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Edición: 25 de Mayo de 2003

No nacieron en una comunidad indígena, pero cada vez que pueden se visten con sus trajes autóctonos, bailan danzas nativas y muestran sus inclinaciones por una cultura casi perdida

Morena Rivera
Fotos: Evelyn Ungo

Si don Gustavo invita a bailar a su esposa le pone el sombrero en la cabeza, pero si es lo contrario ella le pone el chal en el hombro.

Graciela Emilia de Martínez, de 62 años, es de Izalco, Sonsonate, pero no creció en el seno de una familia indígena. Su esposo, Gustavo Arcicio Martínez, de 71, es originario de Santo Tomás, San Salvador, y desde pequeño mostró inclinación por las costumbres de sus antepasados.

No sólo tienen en común el amor, sino su pasión por las usanzas ancestrales. Comenzaron a cruzar palabras en 1959, durante una de las tradicionales cofradías que se celebraban en Izalco, en tiempos en que don Gustavo había llegado a esas tierras para trabajar como encargado de proyectar películas.

Los dos se sentían atraídos por las tradiciones casi perdidas en el país. Desde joven él leía libros sobre la época colonial de México y de El Salvador y le encantaban los bailes folclóricos, porque consideraba que era la expresión natural del indio cuscatleco.

A partir de los ocho años, ella se escapaba de su casa para inmiscuirse en las diferentes cofradías de su pueblo. Participaba en las danzas, cargaba la imagen de la Virgen, bailaba “la diosa del fuego” y repartía tamales y chocolate a los presentes.

La simpatía que ambos sentían por esas prácticas los ha llevado a que después de 43 años de estar juntos, siempre tengan las maletas y sus vestimentas preparadas para participar en los actos oficiados por la “comunidad indígena de Izalco”, a la que pertenecen.

Graciela se pone su refajo de diferentes colores, su blusa estampada con flores, sus sandalias de cuero, se hace una trenza, adorna su cuello y sus orejas con un collar y unas argollas, y por último se coloca el chal sobre el hombro.

Gustavo también se viste con su cotón blanco y sus caites. Después pone su sombrero sobre la cabeza, su matate en la espalda y juntos parten desde Santo Tomás hacia sus destinos.

Siempre se reúnen con los demás miembros de la comunidad para hacer visitas a otros pueblos, participar en las cofradías del municipio sonsonateco y en ceremonias, como la del día de la cruz.

Sus peregrinajes

Antes de hablar sobre lo ajetreado que han sido sus vidas en los diez años que tienen de pertenecer a este grupo indígena, la pareja hace una muestra de los bailes, al ritmo de la marimba de arco, que organizan en las reuniones.

Asisten a todas las festividades de Izalco, entre ellas la de Santa Teresa, el Niño Dios de María, la Virgen de Belén, María Asunción, entre otras. Allí se reciben las típicas entradas de las diferentes comunidades, danzan, comen tamales y toman chocolate.

El día de la cruz es especial. Hacen un rezo, bailan la danza de “el panadero” y “el compadre” y luego se hace una ceremonia dirigida hacia los cuatro puntos cardinales. En ese momento se pide para que haya paz, para que los gobernantes sean buenos y para que las cosechas sean fructíferas.

Han llevado sus ceremonias y sus bailes —a través del Consejo Nacional para la Cultura y el Arte (Concultura)— a los sitios arqueológicos de San Andrés, El Tazumal y Joya de Cerén. También han estado en Cacaopera durante las festividades patronales.

Del 27 al 30 de julio del año pasado, Graciela estuvo en el Congreso de la Mujer Indígena realizado en La Palma, Chalatenango. Allí tuvo la oportunidad de relacionarse con otras delegaciones provenientes de Perú y de Guatemala.

Su inclinación por ese mundo los ha llevado a participar en un evento internacional. En 1997 viajaron a Guatemala, donde tuvieron la oportunidad de presentar sus costumbres y relacionarse con grupos étnicos de México y de Centro América.

Juntos han buscado la forma de expresar sus sentimientos y su admiración por las usanzas ancestrales. “Es lindo preservar nuestras tradciones”, expresan al unísono.

“No se ha perdido”

Don Gustavo cree que es importante preservar las tradiciones antepasadasporque la mayoría de salvadoreños se están olvidando de sus orígenes.

A su juicio, muchos pobladores se sienten ofendidos cuando se les dice que entre sus venas también llevan la sangre india. Por eso existe la necesidad —comenta— de demostrar que nuestra raza no se ha perdido y eso se muestra en las pocas costumbres que se conservan.




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