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Huevos "chimbos", guacales de morro,
candelas, esculturas en piedra y hasta hace poco tiempo la elaboración
de figurillas de mármol hacen de Santa María un pueblo de
artesanos.
Aunque la producción y el número de artesanos ya no guardan
tanto esplendor como hace algunas décadas, hay artesanos que mantienen
encendida la chispa de la tradición.
Doña Antonia Zavala es una de ellas. Elabora guacales de morro
desde hace 59 años, con la misma constancia y procedimiento como
se lo enseñó su madre, Catalina Zavala.
Armada de cuchillos viejos y afilados, esta artesana de 74 años
elabora pacientemente uno a uno sus guacales que luego van a parar a los
mercados de Usulután, San Miguel, Zacatecoluca y San Marcos en
San Salvador.

Corta por la mitad los morros, les extrae las semillas y los pone a cocer
por un minuto. Luego los enfría, les limpia la tripa que les resta,
los lava bien y los pone a secar al sol durante dos horas hasta que adquieren
un color blanquecino.
Ya secos, doña Antonia los raspa por dentro y por fuera con sus
cuchillos hasta dejarlos blancos, les pule la orilla para que no dañe
la boca de los que tomarán en ellos agua, leche, atol shuco, chilate
o refrescos en algún lugar del país.
Cuando al final de la semana ha juntado dos o tres docenas de guacales
en época de verano, o entre seis u ocho docenas en invierno, las
envuelve en redes y sale junto a su esposo Dagoberto García a venderlos
a sus clientes fuera de Santa María, a ¢30 la docena del huacal
grande y a ¢20 el más pequeño.
Doña Antonia no sabe cuál es el destino de sus guacales;
sólo sabe que se los vende a otros comerciantes y que muchos han
sido llevados a Estados Unidos porque algunos compatriotas los extrañan.
Esta anciana ha trabajado en las algodoneras, en las milpas y en otros
cultivos, pero siempre ha elaborado los guacales porque son su principal
medio de supervivencia. Por eso recorre poblaciones como Ereguayquín,
Palo Galán y Santa Elena para conseguir los morros verdes que le
venden a ¢5 la docena. "Se gana poco, pero yo no me quejo de
este trabajo porque me gusta y con él he criado a mis cinco hijos",
sostiene la artesana.
Doña Antonia dice tener poca competencia en Santa María,
porque muchos artesanos de guacales "ya no existen", por hoy
sólo hay dos más. Los guacales de esta anciana son muy reconocidos
dentro y fuera del pueblo.

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Antonia
y sus candelas
Si por los guacales de morro se reconoce
a doña Antonia Zavala, las candelas identifican sin duda a Antonia
Santos. Es la única que las hace ya en Santa María, gracias
al deseo de continuar el oficio que su tío-abuelo Delfino Santos
le enseñó.
Bajo un árbol de morro de unos setenta años de edad, Antonia
elabora sus candelas, un trabajo que requiere mucha paciencia. Primero
corta una marqueta de estearina, la pesa en una balanza según la
cantidad y el tamaño de las candelas que ha de preparar y la derrite
en un perol que ha colocado sobre el fuego de leña.
Sujeta los trozos de cordel sobre un círculo metálico y
va bañándolos uno a uno con cucharadas de estearina derretida.
Este lento proceso, que dura unas dos horas, culmina cuando están
formadas las candelas y éstas están completamente secas
después de tres a cuatro horas expuestas al sol.
Unas cuantos retoques bastan para que estén listas y a la espera
de cualquier comprador. Antonia dice que las candelas siempre se venden,
pero mayormente durante la época de fiestas patronales, romerías,
Semana Santa o cuando hay velorios.

Para la pasada Semana Santa tuvo que hacer
más de 500 y es que para estas fechas especiales la demanda se
incrementa; sin embargo, ella siempre tiene existencia de candelas y de
todo tamaño en su casa porque siempre hay clientes que las buscan,
y las demandan amarillas porque son más duraderas que las blancas.
Las iglesias católicas son sus principales clientes y vendedores.
"En la iglesia de Santa María, por ejemplo, me venden por
libras los desperdicios de las velas. Yo hago las marquetas y le aplico
el color amarillo que compro en San Salvador", explica Antonia.
Para fabricar velas de manera artesanal se requiere paciencia. Antonia
la tiene, y aunque dice ganar poco, pesa más el compromiso con
sus clientes. "Antes salía a venderlas a los pueblos como
Concepción Batres, Ereguayquín y Usulután, o me iba
a las ferias. Hoy ya no lo hago, pero las candelas siempre se venden",
afirma Antonia.
Antonia Zavala y Antonia Santos son dos mujeres que reconocen haber sostenido
a sus hijos con la fabricación de sus guacales de morro y con sus
velas, y que aunque hoy esto ya no es un negocio, lo mantienen porque
parece que por hoy no hay nadie que las sustituya.
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Arte
en piedra y barro
Hace veinte años,
don Luis Felipe López y Candelaria López le enseñaron
a tallar la piedra con formas caprichosas. También aprendió
de ellos la elaboración de cabezas prehispánicas en
barro. Hoy, José Mario Cardona sobrevive en parte de este
arte.

Recluido en su casa del cantón San Francisco (Santa María),
este artista de 59 años es muy solicitado. "Me vienen
a encargar figuras de piedra porque dicen que las compran personas
de San Salvador para adornar los jardines de sus casas.
Son comerciantes capitalinos quienes lo buscan y le pagan entre
¢100 y ¢200 por cada escultura en piedra, dependiendo
el tamaño, y a ¢50 las cabezas de barro.
José Mario Cardona es el único escultor de San Francisco
y de Santa María, pues los que tallaban figuras en mármol
ya no lo hacen. Unos murieron, otros se fueron del país.
Es el que persevera hoy, ayudado por sus hijos mayores.
Las piedras que esculpe las extrae del río Santa María
o las toma de algún lugar del patio de su casa. Primero dibuja
la figura, sobre una piedra rudimentaria, luego la pule un poco
y al final resalta los rasgos en alto relieve con la ayuda de un
martillo y de un cincel.
Sus creaciones reúnen posturas de dioses sentados y rasgos
físicos precolombinos. De la creatividad y del trabajo de
este artista surgen estas bonitas creaciones que ya forman parte
del patrimonio de Santa María.
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