6 de enero 2002

La guerra los obligó a abandonar su tierra natal y después de vivir como nómadas y
sin bienes encontraron en Sonsonate un lugar donde habitar, pero no la fórmula
que los saque de la pobreza.

 

Moisés Hernández enfrenta, como todos los niños de la comunidad, un futuro incierto a causa de la pobreza.

Después de dejar la calle que conduce al municipio de Mizata, en La Libertad, rumbo a la Hacienda Miravalle, se llega a un rincón pobre y alejado llamado Planta Nueva, habitado en su mayoría por descendientes cacaoperas.
¿Qué hacen unos cacaoperas en Sonsonate?, preguntamos a estos habitantes de ojos grandes y almendrados, tez oscura, cabello lacio y negro y sonrisa tímida.
Apolonio Hernández Pérez, directivo de la comunidad, sonríe y empieza el relato que nos retrocede a los años de la guerra, la que los arrojó de su tierra en Morazán.
“Tenía 16 años cuando salí del cantón La Estancia, en Cacaopera. Recuerdo que la vida allá no era fácil porque debíamos sobrevivir de hacer hamacas, matatas o cebaderas. Mis abuelos (con quienes me crié) tenían su solar, pero llegó la guerra y ya no los volví a ver; salimos sin nada en las manos”, dice Apolonio, mientras se enjuga unas lágrimas que asoman a sus ojos.
Apolonio fue uno de los tantos que emprendieron aquel éxodo y uno de los que integraba las 39 familias que llegaron en 1986 a estas tierras calientes de la costa sonsonateca, de las cuales 25 se asentaron en este sitio después de andar errantes por varios lugares tan distantes geográfica y culturalmente, como Zacatecoluca, San Salvador, Santa Ana y El Paisnal.
Después de vivir como refugiados y bajo el amparo social, se encontraron con estas tierras que antes de la reforma agraria formaran parte de la Hacienda Providencia.
Cada familia recibió un terreno de 24x12 metros para vivir y 2.75 manzanas para que fueran cultivadas. Pese a que se instalaron cerca del río Güiscoyol, la aridez y la dificultad para cultivar y cosechar es un problema que no han podido resolver.

La aridez de la tierra les dificulta cosechar hortalizas en el verano y balancear un poco su alimentación.

Adaptarse a esta nueva vida no ha sido fácil para estos descendientes indígenas. Desde que llegaron a Planta Nueva, las cosas han dado un giro de casi trescientos sesenta grados. Después de vivir en tierra propia se convirtieron de pronto en refugiados y además no aceptados para sus nuevos vecinos.
“A los niños les decían que ni siquiera se acercaran aquí porque éramos brujos de Izalco sólo porque nos veían puros inditos. También nos tildaban de guerrilleros, ahora han comprobado que no somos lo que pensaban”, afirma Apolonio.
La aceptación de los vecinos se refleja en el hecho que trabajan en conjunto en busca de desarrollo para sus respectivas localidades, pues comparten una misma realidad: la pobreza.
Si la guerra los arrancó de su tierra materna, la escasez económica no los ha soltado, pues cuando vivían entre las colinas de Cacaopera apenas sobrevivían del cultivo de granos básicos y de la jarcia.
El licenciado Arturo Zuleta, coordinador de programas del PMA (Programa Mundial de Alimentos) en El Salvador, dice que este desplazamiento les cambió rotundamente la vida, ya que sentían nostalgia por su tierra natal, que era fértil para cosechar frijol, maíz y maicillo; además de que en Planta Nueva los hombres no encontraban trabajo por la misma desconfianza que generaba la guerra y las mujeres dejaron de hacer matatas y hamacas.

 

“Hasta hoy que sé que ya les absorben para el trabajo en los cañales, (pero) han pasado años allí olvidados; gobiernos han pasado y no los han atendi-
do. Las mujeres daban a luz en plásticos porque no habían centros de asistencia en salud. Consiguieron establecer una clínica, pero la enfermera llega cada tres meses. No conocían el mar y tuvieron que hacerse pescadores para sobrevivir. Son estoicos”, afirma el licenciado Zuleta.

Ligados a la pobreza

“Aquí escasea el empleo. Sobrevivimos de la siembra de maicillo, maíz y frijoles en el invierno. Lo que cosechamos a veces no alcanza para el año y es cuando padecemos hambre”, afirma Apolonio.
Las únicas fuentes de trabajo son las pequeñas haciendas de la zona donde ofrecen empleo temporal, ya sea en la zafra, en limpieza de maleza o en cuidado de pastizales y ganado.
Lucas Ortiz Pérez dice que su marido ha logrado ubicarse en uno de esos empleos, pero la paga (¢300 a la quincena) es insuficiente para criar a siete hijos, pues sólo alcanza para comprar azúcar, aceite y otros cuantos alimentos.

La falta de agua potable les obliga a abastecerse de un rio cercano para lavar
y de pozos para beber, estos últimos están contaminados y les ha causado otros problemas de salud como parasitismo intestinal.

