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Edición:
24 de agosto de 2003

A Estanislao Salinas
Alvarado, de 72 años, las notas que arranca del violín
le salen por vocación, por naturaleza le
llama él. Y las adversidades de la vida
no lo han alejado por completo de esa pasión.
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| Cuando
no está acompañando al coro de la iglesia
El Calvario, Estanislao se dedica a la venta de cocos
en el mercado central de San Salvador. |
Aunque
los años en que se deleitaba tocando el violín,
en compañía de los demás compañeros
del conjunto Los Vagabundos, se han perdido en
el tiempo, Estanislao ha vuelto a las andadas.
Ya no es el mozuelo que amenizaba casamientos, fiestas rosas
y otras celebraciones en varios cantones de su natal San Vicente,
pero ahora, con la experiencia de los años sobre sus
hombros, sigue robando la atención del público
con sus dotes de artista.
Todos los domingos se le descubre entre los feligreses que
presencian la misa en la iglesia El Calvario, en la capital.
Allí pasa todo el día y acompaña con
el movimiento de sus manos a los tres coros que participan
en las cuatro homilías.
Son espacios de expresión muy distantes. Antes incitaba
a bailar a las jovencitas al son de las cumbias, los valses
y los boleros, y ahora acompaña con los afinados sonidios
del violín las alabanzas dedicadas a Dios.
A los quince años tuvo la oportunidad de observar a
un grupo de música llamado Los Barahona.
Ellos tenían la habilidad para ejecutar el violín,
el bajo, las flautas y la guitarra.
Estanislao se enamoró de los cadenciosos movimientos
de las manos al ejecutar el violín. La idea de tener
ese instrumento melodioso le quitaba el sueño, pero
los trabajos que realizaba en el campo, en las siembras de
maíz, arroz y maicillo no le permitían costeárselo.
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En plena
zona rural, donde ganaba 10 centavos al día y las posibilidades
de convertirse en violinista eran casi nulas, decidió
unir sus expectativas junto a otros jóvenes y formaron
el grupo Los Vagabundos.
Éramos pobres, no teníamos ni ropa, pero
nos las ingeniábamos para conseguir una mudada para
las presentaciones, rememora Estanislao. Caminabamos
entre los montes para llegar a los lugares donde amenizábamos
las fiestas, agrega.
En esos tiempos también recorrían las emisoras
de San Vicente y Zacatecoluca, en La Paz, donde tocaban para
los radioescuchas que ya eran conocedores de sus melodías.
Sueño disuelto
Estanislao siguió dejándose capturar por el
violín hasta en 1980, en tiempos de la guerra, que
tuvieron que emigrar de la zona porque, según él,
el ejército no los dejó continuar con su rutina.
Él se fue a vivir a Los Planes de Renderos, en San
Salvador, y dejó de tocar. Todo quedó
tirado; no tuvimos tiempo ni de llevarnos nuestros preciados
instrumentos, cuenta.
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| El
violinista aún recuerda los días en que
formó parte del grupo Los Vagabundos. |
En los
años siguientes se dedicó a vender cocos en
el mercado central, donde aún se le puede encontrar
los
días de semana. Pero la inquietud de revivir los momentos
que lo hacen suspirar lo llevó a comprar su segundo
violín que le costó 600 colones.
En las solitarias noches, pues no tiene ningún familiar
con él, tomaba esa caja sonora y revivía las
melodías de antaño. Eso no fue suficiente, quería
volver a tocar para un público.
Habló con el director del conjunto que dirige los coros
de la iglesia El Calvario y desde hace dos años dedica
el domingo para expresar su pasión por la música.
Lo sigo haciendo porque esto ya es naturaleza en mí,
comenta.
El sentido para tocar el violín está en
los dedos y en la memoria, expresa Estanislao, mientras
ordena su venta de cocos que le da para subsistir, porque
su afición por la música sólo le permite
desarrollar sus dotes artísticas, aunque para él
eso es suficiente.
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