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Edición:
23 de noviembre de 2003


El medio ambiente
es el gran ausente en la agenda del Área de Libre Comercio
de las Américas que se celebró en Miami.
A pesar
del claro vínculo entre comercio y ambiente, la agenda
verde es ignorada en la batalla por crear un mercado único
panamericano, afirman analistas.
Hubo muy poco de verde en la conferencia ministerial
a puertas cerradas que discutió el jueves y el viernes
la creación del Área de Libre Comercio de las
Américas (ALCA), en Miami.
De hecho, las cuestiones ambientales jugaron muy poco desde
el inicio del plan lanzado en la Cumbre de las Américas
de 1994, también en Miami, por 34 países del
continente, excepto Cuba.
Los negociadores ni siquiera hablan de los impactos
ambientales del comercio, dijo a Tierramérica
el director de comunicaciones del no gubernamental Consejo
de Canadienses, Bill Moore-Kilgannon, que encabeza la oposición
al ALCA en este país.
La propuesta presentada por Estados Unidos y Brasil como copresidentes
de las negociaciones permite a los países elegir las
obligaciones a las que están dispuestos, pero ni siquiera
menciona la palabra ambiente, dijo Moore-Kilgannon.
Existe amplio acuerdo en la comunidad internacional acerca
de que el intercambio comercial y el flujo de inversiones
afectan el ambiente.
Hasta la Organización Mundial del Comercio reconoce
que sin políticas ambientales adecuadas, la liberalización
comercial puede conducir a más contaminación
y a un uso no sustentable de los recursos, afirman los investigadores
de la Universidad de Yale, Mónica Araya y Daniel Esty.
Los acuerdos comerciales deben incluir un componente de política
ambiental, y el Acuerdo de Libre Comercio de América
del Norte (TLCAN) podría ser un buen modelo para el
ALCA, argumentan los autores del reporte Cerrando la
brecha entre comercio y ambiente del ALCA.
El TLCAN, que comprende a Canadá, Estados Unidos y
México, entró en vigor en enero de 1994, tras
cinco años de intenso debate.
Contiene provisiones y un acuerdo paralelo sobre cooperación
ambiental que, al contrario de lo que se temía, no
se convirtieron en una nueva herramienta para el proteccionismo
ni dañaron la economía mexicana, concluye el
trabajo.
Duramente criticado por la sociedad civil de los tres países,
la presión pública forzó a incluir en
el TLCAN acuerdos paralelos sobre derechos laborales y ambiente.
Pero las cláusulas ambientales del TLCAN no lograron
proteger el ambiente mexicano, según un estudio de
tres años del Instituto de Ambiente y Desarrollo Global.
La gran ola de inversiones extranjeras directas fue
la falla definitiva respecto de la introducción de
tecnología limpia en la industria mexicana, sostiene
Florencia Copley, directora ejecutiva de la costarricense
Fundación Pacificar.
Por otra parte, existen problemas notables en el capítulo
11 del tratado que dio origen al TLCAN, referido a inversiones,
y que se propone como modelo para el ALCA.
Ese capítulo fue concebido para proteger de pérdidas
a los inversores extranjeros en países del TLCAN, explicó
Daniel Magraw, presidente del Centro por el Derecho Ambiental
Internacional.
Según sus normas, los gobiernos de países anfitriones
de tales inversiones no pueden expropiar la propiedad de los
inversores sin el debido proceso y deben ofrecer igual tratamiento
a empresas nacionales y extranjeras.
Además, las empresas pueden demandar al país
ante tribunales por compensaciones económicas especiales
si estiman que ha violado sus derechos de inversores.
Paradójicamente, el capítulo 11 fue inicialmente
elogiado por una cláusula ambiental, según la
cual los gobiernos se comprometieron a no buscar inversiones
extranjeras relajando o ignorando sus regulaciones sobre salud,
seguridad laboral y ambiente. Pero dicho compromiso no cuenta
con un mecanismo que lo convierta en obligatorio.
El problema es que el capítulo 11 está
muy mal concebido, sostuvo Magraw, quien contribuyó
a redactar el acuerdo como funcionario de la estadounidense
Agencia de Protección Ambiental.
En 1999 la corporación canadiense Methanex apeló
al capítulo 11 para evitar que el estado estadounidense
de California prohibiera el aditivo de gasolina MTBE por ser
peligroso para la salud humana. La empresa reclamó
una compensación de mil millones de dólares
por ganancias perdidas, pero un tribunal del TLCAN falló
contra el reclamo en 2002.
Methanex presentó una nueva demanda, y el gobierno
de California suspendió la prohibición al MTBE.
Los costos de la defensa contra la acusación de Methanex
fueron enormes. No hay modo de que pequeños países
como Bolivia puedan afrontarlos, opinó Magraw.
A su juicio, la mayoría de los países estaría
mejor sin incluir el capítulo 11 en el ALCA. Sin embargo,
la protección ambiental debería ser parte del
acuerdo. Pero no soy optimista, dijo Magraw.
La falta de interés gubernamental en la cuestión
proviene de la convicción de que los asuntos ambientales
deben ser tratados en forma separada, dijo a Tierramérica
el director del no gubernamental Centro para los Derechos
Ambientales, Gustavo Alanis, de México.
Según el cronograma original del ALCA, el acuerdo debería
estar concluido en enero de 2005 y luego debería someterse
a ratificación parlamentaria para entrar en vigor a
fines de ese año o en 2006.
Cunde sin embargo el escepticismo. El ALCA será otra
carrera hacia abajo, alimentada por las corporaciones. No
tiene sentido intentar hacerlo verde, estima Anuradha Mittal,
codirectora de Primero Alimentos/Instituto para Políticas
de Alimentación y Desarrollo.
El
autor es colaborador de Tierramérica. Con aportes de
Diego Cevallos (México)
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