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Edición:
25 de Mayo de 2003

Pintura de trazo fuerte que hace más
angulosa y punzante la anatomía de sus figuras que
se convertirán en algo grotesco e irónico
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Antonio
Bonilla es un pintor formado en la exigencia de la vida
diaria y en el estudio de los pintores clásicos.
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Las
obras de Antonio Bonilla, a veces variaciones sobre el mismo
tema, evocan en un mismo compás dramático y
burlón la recreación, la sutileza, la hipocresía,
los afanes y las tullidencias de la sociedad.
Bonilla es un intelectual sarcástico de la pintura:
los temas pueden permanecer mucho tiempo en su mente y van
saliendo posteriormente en rápidos apuntes y en ideas
transformadas en colores, en luces muy libres, en espacios
perfectamente acondicionado por los planos y la composición.
Su temática es inconfundible: está presente
su sello y perfil sicológico por distintos que sean
los trazos, pues las mujeres gordas, los cuerpos humanos con
rostros de cerdos, las figuraciones clásicas, las figuras
simbólicas, la ilusión del unicornio, los peces
son hilos conductores y expresan sus propias virtudes, antojos
y caprichos, de acuerdo con el estado de ánimo de su
autor o la interpretación del coleccionista o el público
que tenga la oportunidad de ver sus creaciones. No se trata
de una simple ficción, sino que de una realidad pictórica,
pues de una forma u otra es su manera de juzgar burlonamente
a la sociedad. Es satírico, irónico y mordaz.
Pintor autodidacto
Bonilla es un pintor autodidacto, formado en la exigencia
de la vida diaria, en el apremio de las bibliotecas y libros
sueltos, en la irrenunciable disciplina y el estudio de los
pintores clásicos, donde por supuesto no escapan artistas
como Carreño, Goya, El Greco, El Bosco, Botero y tantos
otros que han ironizado su tiempo y han profundizado en el
perfil sicológico de la sociedad y de sus personajes.
Muchos de sus cuadros están ejecutados con improvisación,
con veloz y precisa pincelada, para fijar un estado
de ánimo meditativo y de crisis interior, como una
interrogación ansiosa y sin respuesta.
Don Francisco Goya y Lucientes habría de ser uno de
esos clásicos del estupor, el terror y la agonía
por encontrar sentido no sólo a su pintura, sino que
a la misma sociedad. Bonilla, estudioso de su obra, sabe de
esa avidez por el irracionalismo ciego, tantas veces encadenado
por pasiones elementales y hasta destructivas.
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Las
mujeres gordas y las figuras simbólicas están
presentes en la temática de Bonilla, como en
La noche premonitoria de García Lorca
y en La historieta de un país,
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Plástica
mundial
La vorágine de los 70 y de los 80 también impregnó
y sacudió a este artista que emigró a México,
a las sierras y etnias de Puebla, no sin antes aportar con
sus creaciones al estímulo movilizador de grupos organizados.
Mantas, postes y muros del gran San Salvador vieron la invasión
de improvisados motivos, un poco al modo de los muralistas
de Tlatelolco y de los jóvenes franceses del grafito.
Allí se ilustraba la consigna del momento, de campesinos
ufanos con sus herramientas y pechos defendiendo su tierra,
y por supuesto la figura grotesca de los militares y del gobernante
de turno.
Posteriormente Bonilla asume retos mayores con la observación
y el estudio riguroso de los grandes de la plástica
mundial. Se inicia un segundo momento en la caricatura pictórica
y en la semblanza de sus personajes. El arraigo popular desaparece
y se descubre en trazos y pinceladas fuertes el pintor de
gran poder conceptual, sublime e irónico, lo que permite,
al mismo tiempo, a los críticos y entendidos reconocer
tanto en su época militante como en su nueva visión
la justeza histórica de su modalidad expresiva, la
que habla a las claras de la versatilidad de este creador
de figuras grotescas, en las que subyace un consumado dibujante.
Es su trabajo un arte no necesariamente de combate, como podría
haberse calificado en sus etapas primarias, pero sí
abrumador, sicológico y profundo, no solo por su significado
y significantes, sino por la composición más
pura donde sobresalen los pincelazos, la luz y la fuerza de
los colores. Una pintura sujeta a la destrucción de
los creadores de símbolos, a los resquebrajamientos
de los temblores, a la lluvia invernal, una obra inacabada
que aparece como la reacción pictórica más
inmediata al vigor de un proceso de efervescencia interna,
llámese inconformidad, realismo o reacción desmedida
a los convencionalismos.
