6 de enero 2002



Sentir y medir el pulso de los volcanes ya no es un privilegio sólo de los sismógrafos. Hoy escuchar el latido de estos colosos es más fácil con la incorporación de los nuevos instrumentos geoquímicos, capaces de detectar hasta el último suspiro que los gigantes emiten.



El CO2 es uno de los componentes mayoritarios de los gases disueltos en los magmas (lava).

Estudiar la composición química de la tierra y el comportamiento de los elementos en ella, tanto en materiales sólidos como en líquidos y gaseosos, es el reto que tienen los siete nuevos aparatos de monitoreo de volcanes.
Estos equipos, donados por el Gobierno español, tienen como tarea recolectar muestras de las diferentes emanaciones gaseosas que fluyen del interior de los colosos, tales como radón y el dióxido de carbono (CO2), entre otros.
El CO2 es uno de los componentes mayoritarios de los gases disueltos en los magmas (lava) y su baja solubilidad hace que se escape con facilidad hacia la superficie a través de penachos volcánicos, fumarolas o en forma difusa a través de los suelos.
“Y es que estos fluidos es importante atenderlos, sobre todo por su movilidad. Son los primeros en indicar cualquier variación térmica que se da en el vientre de un volcán”, explica Francisco Barahona, geofísico de la Universidad de El Salvador (UES).
Esta nueva red geoquímica, según el especialista, permite predecir las erupciones volcánicas, debido a que se hace un estudio sobre el ascenso del cuerpo magmático (lava) hacia la superficie, proceso que produce modificaciones térmicas y cambios de la composición química.
Los primeros pasos para detectar los suspiros de la actividad volcánica se obtuvieron a partir de abril de 2001, con la instalación de un equipo geoquímico en el volcán Chichontepec en San Vicente.
Estos novedosos centinelas también están ubicados en los volcanes de San Salvador, San Miguel, Tecapán (Usulután), Santa Ana, Izalco (Sonsonate) y Coatepeque (Santa Ana). El proyecto tiene un monto aproximado de $191,500.

 

Redes modernas

El funcionamiento de estas redes geoquímicas no sería posible sin las herramientas proporcionadas por el desarrollo de la tecnológica y de la informática: “software” especial diseñado para interpretar los movimientos y los gases que envían estos gigantes.
La red se convierte en un instrumento útil para mejorar y optimizar todos los pálpitos y los suspiros de gases que tienen los volcanes. Su forma de actuar está basada en dos estaciones sistematizadas, una remota y otra proximal.
La primera, con una apariencia de tienda de campaña —de esas que usan los montañistas y los niños exploradores— se encuentra enclavada a un costado de los gigantescos conos invertidos. Tiene como misión atrapar toda la información que sale de las entrañas de los volcanes.
Esta trabaja con cantidades importantes de gases que extrae del suelo de forma difusa o dispersa —fenómeno conocido como manifestaciones no visibles— y que acumula en una cámara almacenadora (parecida a una olla de metal).
Y es que los fluidos que emanan los ardientes conos son como una especie de telegramas de carácter urgente que poseen información valiosa de todos los movimientos que ejecutan.
Ya leídos los testimonios de los volcanes en las paradas remotas, estos son disparados por una radio que envía ondas electromagnéticas de forma lineal, que rompen el viento para ser atrapadas por una base receptora ubicada en alguna ciudad o población cercana.

La primera estación fue colocada en abril pasado en el volcán Chichontepec, de San Vicente.

Solo que en geoquímica, esta ágil receptora tiene nombre y apellidos: “estación proximal”. Su función consiste en interpretar los datos de manera digital. En un abrir y cerrar de ojos aparece en la pantalla de una computadora toda la pesquisa obtenida de estos fogosos amigos (temperatura, velocidad del aire y porcentaje de fluido de gases, este último de interés para los especialistas).
Ya traducidos los fluidos, la base, que está equipada con un sistema de red, envía lo registrado al Ministerio de Medio Ambiente, a la UES y a científicos de la División de Medioambiente del Instituto Tecnológico y de Energías renovables (ITER) de España, para su interpretación.

 

ventaja de este instrumento de monitoreo de gases es que existe un proceso de conversión de registro analógico a registro digital.

Pioneros en Latinoamérica

A nivel tecnológico, el equipo de monitoreo juega un papel fundamental para estos centinelas, ya que por su manejo indirecto, los científicos no corren riesgo de enfermarse de los continuos gases tóxicos que lanzan los volcanes.
Este desarrollo de la informática también se convierte en un soporte de gran valor para los especialistas nacionales. Por medio de ellas se adquieren y procesan volúmenes de emisiones gaseosas cada hora.
“El estudio de los movimientos volcánicos y el fluido que emiten son importantes porque proporcionan datos sobre los procesos que ocurren en el interior de la tierra y nos permiten evaluar si están en etapa de pre-erupción. Con estos equipos geoquímicos se pretende llevar un control de la actividad de los volcanes dormidos que se encuentran en El Salvador. Pero no quiere decir que vamos a explicar dónde y cuándo ocurrirán las erupciones”, manifestó Nemesio Pérez, investigador español del ITER.
Él afirmó que el aumento de estas emisiones no es para alarmar; lejos de tener una repercusión negativa, son positivas, porque se recolectan datos más precisos.
Debido al carácter innovador de estas investigaciones, el geoquímico español aseguró que muy pocos son los volcanes que disponen de estos proyectos de registro continuo de los niveles de emisión difusa de CO2, El Salvador es el primero en implementarlo a nivel latinoamericano.
Sin embargo, este nuevo método en la actualidad sólo permite reconocer una serie de estados anormales de los colosos de fuego, pero no determinar con precisión cuándo ocurrirá dicha erupción y cuál será su intensidad.
Hay que aclarar que con este programa los geofísicos —geoquímicos no hay en el país— no pueden impedir la erupción de estos gigantes de tierra y lava, pero sí pueden reducir el riesgo volcánico con un monitoreo a diario de los movimientos del suelo.
Los equipos de geoquímica son lo último en tecnología para proporcionar una alerta temprana ante una posible catástrofe. Sin embargo, deben pasar varias décadas de estudio individual de cada volcán —cada uno tiene comportamiento diferente— para poder determinar cuándo se realizará una erupción.

Los novedosos centinelas también están ubicados en los volcanes de San Salvador, San Miguel, Tecapán (Usulután), Santa Ana, Izalco (Sonsonate) y Coatepeque (Santa Ana). El proyecto tiene un monto aproximado de $191,500.
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