|
Edición:
22 de junio de 2003

No hay estadísticas que reflejen
el número de casos, pero los trastornos alimentarios
se han vuelto comunes, y ya han comenzado a distorsionar la
vida de muchas jóvenes.
 |
A
los 15 años se miraba al espejo y se veía gorda;
apenas pesaba 85 libras. Tuvo amenorrea durante nueve meses,
se le hinchaba el estómago, perdió el cabello
y las uñas y le desaparecieron los senos.
Lorena (la llamaremos así para guardar su identidad)
comenzó a alimentarse con un pipián, una porción
de requesón y a consumir cantidades exageradas de apio
al día. Al término de un año se había
convertido en una anoréxica nerviosa.
De eso hace 21 años ya. Ahora recuerda ese largo periodo
en que vivió entre la anorexia y la bulimia, esta última
le ocasionaba comilonas exageradas seguidas de vómitosque
después la hacían sentirse culpable.
Estos trastornos alimentarios ocultos tras los regímenes
de ejercicios que en la actualidad practican las adolescentes
se están ligando tanto a ellas, e incluso a los varones,
que personal de medicina ha comenzado a alertarse.
Algunos nutricionistas ya hablan del fenómeno como
una epidemia. Los sicólogos trabajan los problemas
emocionales de las afectadas. Los siquiatras evalúan
sus estados depresivos y buscan las heridas de fondo.
Los internistas y los endocrinólogos están turbados
ante los daños hormonales y orgánicos que se
producen por la falta de nutrientes, y quienes padecen las
enfermedades las definen como una experiencia horrible.
El cauce que han seguido estas patologías desde que
se descubrieron los primeros casos en El Salvador, allá
por 1970, no es muy claro. De la experiencia de los especialistas
se rescatan datos esporádicos que dan visos de su transcurso.
Algunas pacientes han estado ingresadas en hospitales privados,
como el de la Mujer y el Ginecológico, incluso se han
conocido más de dos casos internos en el hospital Rosales.
La nutricionista María Thelma de Díaz siguió
el devenir de una jovencita que fue vencida por la muerte.
La siquiatra Rosa de Valencia relata que en ocho años
sólo ha atendido diez casos, pero eso no demuestra
que haya poca incidencia, sino que muchas de ellas no acuden
a las consultas porque la mayoría de veces los padres
desconocen sus manifestaciones.
Nosotros vemos el hielo que está encima de la
superficie, comenta la endocrinóloga Graciela
Giachino. Ella agrega que la inmensa cantidad
que existe no está diagnosticada y pasa inadvertida.
Raíces emocionales
Los casos de bulimia y anorexia se presentan en jóvenes
de los 12 a los 25 años y se cree que afectan sobre
todo a las de clase media y alta. Pero según algunos
especialistas, sus ramas ya se comienzan a extender a la clase
baja.
Sus síntomas no aparecen por aras del destino ni sólo
por las influencias de los medios de comunicación,
como las revistas y la televisión, que presentan a
modelos que con su delgadez transmiten a las jovencitas un
mensaje de éxito.
Tampoco sólo por las atuendos de tallas pequeñas
que se exhiben en las tiendas de ropa, donde la figura de
las adolescentes, en periodo de crecimiento, no suelen caber
y por eso se sienten gordas.
Más allá de esos detonantes, existen los factores
hereditarios. El internista Salvador Vega explica que las
personas que llegan a desarrollar bulimia y anorexia vienen
con una tendencia a padecer trastornos de adicción,
y estos suelen aparecer en la adolescencia.
Igual pueden caer en otras adicciones. En el caso de las bulímicas
y anoréxicas, según refiere la doctora en sicología
clínica, Esther Figueroa, sus personalidades están
predispuestas, pues su perfil es de baja autoestima, no pueden
resolver los problemas ellas mismas y son resentidas.
Además quieren sentirse el centro de atención
de la familia y les encanta dominar a los que viven a su alrededor.
Sienten temor a la crítica, baja tolerancia a la frustración
y viven llenas de miedos e inseguridades.
