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Después de ocho meses de ejercitar
su cuerpo en el gimnasio fue incitado por un compañero de este
mismo sitio para hacer striptease privados para mujeres y
para gays.
Lo que en realidad lo empujó para ejercer como bailarín
erótico fue pura curiosidad de saber qué se sentía
quitarse la ropa mientras se baila ante un público.
Para ser stripper solamente se necesita un cuerpo con
músculos y una personalidad altamente extrovertida, dice
Walter, de 24 años y con tres años de experiencia en este
tipo de trabajo.
Walter realizó sus estudios como cualquier niño
de su edad, pero llegó hasta noveno grado porque no le gustaba
estudiar, contrario que sus tres hermanos, uno de ellos profesional y
dos más estudiando en la universidad.
Asegura que sus padres siempre le han dado lo mejor, aunque se contradice
cuando describe una infancia con limitaciones económicas y maltrato
de parte de su papá hacia toda la familia.
También fue sincero en admitir que desde los 12 años ha
probado todo tipo de droga, como marihuana, crack, cocaína,
pastillas y pasta, entre otras, pero en los últimos tres años
las ha dejado, después de que su pareja salió embarazada,
con quien tiene una niña de tres años de edad.
Me
da igual con los gays
Ahora Walter cuenta con su propio grupo de
seis strippers que ofrecen espectáculos en despedidas
de soltera o en fiestas sorpresas por ¢250 la hora, que incluye el
baile de seis canciones.
Durante una hora de conversación recibió tres llamadas de
gays pidiendole información sobre su aspecto, los servicios
que presta y sobre los espectáculos privados que hace los sábado
por la noche, porque durante la semana atiende las llamadas.

Después
de haber atendido a un cliente homosexual, trato de olvidar lo que he
hecho, para evitar sentirme mal. Lo hago porque me gusta el dinero.
Walter,
stripper
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De veinte llamadas que recibe, dos son de
mujeres y el resto son de gays que solicitan el servicio sexual,
pregúntandole sus rasgos físicos, estatura, color de piel
y hasta el tamaño de sus genitales.
Sus clientes lo contactan porque él publica un anuncio clasificado.
Con eso tiene una larga agenda que atender durante la semana.
Me considero hombre, aunque tenga relaciones con gays;
lo hago porque me gusta el dinero, afirma Walter, mientras se le
cuestiona su orientación sexual.
Pero si le presta servicio a un homosexual se asegura antes de preguntarle
si es pasivo, porque él se considera activo, es decir que Walter
ejerce el papel de hombre en el acto sexual.
Después de haber atendido a un cliente homosexual, trato
de olvidar lo que he hecho, para evitar sentirme mal, confirma,
ya que lo único que entra en juego es el dinero.
También comenta que en este tipo de acto no se da el acostumbrado
preámbulo en una pareja, porque a él no le gustan que un
gay lo bese, todo lo contrario con las mujeres.
Para este trabajador del sexo es una lástima que el mercado del
servicio sexual masculino sea más solicitado en su mayoría
por homosexuales, ya que él prefiere a las mujeres, pero son muy
pocas las que se atreven a solicitarlo.
Por esta razón la tarifa es más baja para las mujeres (¢200
la hora), donde incluye todo, si ella lo desea; para los homosexuales,
la media hora es de ¢250 el sexo oral y ¢400 sexo anal.
Diversión
y riesgo
Una de las experiencias divertidas que Walter
recuerda fue cuando él y un compañero atendieron una despedida
de soltera, donde la dueña de la casa le había dicho a su
esposo que la actividad a realizar era un baby shower.
Mientras ofrecían el espectáculo, en medio de la euforia
que este tipo de eventos puede provocar, con bebidas alcohólicas,
la clandestinidad fue interrumpida por el dueño de la casa. El
hombre tiró a golpes las puertas, descubriendo que el dichoso baby
shower no era más que alcohol, hombres semidesnudos y una
excéntrica decoración con preservativos inflados y toallas
sanitarias.
Echó a todas las mujeres, a Walter y a su amigo, por lo que tuvieron
que salir corriendo medio vestidos, dejando tirado el resto de los trajes
eróticos que usan como parte del espectáculo.
En otra ocasión, la madre de la futura novia le ofreció
una fiesta sorpresa, invitando a las amigas, pero sin el consentimiento
del padre de la muchacha.
El papá llegó justo cuando Walter se encontraba bailando
eróticamente para la agasajada y enfurecido sacó un arma
y amenazó con matar a todos si no se largaban de inmediato.
Caso contrario de los espectáculos que se ofrecen a los gays,
estos se efectúan en un sitio privado que los strippers
alquilan. La entrada cuesta ¢50 y al que más propina coloca
tiene derecho a tocar al bailarín.
Al finalizar las fiestas, si los clientes gusta de alguno de los strippers
negocian, ya sea sexo o compañía para ir a cenar o bailar
a una discoteca.
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Después de las experiencias vividas,
le preguntamos a Walter si a futuro seguirá con este estilo de
vida, en donde a diario se pone en riesgo por diversas enfermedades, como
el sida, y pone en juego su matrimonio, porque su esposa lo único
que sabe es que labora como stripper y no como prostituto,
y él respondió que en realidad este tipo de vida no le conviene
bajo ninguna circunstancia y que ya fregó lo suficiente
y está listo para retirarse.
Pero en realidad le será muy difícil dejarlo debido a su
ambición por el dinero. No le importa que sus valores entren en
juego, aunque también reconoce que este dinero fácil se
le va tan rápido como agua entre los dedos.
Estilo
de los clientes
De las mujeres que lo llaman, en su mayoría son secretarias y están
casadas o acompañadas, entre 20 y 40 años de edad.
Según
Walter, las mujeres casadas que lo solicitan lo hacen para hacer realidad
sus fantasías que no pueden hacer con sus esposos.
Los
clientes homosexuales poseen una posición económica media.
Muchos
clientes homosexuales pagan por una compañía, es decir para
que en su círculo gay los vean con hombres.
Durante
los espectáculos privados, los gays son los que ponen
más propina que las mujeres. Con los gays puede sacar
hasta ¢300 en propina.
Por
mes atiende unas cuatro despedidas de solteras y generalmente no llegan
más allá que el espectáculo. Pero en este tipo de
evento, las mujeres, de entre 20 y 50 años, se liberan de la inhibición.
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