1 de julio de 2001


En la Casa de la Cultura de Nahuizalco, Sonsonate, más de 70 alumnos aprenden el arte de elaborar petates, un esfuerzo que tiene como objetivo detener la extinción a la que se encamina esta artesanía.


Escríbanos

Dormir en una cama equipada con un buen petate, en estos dolarizados días, es una rareza, y no precisamente por su precio, sino porque la mayoría de personas preferimos seguir la tendencia que dicta la moda, en cuanto accesorios que para dormir se requiere.
¿Quién no recuerda la cama de los abuelos, fresca como las hojas de mata de huerta, la cual tenía el poder de enderezar una espalda dañada, sin importar que tuviera la forma de un espiral?
Años atrás, el petate significaba un bien que por su bajo costo económico se tenía en un pedestal, representando una fuente de trabajo para las personas que se dedicaban a la elaboración de este producto, el que con el paso del tiempo se fue quedando en el rincón de los recuerdos.
En Nahuizalco existe una lucha por sacudirle al petate el polvo del olvido, empresa que desarrolla Etifania Tepas, de 30 años, quien se desempeña como instructora artesana en la Casa de La Cultura de dicha localidad.
"El trabajo me lo enseñó mi abuela, y yo lo trabajo desde que tenía cinco años", afirma Etifania, a la vez que elabora un tapete que llevará tejido el nombre de Nahuizalco; "mì misión es enseñar a las personas que quieran aprender el oficio, así como preservarlo".
Para la elaboración de petates se utliliza el tule (de la familia de las ciperáceas o de las tifáceas), que es la materia prima para la elaboración de estos productos y de canastas para guardar tortillas. Crece en forma silvestre en las orillas de ríos y lagos, y tiene la forma de los palillos utilizados para sostener los dulces de algodón.

 

Ya arrancado (el tule no se corta, se arranca al igual que la mata de frijol) se le quita la corteza, que se utiliza para elaborar el petate, y el bulbo de su interior se ocupa como liana en algunos casos para amarrar los tamales.
"Luego lo pintamos con anilina, ponemos al fuego una olla con agua y anilina hasta que hierva, luego metemos el tule hasta que agarre color", comenta Etifania.


Lo que sigue es una expresión de puro amor, donde el tule ya pintado como muchachita fiestera, se deja llevar por un par de manos que con mucha suavidad dan forma al petate y canastos que serán puestos en el mercado, en espera de encontrar un nuevo hogar y otras manos que les den una función útil.
"El que escucha consejos llega a viejo", dice el refrán, y Etifania le da vida cuando recuerda:"Yo veía a mi abuela y a mi mamá trabajar y me decían que aprendiera (el oficio) porque de esto iba a vivir", y con más ganancia, porque con su esfuerzo está contribuyendo a preservar esta artesanía que forma parte de los salvadoreños.

 

El tule es la materia prima para la elaboración de los petates, artesanía condenada a desaparecer como muchas otras.

arriba
Click Click Click Click
Copyright 1995 - 2001. El Diario de Hoy
Derechos Reservados. Prohibida su reproducción total o
parcial sin autorización escrita de su titular.
www.elsalvador.com