01 de abril de 2001

“Walter” es un salvadoreño común, piel trigueña, con 1.68 de estatura, cuerpo atlético e instructor en un gimnasio, pero esta ocupación es una pantalla, porque su verdadera entrada de dinero es como “stripper” y prostituto.


Escríbanos

Después de ocho meses de ejercitar su cuerpo en el gimnasio fue incitado por un compañero de este mismo sitio para hacer “striptease” privados para mujeres y para “gays”.
Lo que en realidad lo empujó para ejercer como bailarín erótico fue pura curiosidad de saber qué se sentía quitarse la ropa mientras se baila ante un público.
“Para ser ‘stripper’ solamente se necesita un cuerpo con músculos y una personalidad altamente extrovertida”, dice Walter, de 24 años y con tres años de experiencia en este tipo de trabajo.
“Walter” realizó sus estudios como cualquier niño de su edad, pero llegó hasta noveno grado porque no le gustaba estudiar, contrario que sus tres hermanos, uno de ellos profesional y dos más estudiando en la universidad.
Asegura que sus padres siempre le han dado lo mejor, aunque se contradice cuando describe una infancia con limitaciones económicas y maltrato de parte de su papá hacia toda la familia.
También fue sincero en admitir que desde los 12 años ha probado todo tipo de droga, como marihuana, “crack”, cocaína, pastillas y pasta, entre otras, pero en los últimos tres años las ha dejado, después de que su pareja salió embarazada, con quien tiene una niña de tres años de edad.

“Me da igual con los gays”

Ahora Walter cuenta con su propio grupo de seis “strippers” que ofrecen espectáculos en despedidas de soltera o en fiestas sorpresas por ¢250 la hora, que incluye el baile de seis canciones.
Durante una hora de conversación recibió tres llamadas de “gays” pidiendole información sobre su aspecto, los servicios que presta y sobre los espectáculos privados que hace los sábado por la noche, porque durante la semana atiende las llamadas.

“Después de haber atendido a un cliente homosexual, trato de olvidar lo que he hecho, para evitar sentirme mal. Lo hago porque me gusta el dinero”.

“Walter”, “stripper”

 

De veinte llamadas que recibe, dos son de mujeres y el resto son de “gays” que solicitan el servicio sexual, pregúntandole sus rasgos físicos, estatura, color de piel y hasta el tamaño de sus genitales.
Sus clientes lo contactan porque él publica un anuncio clasificado. Con eso tiene una larga agenda que atender durante la semana.
“Me considero hombre, aunque tenga relaciones con ‘gays’; lo hago porque me gusta el dinero”, afirma Walter, mientras se le cuestiona su orientación sexual.
Pero si le presta servicio a un homosexual se asegura antes de preguntarle si es pasivo, porque él se considera activo, es decir que Walter ejerce el papel de hombre en el acto sexual.
“Después de haber atendido a un cliente homosexual, trato de olvidar lo que he hecho, para evitar sentirme mal”, confirma, ya que lo único que entra en juego es el dinero.
También comenta que en este tipo de acto no se da el acostumbrado preámbulo en una pareja, porque a él no le gustan que un “gay” lo bese, todo lo contrario con las mujeres.
Para este trabajador del sexo es una lástima que el mercado del servicio sexual masculino sea más solicitado en su mayoría por homosexuales, ya que él prefiere a las mujeres, pero son muy pocas las que se atreven a solicitarlo.
Por esta razón la tarifa es más baja para las mujeres (¢200 la hora), donde incluye todo, si ella lo desea; para los homosexuales, la media hora es de ¢250 el sexo oral y ¢400 sexo anal.

Diversión y riesgo

Una de las experiencias divertidas que Walter recuerda fue cuando él y un compañero atendieron una despedida de soltera, donde la dueña de la casa le había dicho a su esposo que la actividad a realizar era un “baby shower”.
Mientras ofrecían el espectáculo, en medio de la euforia que este tipo de eventos puede provocar, con bebidas alcohólicas, la clandestinidad fue interrumpida por el dueño de la casa. El hombre tiró a golpes las puertas, descubriendo que el dichoso “baby shower” no era más que alcohol, hombres semidesnudos y una excéntrica decoración con preservativos inflados y toallas sanitarias.
Echó a todas las mujeres, a Walter y a su amigo, por lo que tuvieron que salir corriendo medio vestidos, dejando tirado el resto de los trajes eróticos que usan como parte del espectáculo.
En otra ocasión, la madre de la futura novia le ofreció una fiesta sorpresa, invitando a las amigas, pero sin el consentimiento del padre de la muchacha.
El papá llegó justo cuando Walter se encontraba bailando eróticamente para la agasajada y enfurecido sacó un arma y amenazó con matar a todos si no se largaban de inmediato.
Caso contrario de los espectáculos que se ofrecen a los “gays”, estos se efectúan en un sitio privado que los “strippers” alquilan. La entrada cuesta ¢50 y al que más propina coloca tiene derecho a tocar al bailarín.
Al finalizar las fiestas, si los clientes gusta de alguno de los “strippers” negocian, ya sea sexo o compañía para ir a cenar o bailar a una discoteca.

 

Después de las experiencias vividas, le preguntamos a Walter si a futuro seguirá con este estilo de vida, en donde a diario se pone en riesgo por diversas enfermedades, como el sida, y pone en juego su matrimonio, porque su esposa lo único que sabe es que labora como “stripper” y no como prostituto, y él respondió que en realidad este tipo de vida no le conviene bajo ninguna circunstancia y que ya “fregó lo suficiente” y está listo para retirarse.
Pero en realidad le será muy difícil dejarlo debido a su ambición por el dinero. No le importa que sus valores entren en juego, aunque también reconoce que este dinero fácil se le va tan rápido como agua entre los dedos.

Estilo de los clientes

De las mujeres que lo llaman, en su mayoría son secretarias y están casadas o acompañadas, entre 20 y 40 años de edad.

Según Walter, las mujeres casadas que lo solicitan lo hacen para hacer realidad sus fantasías que no pueden hacer con sus esposos.

Los clientes homosexuales poseen una posición económica media.

Muchos clientes homosexuales pagan por una compañía, es decir para que en su círculo “gay” los vean con hombres.

Durante los espectáculos privados, los “gays” son los que ponen más propina que las mujeres. Con los “gays” puede sacar hasta ¢300 en propina.

Por mes atiende unas cuatro despedidas de solteras y generalmente no llegan más allá que el espectáculo. Pero en este tipo de evento, las mujeres, de entre 20 y 50 años, se liberan de la inhibición.

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