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Dormir en una cama equipada con un buen petate,
en estos dolarizados días, es una rareza, y no precisamente por
su precio, sino porque la mayoría de personas preferimos seguir
la tendencia que dicta la moda, en cuanto accesorios que para dormir se
requiere.
¿Quién no recuerda la cama de los abuelos, fresca como las
hojas de mata de huerta, la cual tenía el poder de enderezar una
espalda dañada, sin importar que tuviera la forma de un espiral?
Años atrás, el petate significaba un bien que por su bajo
costo económico se tenía en un pedestal, representando una
fuente de trabajo para las personas que se dedicaban a la elaboración
de este producto, el que con el paso del tiempo se fue quedando en el
rincón de los recuerdos.
En Nahuizalco existe una lucha por sacudirle al petate el polvo del olvido,
empresa que desarrolla Etifania Tepas, de 30 años, quien se desempeña
como instructora artesana en la Casa de La Cultura de dicha localidad.
"El trabajo me lo enseñó mi abuela, y yo lo trabajo
desde que tenía cinco años", afirma Etifania, a la
vez que elabora un tapete que llevará tejido el nombre de Nahuizalco;
"mì misión es enseñar a las personas que quieran
aprender el oficio, así como preservarlo".
Para la elaboración de petates se utliliza el tule (de la familia
de las ciperáceas o de las tifáceas), que es la materia
prima para la elaboración de estos productos y de canastas para
guardar tortillas. Crece en forma silvestre en las orillas de ríos
y lagos, y tiene la forma de los palillos utilizados para sostener los
dulces de algodón.

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Ya arrancado (el tule no se corta, se arranca
al igual que la mata de frijol) se le quita la corteza, que se utiliza
para elaborar el petate, y el bulbo de su interior se ocupa como liana
en algunos casos para amarrar los tamales.
"Luego lo pintamos con anilina, ponemos al fuego una olla con agua
y anilina hasta que hierva, luego metemos el tule hasta que agarre color",
comenta Etifania.

Lo que sigue es una expresión de puro amor, donde el tule ya pintado
como muchachita fiestera, se deja llevar por un par de manos que con mucha
suavidad dan forma al petate y canastos que serán puestos en el
mercado, en espera de encontrar un nuevo hogar y otras manos que les den
una función útil.
"El que escucha consejos llega a viejo", dice el refrán,
y Etifania le da vida cuando recuerda:"Yo veía a mi abuela
y a mi mamá trabajar y me decían que aprendiera (el oficio)
porque de esto iba a vivir", y con más ganancia, porque con
su esfuerzo está contribuyendo a preservar esta artesanía
que forma parte de los salvadoreños.


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El
tule es la materia prima para la elaboración de los petates, artesanía
condenada a desaparecer como muchas otras.
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