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Edición:
31 de agosto de 2003


Miles de especies
exóticas se trafican desde América Latina hacia
Europa.
Tres de cada cuatro animales mueren antes de llegar a su destino.
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| La
tucaneta verde (Aulacorhynchus prasinus) es una de las
especies exóticas de más demanda en Europa. |
Al menos
110 mil pájaros exóticos, la mayoría
de América Latina, alegran con sus cantos y colores
las casas de familias italianas. Son los sobrevivientes del
cruel y lucrativo tráfico de animales silvestres.
Allí y en el resto de Europa abundan reptiles, tortugas
y pequeños monos usados como mascotas, y souvenirs
elaborados con caparazones de tortuga, barbas de ballena y
plumas de aves multicolores.
Las selvas de Bolivia, Ecuador, Colombia y Brasil, así
como otros ecosistemas de América Central, México,
Argentina y Paraguay, se han convertido en las fuentes del
tráfico de especies hacia la Unión Europea (UE),
primer importador mundial de pieles de reptil, loros, boas
y pitones, y segundo de primates.
Aunque el comercio legal de animales y plantas está
regulado por la Convención Internacional sobre el Comercio
de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (CITES),
se calcula que es ilegal un tercio de las ventas mundiales
por 25 mil millones de dólares al año, un negocio
sólo inferior al tráfico de armas y de drogas.
Hay una enorme demanda de vida salvaje en Europa,
dijo a Tierramérica el director de Traffic Internacional
en Italia, Massimiliano Rocco.
A Italia llegan 35 mil ejemplares por año. Uno de cada
tres son contrabandeados, según organizaciones ambientalistas.
El negocio genera ganancias de 500 millones de dólares
anuales, aseguran.
En España, el furor por las especies exóticas
es tal que los coleccionistas llegan a pagar entre 500 y un
millón de dólares por un guacamayo grande.
El tráfico ilegal de animales tiene su punto
de entrada más importante en España. Abastece
el mercado interno y los re-exporta al resto del continente,
aseguró a Tierramérica el portavoz del Fondo
Mundial para la Naturaleza (WWF-Adena) en España, Miguel
Ángel Valladares.
En Brasil se capturan más de 38 millones de ejemplares
al año, según la Red Nacional de Combate al
Tráfico de Animales Silvestres (RENCTAS). Pero 90 por
ciento de ellos muere durante la caza o el transporte.
Los cazadores locales obtienen muy poco. Un pájaro
Melro (Gnorimopsar chopi) se compra por 27 dólares
en los mercados callejeros del sur de Brasil y se cotiza a
2,500 dólares en Europa. El guacamayo rosado (Ara macao)
cuesta 15 dólares en las selvas brasileñas y
hasta dos mil dólares en Italia.
Todo indica que se trata de un negocio en auge. Entre 1997
y 2000, la policía italiana efectuó mil controles
y decomisó 150 mil ejemplares, vivos y muertos, llegados
de América Latina, África y Europa oriental.
Los traficantes usan las mismas vías que los importadores
para transportar animales de América Latina a Europa:
vuelos directos y barcos trasatlánticos. Falsifican
certificados, hacen triangulaciones y camuflan la mercancía,
la mezclan con cargas legales para confundir a las autoridades
o la mandan en cajas con doble fondo.
Los canales del comercio legal e ilegal tienen fronteras
frágiles. En una misma jaula se pueden encontrar especies
con certificados o sin ellos. Se transportan, por ejemplo,
serpientes venenosas con tortugas y cuando pasan por la aduana
nadie se atreve a verificar su contenido, señaló
Ciro Troiano, de la Liga Anti-Disección Animal (LAV)
en Italia.
Los viajes de un continente a otro son un verdadero calvario.
Tres de cada cuatro animales jamás llegan a su destino.
Tucanes camuflados con los picos amarrados con cinta adhesiva,
loros envueltos en calcetines y que apenas tienen un pequeño
agujero para respirar, aves narcotizadas o con los ojos perforados
para que no canten al no ver la luz del sol son algunos de
los pasajeros de estos vuelos de la muerte.
El panorama se complica porque mafias internacionales del
contrabando y el narcotráfico de América Latina,
Asia y Europa están involucradas en la venta de especies.
En Brasil, una comisión parlamentaria documentó
la conexión entre el tráfico de animales y el
de drogas y piedras preciosas.
En México, varios capos de la droga han estado envueltos
en el tráfico de especies. Diversos zoológicos
resguardan aún parte de las 70 especies decomisadas
en 1993 en una finca del narcotraficante Joaquín El
Chapo Guzmán.
En la mayoría de los países el tráfico
de especies está tipificado como delito. Las sanciones
varían: de seis meses a seis años de prisión
en México, cinco años en España, o dos
años que pueden extenderse a doce por asociación
mafiosa en Italia.
Sin embargo, el tráfico de especies es relativamente
tolerado por la sociedad, y esto provoca que el ilícito
no sea tan perseguido como el narcotráfico o la venta
ilegal de armas, dijo a Tierramérica el director
de la no gubernamental Naturalia, Óscar Moctezuma,
de México.
La autora es colaboradora de Tierramérica. Con aportes
de Mario Osava (Brasil) y Diego Cevallos (México)
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