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Edición:
24 de agosto de 2003

Crespín
ha llegado a la plena madurez pictórica y con buen
criterio se apresta a recibir
los mensajes accesibles por la vía de la emoción.
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Es
un pintor del tiempo de los idos y del presente, creativo,
perseverante y con esas cualidades que siempre deben distinguir
a los artistas: la solidaridad y la calidad humana, porque
estas virtudes, ligadas a la investigación, a la renovación
y a las legítimas tradiciones, nos llevan a la plena
realización de la obra, esa que al final del camino
define su personalidad y de alguna manera nos revela su intimidad
y sus secretos.
Augusto Crespín es de esa escuela, la individual que
depura su obra, la testimonial que refleja la época
y la colectiva, amparada en el registro social del universo.
Como escribía René Huygue, de la Academia Francesa,
mientras la individualidad del artista se descubre a
medida que se hace más penetrante el examen de su obra,
lo que aparece más inmediatamente es su pertenencia
a una determinada época y escuela. La personalidad
de un pintor pasa a un segundo plano y se perciben mejor los
caracteres generales comunes a todos los artistas que pertenecen
a un mismo ambiente....
Es cierto, pero Crespín ha trascendido ese ámbito
común por su rechazo a lo cotidiano y a lo común;
su trabajo es metódico e irreverente a los convencionalismos.
Su formación le viene de la disciplina y del estudio
consciente en la academia de Valero Lecha, pero su desarrollo
y fortaleza pictórica los ha logrado con la investigación,
la experiencia, los viajes, la lectura y el encuentro con
los grandes de la plástica universal en los museos
de la vieja Europa.
En la diversidad de su obra se pueden apreciar esas virtudes,
porque señalan ese hilo conductor que nos llevan a
la belleza y a la sensibilidad. Esto gracias a esa autonomía
de pensamiento y a las agresivas propuestas que con el transcurrir
de los años ha mostrado. Esa unidad y esa coherencia
obedecen a una escala de razonamiento que proyecta conscientemente
sobre los sentidos de las personas enfrentadas al universo
de sus obras.
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Protagonista
del tiempo, en óleo sobre tela, de Augusto
Crespín.
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El conjunto
material de la obra plástica humana se presenta en
el tiempo y en la extensión física del
mundo a través de sus funciones para integrarse
a todos los niveles de la sensibilidad subjetiva y a todos
los escalones de la inteligencia objetiva en la extensión
síquica de las conciencias.
Y no sólo es la coherencia y el estudio consciente
el motivador de su trabajo, o su buen sentido dispuesto a
recibir distintos mensajes para luego depurarlos en el crisol
de su mente. Es también la investigación y el
medio literario en nombre de lo humano y lo sensible los que
mueven a este pintor creativo al combate contra la mediocridad
y la hipocresía en el arte.
Esto lo podemos apreciar en la creación de sus grandes
formatos, donde ha plasmado la figura humana inmersa en la
naturaleza, no como un simple recurso anecdótico, sino
como una reacción a las torpezas del hombre, con autoridades
inventadas, en ese afán de destruir y conspirar contra
el medio ambiente y contra las leyes naturales del universo.
Crespín ha llegado a la plena madurez pictórica,
ha reflexionado sobre sus distintas etapas y con buen criterio
se apresta a recibir los nuevos mensajes accesibles por la
vía de la emoción. El tiempo y el espacio serán
una vez más los hilos conductores para plasmar lo que
tantas veces opera por analogía, por comparación,
con lo que frustra a menudo los impulsos sensoriales.
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