Edición: 28 de diciembre de 2003

Mientras se contorsiona, Mustafa transmite un mensaje: “Soy el reflejo de
la superación de las personas a quienes consideran inútiles”.

Morena Rivera
Fotos: Evelyn Ungo
Para salir adelante se ha visto obligado a aprender muchas cosas, como los trucos con el fuego que impactan a los espectadores.


Cuando el ocaso reina en el centro de San Salvador, Carlos Martínez, de 40 años, conocido como Mustafa, se prepara para ofrecer su gran espectáculo de gimnasia rítmica.

Los transeúntes van interrumpiendo su marcha para observar con curiosidad al hombre que en plena Plaza Morazán dobla las piernas detrás de su espalda y parece convertirse en un escarabajo.

En esa misma posición comienza a caminar por el asfalto. Se queda parado con una mano, con la cabeza hacia abajo y los pies hacia arriba, y luego logra sostenerse sólo con dos dedos; es como llegar al clímax de la exhibición.

Pero aún hay más. Los espectadores lo ven extraer unas varillas de hierro de un cajón que siempre lleva con él a todos lados. Les amarra algodón mojado con gas y después de prenderles fuego se los introduce una y otra vez en la boca.

Este espectáculo que Mustafa ofrece todas las tardes fuera un poquito menos cautivador si el camino que él ha transcurrido para llegar a manejar esas habilidades hubiese sido más fácil, es decir si su capacidad especial no le hubiera obligado a luchar el doble.

A los dos años fue víctima de la poliomielitis, allá en su natal Manabí, Ecuador, una zona costera que él describe como la más linda de su país. Las carencias económicas lo obligaron, desde los cuatro años, a combinar la rehabilitación con el trabajo de “betunar” zapatos.

Su campo de acción era el parque de los jubilados, un lugar donde solían reunirse los señores que habían laborado en la Marina. Allí se transportaba en un monopatín y sus clientes siempre le ofrecían cinco sucres por una lustrada.

Desde esos tiempos comenzó a sentir el compromiso de ayudar a su madre y a sus hermanos. Tanto así que el día que se presentó en la Federación Deportiva para Minusválidos lo hizo con un solo afán: “Quiero ser fuerte para ayudar a mi mamá”, le dijo al entrenador.

En el cuarto donde vive Mustafa apenas le cabe un colchón, una cocina y un televisor.

Todo un deportista

A los 12 años tuvo la oportunidad de ver en la televisión un Campeonato Mundial de Artes Marciales, donde un hombre con capacidad especial se desempeñaba tan bien que lo incentivó a hacerse una promesa. “Voy a ser mejor que él”, pensó.

El primer día que asistió a la Federación, el profesor le quitó de tajo las muletas y lo lanzó al agua para que aprendiera a nadar. Después lo llevó al área de levantamiento de pesas. “Me pusieron peso por todos lados, pero el coraje era más grande”, relata.

Su vida transcurría entre los estudios, el trabajo en la venta de lotería y los intensos entrenamientos a que él mismo se sometía.

Llegó a incursionar en las artes marciales, la gimnasia rítmica, la gimnasia olímpica, el levantamiento de pesas, el ciclismo con las manos y el contorsionismo.

Sus brazos y su espalda se volvieron duros como su espíritu y tan fuertes que llegó a levantar 275 kilos, el triple de su peso. Gracias a esa resistencia logró ocupar el cuarto lugar en el Campeonato Mundial de levantamiento de pesas para discapacitados, celebrado en Canadá, en 1984.

También participó en otros campeonatos en España, Colombia, Venezuela, y trabajó en algunos circos que lo llevaron a recorrer Sur América. Según Mustafa, esta nueva forma de vida le sirvió para demostrar que las personas con discapacidades especiales pueden lograr sus ideales. “Sólo se requiere decisión”, comenta.

Mustafa tiene la estatura de un niño de doce años. Sólo camina con muletas.

De hecho, Mustafa considera que el ser humano debe aprender mcuhas cosas en la vida. El triciclo que le sirve para transportarse en tierras salvadoreñas, desde hace cinco años, lo hizo él mismo al adaptarle pedales a una silla de ruedas.

Allí también lleva un cajón donde guarda los objetos que utiliza para hacer los trucos con fuego que le enseñó el payaso “Coky Royer” mientras residía en Panamá.

Durante una de sus presentaciones en la Plaza Morazán se le oye hablar con su voz suave que termina por ahogarse entre el ruido de los automotores. “Dios dijo ganarás el pan de cada día con el sudor de tu frente”, y la gente se acerca para depositarle unos centavos en una bolsa que yace sobre el asfalto.

Estos recursos le sirven para pagarse un cuarto en el centro de San Salvador. En ese lugar se pone a hilvanar sus ideas, sus sueños. Quisiera instalar un pequeño gimnasio para discapacitados y un taller para hacer sillas de ruedas y muletas. Además le gustaría tener su casa.

A pesar de que su situación económica no es la más holgada, pues hay días difíciles, Mustafa se siente satisfecho de transmitir un mensaje cada vez que ofrece su espectáculo. “Represento la superación de las personas a quienes muchos creen inútiles”, refiere.

Un gran viajero

Después de la presentación, los espectadores le regalan
monedas y otros lo felicitan.
Entre las experiencias de Carlos Martínez está el haber visitado más de 20 países, entre ellos Filipinas, Italia y Estados Unidos.

En 1995 decidió, junto a dos compañeros más, hacer un recorrido en triciclo desde Ecuador hasta Nicaragua con el propósito de brindar un mensaje de paz a la gente.

Mientras regresaba a su país optó por quedarse en Panamá. Allí presentó su danza rítmica en siete clubes nocturnos. Además, conoció al payasito “Coky Royer”, quien le enseñó a manipular el fuego.

Un día de 1998 se enteraron de un festival artístico circense que iba a realizarse en El Salvador y emprendieron el camino. A pesar de que llegaron tarde a la actividad se quedaron para mostrar sus habilidades en el parque Libertad, en la capital.

Pero “Coky Royer” retornó a su país y él se quedó solo. Desde entonces apenas tiene tiempo para extrañar a sus hermanos que residen en Ecuador y a sus dos hijos que viven en Estados Unidos. “Es mejor así, prefiero no hacerme daño”, dice mientras su mirada se nubla de recuerdos.



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