Bonilla es reacio a los estilos, se inclina más por
el tema, las ideas y la conceptualización de la realidad.
Él sabe que lo mismo que un dibujo o una pintura no
es un simple dibujo o pintura, por independiente que sea su
elaboración. Es símbolo, también testimonio,
y cuanto mayor es la profundidad (como ese su óleo
Bajo la sombra de los templos de la justicia,
con la que las líneas imaginarias de proyección
llegan a dimensiones superiores), tanto mejor.
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Testimoniar
una época
Es un artista dotado de una fuerte imaginación, nunca
trabaja con ideas preconcebidas, pues de antemano reconoce
la finalidad de su trabajo. Al hacerlo sabe que las figuras
tienen que reflejar y testimoniar ese algo que
aqueja y perturba a los auténticos creadores. Por eso
es que también en sus figuras grotescas está
la belleza, no necesariamente referida al objeto, sino que
a la representación plástica. De esta forma
supera el arte lo feo sin eludirlo.
Y al conocer esta verdad universal lo inquieta en el presente
la dualidad de los colores, no simplemente la suma plana de
los mismos, los cálidos o fríos, sino la sonoridad
que deben reflejar en una composición técnicamente
bien lograda. Bonilla ha asumido esta responsabilidad cuando
utiliza los tonos azules para la simbología, los rojos
para resaltar lo grotesco, los rasgos deformes o los café-rosados
para el fondo, pero al ser un estudioso de la teoría
del color conoce que por sí solas las vivencias y los
temas que se agolpan en su mente no pueden transformarse en
líneas en la pantalla negra de la noche. Tiene su propia
actitud frente a los colores, como a las formas y a los planos,
pero como un proyectista e investigador de la antropología,
de las ciencias sociales, de la sociología, la vida
misma de la sociedad, pues, entiende que más temprano
que el crepúsculo se insinúa habrá de
dar con esa búsqueda. Recordando a Klee, Bonilla es
feliz con el color, con la divagación, la luz y la
libertad de creación. La antítesis del realista
latinoamericano que es el dibujante José Luis Cuevas,
pero cercano por su humanismo.
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Su
trabajo es abrumador, sicológico y profundo,
no sólo por su significado y significantes.
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Con ello
intentamos afirmar que si bien existen leyes para la combinación
de los colores, para los planos, las formas y las mismas entradas
y salidas de luz (tan magistralmente tratadas por Rembrandt,
maestro del claroscuro y de los contrastes de luz y sombra)
está la poderosa imaginación y la potestad libertaria
de crear y de proyectar.
No se trata de anarquía en el arte, como muchos podrían
pensar; simplemente se trata de búsqueda, de rigor,
de no repetirse en la obra ni en el color, así sean
variaciones sobre el mismo tema, pues el que se atiene
a las reglas con demasiado rigor se pierde en un campo estéril.
Bonilla
no es moralizador, pero es ejemplo del cambio y de que se
puede se debe cambiar el punto de vista y también de
las cosas. De todos modos, el movimiento libre es casi
un deber moral. Por lo general, siempre se puede representar
algo solamente por el interés de la norma. Pero el
artista no cumple de esa manera con su obligación,
ya que la finalidad de un cuadro más allá de
lo comercial o la de hacernos felices es testimoniar una época.
En síntesis, Antonio Bonilla ha recorrido un largo
camino, estudiado, investigado, analizando los clásicos,
aprendiendo de los mayores, observando lo contemporáneo,
para plasmar su propia realidad en todas las esferas de la
vida. Es un pintor de incidencia y ruptura, desenfadado y
que propugna por una obra superior, cambiante, uniendo partes
hasta llegar al conjunto. Su visión es sencillamente
maravillosa, reflexiva, abundante en contrastes, pero concreta,
real e inmediata.
En su soledad interior, Bonilla profesa una paz colindante
con los sueños, la magia y las pesadillas, pero lúcida
y profética en el exterior de sus pinturas.
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