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Edición:
24 de agosto de 2003

Marcado por un atractivo
pasado, torneado de espesos cerros y punto de encuentro de
cientos de guatemaltecos, así encontramos una fresca
mañana al pequeño pueblo de Unión Juárez,
en México.
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| Diez
casonas para fines turísticos se han construido
en la entrada del pueblo. |
Por sus
construcciones, los lugareños la llaman la Suiza
Chiapaneca. Para llegar a ese pueblito bendecido con
el poder de la historia y los encantos de la naturaleza sólo
basta recorrer 43 kilómetros desde Tapachula, Chiapas,
México.
Conforme se avanza hacia Unión Juárez, el calor
sofocante que caracteriza a Tapachula se disuelve entre los
húmedos y aromatizados cafetales que amurallan la angosta
carretera que conduce hacia las faldas del volcán Tacaná,
que sirve de límite entre México y Guatemala.
Los techos de lámina acanalada de color rojo nos avisan
que estamos a los pies del poblado. Construcciones mixtas,
de concreto y de madera y restaurantes pulcros y solitarios
que carecen de comensales se pueden contemplar más
adelante.
Las calles de Unión Juárez parecen tristes como
las mujeres de rasgos indígenas que caminan de un lado
a otro con un rollo de flores en sus manos. Ellas viven en
Guatemala o en la línea fronteriza y desde allí
llegan para ganarse unos centavos.
Carmen Martínez lleva en sus brazos morenos un tanate,
de donde sobresalen unas hojas de laurel, flores rojas y amarillas
y un rollo de zanahorias que ella ofrece con una humildad
que conmueve a cualquiera.
Lleve flores, seño, a diez pesos el rollo; zanahorias
para las comidas, seño, musita con su voz casi
imperceptible. Cuenta que antes de llegar al pueblo ha tenido
que caminar cuatro horas. Así nos toca, venimos
desde la línea (zona fronteriza con Guatemala).
Como ella, las demás mujeres que habitan en esas tierras
tienen algo que las identifica. Visten refajo o faldas tejidas,
tienen rasgos indígenas y sus pieles son morenas y
marchitas como el café molido que se procesa en la
zona.
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| Las
pocas tiendas de artesanías de barro y de madera
hacen que este negocio sea bastante rentable para los
vendedores. |
Los hombres
también bajan a Unión Juárez con sus
matatas llenas de frutas y verduras. Estas son producidas
en las tierras frescas del volcán Tacaná, que
se eleva 4,165 metros sobre el nivel del mar.
Parte del encanto
En el parque Benito Juárez descubrimos a Magdalena
Chávez, de 13 años, quien ha tenido que caminar
tres horas desde el cantón El Carrizal, cerca del límite
fronterizo, para buscar empleo como doméstica en alguna
casa u hotel del pueblo.
Luis Fernando Ruiz, de la secretaría municipal, relata
que en el poco comercio que existe en la aldea, los guatemaltecos
tienen una gran participación. Se trata de gente
pobre que viene con verduras, frutas, flores y hierbas al
por menor, comenta.
Unos veinte menores, hijos de guatemaltecos de escasos recursos,
se pasean por el parque y por los portales de las tiendas
y las fondas en busca de clientes que se dejen bolear
los zapatos. ¿Le vamos a bolear,
seño?, le preguntan a los transeúntes.
Ese ir y venir de los guatemaltecos por los senderos de Unión
Juárez, esa sensación de quietud que le dan
al lugar es uno de los imanes que atrae a los extranjeros
que llegan ansiosos de reencontrarse con la tranquilidad.
Los visitantes proceden según Ruiz de Estados
Unidos, de Centroamérica, de Europa y de otras ciudades
de México. Ya en la villa, los turistas pueden hospedarse
en los cuatro hoteles existentes en el lugar y saciar su hambre
en los restaurantes y fondas que han surgido en los últimos
años.
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| Vista
del kiosco ubicado en el parque central, también
llamado Benito Juárez. |
En un
punto del pueblo, los habitantes que se han beneficiado con
el turismo y otras personas acaudaladas que residen en Tapachula
han construido casas de campo, en donde permanecen durante
sus vacaciones o son rentadas al público.
La naturaleza con sus encantos no puede faltar. Un cerro que
se eleva a un costado del caserío, en cuya cúspide
sobresale una piedra que por su forma puntiaguda se ha denominado
el pico de loro y desde donde se aprecia todo
el panorama, es uno de los sitios más llamativos.
Son siete ríos los que riegan con sus aguas frescas
las tierras fértiles que son dedicadas, en su mayoría,
al cultivo del café. Entre ellos Suchiate, Malá,
Muxbul, Shujubal, Mixcum y Monteperla.
Pese a la crisis que afecta los precios del café a
nivel mundial, los habitantes de Unión Juárez
se sienten orgullosos de que su principal patrimonio sea el
grano de oro. En la tienda La Abejita se exhiben
unas bolsitas de pita y de tela llenas de café orgánico.
La mayoría de gente aún vive del cultivo
del café, comenta el propietario de la tienda,
Bernardo Ríos Córdova. En la estancia también
se venden artesanías de madera, de mimbre y de barro,
así como atuendos hechos con tela típica.
Nosotros empezamos con un negocio pequeño, pero
después el mismo turismo nos pedía más,
dice Bernardo mientras desliza una muñequita sobre
una superficie de madera, un invento que atrae a los visitantes
y es hecha con los pinos que crecen en medio de los verdes
cafetales.
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| Ahora
la casona de Santo Domingo es administrada por 107
ejidatarios. |
La
casa que albergó a Adolfo Hitler
Las huellas que dejaron los alemanes
se descubren en la casona de Santo Domingo, situada
en la villa del mismo nombre, en Unión Juárez.
Conocida también como la casa vieja o la casa
grande, esta construcción de madera con amplios
corredores, minuciosos barandales y columnas barnizadas
fue reparada en 1997 luego de permanecer abandonada
por más de 30 años.
La relación que muchos le atribuyen con la familia
del político alemán Adolfo Hitler ha trascendido
las fronteras y ha robado la atención de muchos
turistas. Aunque ho hay nada documentado, eso
nos ha servido de publicidad, dice Uvaldino Ortiz,
encargado del edificio.
Uno de los escritos que se exhiben en el museo del café,
ubicado en el ático de la construcción,
cuenta que en 1920, según cédula inscrita
en el dintel que da acceso al sótano, fue ordenada
por el alemán Enrique Braw, quien había
comprado la finca a principios de siglo.
Este señor era hermano de Eva Braw, quien llegó
a vivir en el lugar. Se dice que esta dama, enamorada
de Hitler, lo invitó para que se escondiera en
la casona en los momentos que se gestaba la Segunda
Guerra Mundial.
Ese relato es conocido por todos los habitantes. Aunque
no se ha comprobado la presencia del político
alemán en la casa, sí se sabe que perteneció
a la familia Braw.
Ahora sólo quedan fragmentos de ese pasado, no
tan lejano. En el museo se exhiben las fotos de los
primeros alemanes que llegaron a poblar las fincas de
la zona y convirtieron el cultivo del café en
un imperio.
En otros salones de la Casa de Santo Domingo existe
un bar y un restaurante. En las afueras se ha construido
una piscina y un hotel para responder a las necesidades
de quienes andan en busca de la historia.
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