Edición: 24 de agosto de 2003

Crespín ha llegado a la plena madurez pictórica y con buen criterio se apresta a recibir
los mensajes accesibles por la vía de la emoción.

Enrique S. Castro

Es un pintor del tiempo de los idos y del presente, creativo, perseverante y con esas cualidades que siempre deben distinguir a los artistas: la solidaridad y la calidad humana, porque estas virtudes, ligadas a la investigación, a la renovación y a las legítimas tradiciones, nos llevan a la plena realización de la obra, esa que al final del camino define su personalidad y de alguna manera nos revela su intimidad y sus secretos.

Augusto Crespín es de esa escuela, la individual que depura su obra, la testimonial que refleja la época y la colectiva, amparada en el registro social del universo.

Como escribía René Huygue, de la Academia Francesa, “mientras la individualidad del artista se descubre a medida que se hace más penetrante el examen de su obra, lo que aparece más inmediatamente es su pertenencia a una determinada época y escuela. La personalidad de un pintor pasa a un segundo plano y se perciben mejor los caracteres generales comunes a todos los artistas que pertenecen a un mismo ambiente...”.

Es cierto, pero Crespín ha trascendido ese ámbito común por su rechazo a lo cotidiano y a lo común; su trabajo es metódico e irreverente a los convencionalismos. Su formación le viene de la disciplina y del estudio consciente en la academia de Valero Lecha, pero su desarrollo y fortaleza pictórica los ha logrado con la investigación, la experiencia, los viajes, la lectura y el encuentro con los grandes de la plástica universal en los museos de la vieja Europa.

En la diversidad de su obra se pueden apreciar esas virtudes, porque señalan ese hilo conductor que nos llevan a la belleza y a la sensibilidad. Esto gracias a esa autonomía de pensamiento y a las agresivas propuestas que con el transcurrir de los años ha mostrado. Esa unidad y esa coherencia obedecen a una escala de razonamiento que proyecta conscientemente sobre los sentidos de las personas enfrentadas al universo de sus obras.

“Protagonista del tiempo”, en óleo sobre tela, de Augusto Crespín.

El conjunto material de la obra plástica humana se presenta en el tiempo y “en la extensión física del mundo” a través de sus funciones para integrarse a todos los niveles de la sensibilidad subjetiva y a todos los escalones de la inteligencia objetiva en la extensión “síquica” de las conciencias.

Y no sólo es la coherencia y el estudio consciente el motivador de su trabajo, o su buen sentido dispuesto a recibir distintos mensajes para luego depurarlos en el crisol de su mente. Es también la investigación y el medio literario en nombre de lo humano y lo sensible los que mueven a este pintor creativo al combate contra la mediocridad y la hipocresía en el arte.

Esto lo podemos apreciar en la creación de sus grandes formatos, donde ha plasmado la figura humana inmersa en la naturaleza, no como un simple recurso anecdótico, sino como una reacción a las torpezas del hombre, con autoridades inventadas, en ese afán de destruir y conspirar contra el medio ambiente y contra las leyes naturales del universo.

Crespín ha llegado a la plena madurez pictórica, ha reflexionado sobre sus distintas etapas y con buen criterio se apresta a recibir los nuevos mensajes accesibles por la vía de la emoción. El tiempo y el espacio serán una vez más los hilos conductores para plasmar lo que tantas veces opera por analogía, por comparación, con lo que frustra a menudo los impulsos sensoriales.

 



1995 - 2003. El Diario de Hoy
Derechos Reservados. Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización escrita de su titular.

elsalvador.com