Como ella, sus vecinos están convencidos de que esa agua que diariamente “curan” con lejía no tiene nada que ver con el río.
Doña Julia Argote, residente en el lugar desde 1945, reconoce que el caudal del río y de los pozos aledaños ha disminuido, pero que no tienen ninguna relación porque los pozos se alimentan con el agua que baja de un pequeño monte de su propiedad. “Por eso no boto los palos, porque si no se acaba el agua”, dice la anciana mientras lava maíz cocido con el agua de uno de los pozos.
Algunos residentes de otros municipios que comparten el río utilizan sus aguas para regar cultivos de hortalizas convencidos de que sus cosechas no se contaminan. Otros desistieron cuando vieron que del caudaloso Acelhuate, en el que abundaban camarones y peces solo quedaba un riachuelo contaminado.


 
 

 


Las de mayor riesgo

Algunas de las comunidades más vulnerables en la jurisdicción de San Salvador son:

Distrito 1: Iberia A y B, Tutunichapa Renovación, La Fosa, La Asunción.
Distrito 2: Bambular.
Distrito 3: Núñez Arrué, Cecilio del Valle, Jesús de Nazaret y San Pablo.
Distrito 4: la Nueva Israel, Las Piedronas y otras.
Distrito 5: Colonia Dina y comunidades “10 de Octubre”, Divina Providencia, Antonio Guerrero, El Caimito, Cuscatlán y Reparto del Sol, entre otras.

 
 

Por el momento están gestionando el financiamiento con un organismo internacional y de conseguirlo lo implementarían el próximo año.
Aunque el tema de las inundaciones y cómo prevenirlas es prioritario, las comunidades también se enfrentan a otros problemas que también los ponen en riesgo, como el caso de las coheterías, de las que no hay un censo; los terremotos y los efectos de la contaminación del Acelhuate.
Por eso el componente de salud es imprescindible en los proyectos que muchas organizaciones están elaborando. Varias madres de la comunidad “3 de Mayo” coincidieron en que sus niños se enferman de diarreas y gripes y “que cuando descargan las aguas negras, el tufo se siente a varios metros” y “que eso incomoda”.
Y es que el Acelhuate no solo se vuelve temido y odiado cuando llueve porque arrasa con todo, sino también despreciado por ser el receptor y el transportador de millones de heces fecales, basura y desechos químicos sin previo tratamiento que le aportan los 1.5 millones de habitantes del área metropolitana.

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