Edición: 26 de octubre de 2003

Las olas corretean con libertad en el espacio que antes caminaban los turistas.
La fuerza de la marea destruyó 65 negocios de comida y dejó sin vivienda a 40
familias, quienes ahora se empeñan por comenzar de nuevo.

Morena Rivera
Fotos: César Avilés

La destrucción de la infraestructura también dejó al descubierto que muchos lugareños habían construido sus viviendas y sus negocios muy cercanos al límite del mar.

Un niño de unos 11 años sume sus pies entre la arena caliente de la ahora desolada playa La Puntilla, en La Paz. Camina con una varita sobre su hombro, donde ha colocado collares y pulseras con los que trata de llamar la atención de los escasos turistas que toman los últimos rayos del sol.

A las cinco de la tarde regresa para reunirse con su familia en la casa comunal de la zona, una galera sin paredes por donde salpica el agua del invierno. Allí lo esperan sus padres y su abuela, sentados entre tanates de ropa, dos camas de madera, trastos y otros utensilios que le arrebataron al furioso mar.

En 11 días todo cambió para la familia Castro Majano. Hasta el 25 de mayo, María Erlinda Castro, de 66 años, vivía de los beneficios que le brindaba el turismo. Cada fin de semana, junto a su hijo y sus nietos, se congregaba en su champa, construida en la orilla, para vender carnes y mariscos.

Ese día comenzaron a notar que las olas abrazaban la playa más espacio de lo acostumbrado. “Once días después el mar nos había destruido; no teníamos dónde vender ni en qué vivir”, relata María. Su vivienda, edificada a unos 20 metros de la playa, también fue alcanzada por el ímpetu del agua.

Antes de que el mar sobrepasara de su límite unos 30 metros, la familia
Castro Majano no se atrevía a dejar el terreno arenoso. Cada metro que el mar avanzaba, ellos lo retrocedían y construían una champa improvisada con carpetas negras para cubrirse del sol y de la lluvia.

Algunos turistas que llegan a La Puntilla se impresionan al observar los daños.

Pero la tarde que vieron sus pertenencias flotar en el agua no tuvieron más remedio que albergarse en la casa comunal. Además, María decidió involucrar a su nieto en el negocio de los collares y de las pulseras. “Aunque sea en algo nos ayudamos”, comenta.

Igual tribulación han enfrentado unas 150 familias que viven y tienen sus puestos de venta en un kilómetro de los seis que corresponden a La Puntilla. Amílcar Chávez, gerente de la alcaldía de San Luis La Herradura, detalla que unos 65 negocios fueron destruidos por este cambio en el océano.

Luis Azúcar, jefe de Catastro de la municipalidad, subraya que cada cinco años la marea arrastra arena de la playa a la isla Tasajera, pero este año el traslado aumentó en un 40% más de lo acostumbrado.

Sin negocios y sin turismo

Desde que La Puntilla comenzó a seducir a los turistas, hace unos 15 años, con sus verdes palmeras, los turbulentos tumbos que se forman en la bocana El Cordoncillo y la bella vista hacia la isla Tasajera, los comerciantes establecieron sus negocios en el lugar.

Restaurantes formales, ramadas de palmeras de coco y vendedores ambulantes que tienen como carpa el cielo hallaron en esta playa una forma de ganarse el sustento diario.

Comedores como Tesoro del Pacífico, Divina Providencia, Bendición de Dios, Los Cocos, Rafael Antonio y La Posada de don Emilio fueron derribados por la marea. De este último sólo han quedado los bloques de cemento que ahora son golpeados por el vaivén del agua.

La mayoría de personas afectadas luchó por arrebatarl sus pertenencias al mar.

Andrés Sánchez, un costero de 22 años que ya tiene 14 de vivir en esta localidad, perdió su trabajo en una venta de bebidas y de mariscos. De su vivienda de ladrillo tampoco quedan señales. “Todo quedó soterrado”, refiere.

La mayoría de familias que residían en la playa ha instalado champas provisionales en terrenos nacionales. “Nos han prestado los solares para construir casitas de lámina”, señala Sánchez.

Ellos esperan que el mar les permita volver a los días normales cuando cada fin de semana unos mil turistas, provenientes de diferentes zonas del país y del extranjero, llegaban para disfrutar de las llanas playas de La Puntilla.

En esos días, María del Socorro Gamero, de 52 años, salía con un recipiente en su mano para pregonar el pescado frito con tortilla, y la poleada. Al atardecer tenía en su bolsa cien colones de ganancia. En cambio, hoy ha tomado la cuma para deshierbar terrenos y así poder ganar 500 colones al mes.

Los habitantes de este kilómetro de La Puntilla esperan que el mar les deje construir las ramadas para reinstalar de nuevo sus negocios Las olas están comenzado a retroceder; el problema es que muchos turistas han descartado de sus destinos turísticos la playa La Puntilla.


Bajo la lupa de un experto

Los océanos no son estables. Existen ciertas influencias generadas por los sistemas atmosféricos, las corrientes oceánicas, la lluvia y el viento que los hacen experimentar cambios en la marea.

Pablo Ayala, meteorólogo del Sistema Nacional de Estudios Territoriales (SNET), dice que donde hay estancamiento de agua, como en el caso del Estero Jaltepeque, cercano a La Puntilla, si la marea sube demasiado se producen inundaciones.

Las inundaciones en La Puntilla se debieron al paso de una onda tropical. Además, en el Océano Pacífico se tuvo un sistema de baja presión, corrientes de agua y vientos de sur este en la zona de Nicaragua que afectaron al país.

Fidelia desea reabrir su negocio.
Sin casa y sin negocio

Fidelia Gamero Merino, de 82 años, tenía diez de vivir en La Puntilla. Había construido su rancho frente a la Posada de don Emilio, a unos 15 metros del límite de las olas.

Para sobrevivir vendía platillos baratos a los visitantes que cada fin de semana se congregaban en esa franja de la costa. No sentía la pobreza. “Además los señores que venían en carro me regalaban cositas y mi dinerito”, dice

Los ojos de esta octogenaria se convierten en dos ríos de aguas mansas cada vez que se para en el lugar donde antes se levantaba su ranchito. “Era chiquito mi puestecito; aquí tenía una tabla clavada que me servía de mesa”, cuenta.

Ya olvidó la fecha exacta de la tragedia. Sólo recuerda que fue una tarde de junio en que las olas se encumbraban y arrastraban con gran ímpetu todo lo que hallaban a su paso. Ella había salido de la champa donde se encontraba la cocina segundos antes de que ésta fuera derribada por la fuerza del agua.

Entonces uno de los presentes comenzó a gritar: “La abuela, ¿dónde está la abuela?”. Fidelia salió, recogió las únicas pertenencias que le dejaron las olas: una cama de madera, una hielera, unas ollas negras y unos cuantos vestidos. “Era la ropita que me regalaba la gente cuando no había pasado nada”, señala.

Ahora Fidelia se siente triste. Se fue a vivir con su hija, María Gamero, quien también se mantenía con las ventas de mariscos
“No tengo ni con qué comprar una pastilla”, se queja. Ella sufrió un derrame cerebral y ha quedado con secuelas en la parte derecha del cuerpo.“Quisiera entrar a un asilo”, es su petición.



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