“Luego de dos o tres meses, a mi marido se le acaba el trabajo y se vuelve a quedar sin nada, pero al menos los hombres encuentran trabajo, pero para las mujeres no hay nada, ni siquiera proyectos de panadería donde desarrollarnos”, señala Lucas.
Esta situación ha llevado a muchas mujeres a emplearse como domésticas en San Salvador y otros lugares a fin de sostener los hogares.
Eusebia Martínez es quizá la única mujer que trabaja en casa y cosecha algunos ingresos con la elaboración de hamacas cuando algún vecino de Planta Nueva se lo pide. Pero estas demandas son escasas.
Si tiene suerte, Eusebia puede elaborar dos hamacas en una semana y obtener poco más de ¢200. “No invierto en esto porque no tengo dinero y porque además hay mucha competencia en el mercado de Sonsoante”, afirma.
Enemesio Luna, presidente de la directiva de la ADESCO (Asociación de Desarrollo Comunal), dice que “lo único que nos sustenta es lo que sembramos porque los bancos no nos dan créditos porque piden garantías y no tenemos que ofrecer”.
El licenciado Arturo Zuleta cree que la situación de esta comunidad cacaopera es precaria. “Trabajé con ellos hace nueve años, los visité hace unos meses y están peor que antes... Las condiciones socioeconómicas que yo observé hace quince años no han cambiado. Los instituyeron como cooperativa, pero si usted quiere ver pobreza vaya a esta comunidad”, relata el licenciado Zuleta.
Tanto este funcionario como los directivos de la comunidad recuerdan cómo el PMA y la OIT (Organización Internacional del Trabajo) tuvieron que proveerles para la construcción de sus viviendas, las cuales están hechas a base de madera, vara de castilla, tierra y revestidas de cemento. Sin embargo, el tiempo se ha encargado de carcomerlas poco a poco y no hay dinero para repararlas.
El interior de estas viviendas significa un espectáculo de escasez. Unas cuantas hamacas colgando de los techos sustituyen en muchos casos las sillas y las camas.
La casa de Lucas Ortiz, por ejemplo, exhibe únicamente en la sala una caja de madera donde guardan la poca ropa y el cuarto apenas dos hamacas.
Los reducidos salarios —si es que cuentan con ellos— nada más alcanzan para la la escasa comida de cada día. “Al menos alcanza para las tortillas y los frijolitos”, manifiesta Lucas.


La pobreza en que viven estos niños no les augura un buen futuro.

 

Las nuevas generaciones no conocen mucho sobre sus antecedentes cacaoperas.

Desnutrición visible

Precisamente es la escasez de comida el mayor problema que enfrentan estas familias y que golpea a los más vulnerables: Los niños. Sus abultados abdómenes, ojos hundidos, costillas pegadas a la piel y estaturas que no corresponden con su edad evidencian sus graves niveles de desnutrición.
José Luis Ortiz Luna, hijo de Lucas, tiene cuatro años y pesa poco más de treinta libras. Su madre dice que cuando la doctora que les visita cada cierto tiempo lo revisó recientemente le notificó que el niño estaba desnutrido y que “en lugar de ir para arriba, va para abajo”, aparte de detectarle una especie de hongo en la espalda del que no parece curarse.
Apolonio Hernández dice que los niños de esta comunidad —unos 60 menores de doce años— se enferman con frecuencia de gripe y calenturas, quizá por la multitud de zancudos, pero que es la desnutrición en grados uno y dos la que más les afectan por la carencia de alimentos. “Comemos arroz, frijoles y tortillas; de vez en cuando un huevito”, añade Enemesio Luna.
Apolonio, padre de ocho hijos, resiente que uno de sus hijos menores, Moisés, enfrente esa deficiencia nutricional. “En mayo del año pasado le detectaron desnutrición grado dos y para octubre había mejorado un poco y pasó al grado uno porque pesó 28.6 libras”, dice.
A su corta edad, Moisés no sabe lo que es tomar leche, sólo café; tampoco reconoce en su dieta abundancia de frutas, verduras o carnes que le prodiguen las proteínas y demás nutrientes necesarios para su crecimiento y desarrollo. Cuando se le pregunta si le gustaría comer pollo o frutas asiente con la cabeza y sonríe tímido mostrando su dentadura picada y amarillenta como signo de desnutrición.
Apolonio y Enemesio coinciden en que una manera de combatir la carencia de alimentos como símbolo de su pobreza es instalar un sistema de riego que les permita cultivar hortalizas durante el verano, que es cuando se les acaba el maíz, el maicillo y los frijoles que cosecharon en el invierno.
Las aspiraciones son muchas, pero el dinero por la falta de empleo es escaso. La instalación de letrinas aboneras llegarán pronto gracias al aporte de UNICEF en nuestro país, pero la reparación de las viejas viviendas y el ansiado sistema de riego para sus siembras deberán esperar a que surjan financiadores y asesores dispuestos a tenderles la mano.

La dentadura amarillenta y picaca de Moisés evidencia el grave nivel de desnutrición de la niñez de esta comunidad

Trozos de identidad

Desde que abandonaron Cacaopera, estos descendientes indígenas cambiaron muchas de sus costumbres. Ya no celebran actos artísticos y típicos de su tierra como la “Danza de los negritos” o el “Baile de los enmascarados”. “Estos actos se realizaban en Semana Santa, pero aquí no se puede”, refiere Apolonio.


Lo poco que conservan es el hecho de comer las tortillas delgadísimas y grandes, chilate con nuégados, conserva de ayote, plátano o camote, pero tampoco han olvidado la habilidad para tejer hamacas y preferirlas a la hora de dormir o descansar a causa del calor costero de Sonsonate.


Una sola anciana viste siempre una larga falda parecida a la del difunto traje típico cacaopera, se peina con trenzas, no calza zapatos y usa los tradicionales collares de su tierra natal.

 

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