Los estudios clínicos hechos por sicólogos y
siquiatras demuestran que quienes padecen estos trastornos
enfrentan conflictos en sus hogares. Valeria (nombre ficticio)
creció en el seno de una familia alcohólica;
aunado a eso su padre siempre le recriminó el hecho
de que ella tenía sobrepeso.
El deseo de satisfacer a su progenitor la llevó a provocarse
el vómito para adelgazar, y desde hace siete años
es prisionera de la bulimia. Esto es lo peor que me
ha pasado en mi vida, dice, mientras se pasa sus manos
delgadas por su rostro marcado por el dolor emocional.
En la mayoría de casos han tenido dificultades
en su infancia y en su adolescencia, comenta la nutricionista
de Díaz. Yo las llamo pacientes con heridas en
el alma, comenta.
Sus complicaciones
A diferencia de las bulímicas que tienen episodios
recurrentes de atracones de comida y se provocan el vómito
al introducirse la mano o con la ingesta de laxantes,
las anoréxicas aborrecen los alimentos por el miedo
a engordar.
Raras veces se puede separar una patología de la otra.
La mayoría de pacientes inicia con anorexia y termina
con bulimia o padece episodios de ambas. Lo cierto es que
la falta de nutrientes les llega a ocasionar daños
severos en el organismo.
El internista del hospital Rosales, Manuel Enrique Bello,
subraya que las pacientes que han perdido más del 40%
de su peso normal y no tienen mejoras aún con tratamientos
siquiátricos deben ser internadas.
Allí son tratadas por un equipo integral que incluye
nutricionistas, nutriólogos sicólogos, siquiatras,
internistas y endocrinólogos. Es necesario colocarles
una sonda nasogástrica para introducirles los mínimos
requerimientos proteicos y en última instancia se les
aplican dietas parenterales (por las venas).
Cuando estos trastornos alimentarios se vuelven crónicos,
detalla la endocrinóloga Giachino, arrastran una serie
de complicaciones que afectan el cuerpo. Uno de los peores
pronósticos es que la mujer deje de menstruar y eso,
más tarde, le puede generar infertilidad.
La falta de nutrientes también les provoca osteoporosis,
anemia, el vello púbico desaparece, se les caen el
pelo y las uñas y tienen complicaciones renales. Las
bulímicas, de tanto vomitar presentan déficit
de electrolitos y eso les ocasiona arritmias cardiacas.
En ese camino lleno de obstáculos, las afectadas quienes
se caracterizan por ser inteligentes llegan a conocer
tanto el mal que las aprisiona, incluso más que los
especialistas que las tratan.
Y también están convencidas de que es una adicción
que raras veces se cura. Aunque todo vaya bien, hay
etapas detonantes que no se pueden controlar, comenta
Lorena, quien tuvo su última recaída hace tres
años. Durante una tarde de soledad llegó a comerse
la despensa de quince días.
Lo
peor de mi vida (Caso de una chica bulímica
de 21 años)
Mis padres eran alcohólicos, pero siento que esta
situación no me llevó a la bulimia y a la
anorexia. Tenía 14 años cuando mi papá
me comenzó a presionar para que adelgazara. Y yo
quería complacerlo.
Una compañera del colegio me dijo que había
rebajado diez libras con sólo vomitar luego de
comer. Así empecé. Al principio sentía
que podía controlar la bulimia, pero después
ya no pude detenerla.
En poco tiempo me puse súper delgada y la piel
de la mano con la que me provocaba el vómito se
me puso lacerada. Me costaba concentrarme, me sentía
desganada, apática, con problemas en el intestino,
con taquicardias; empecé a perder el esmalte de
los dientes y la piel se me manchó,
Mi papá le ponía candado a la puerta del
baño para que yo no entrara a vomitar. Pero yo
me las arreglaba. Llegué a vomitar en bolsas, huacales
y hasta en botellas plásticas.
A veces las cosas parecían ir bien, llegué
a estudiar cuarto año de medicina; sin embargo,
cuando me deprimo todo se viene abajo. Mi papá
ha llorado y me ha hecho prometerle que voy a salir de
este hoyo.
Pero siempre llegan los atracones y el desenlace acompañado
con momentos de felicidad y de culpa.
Aunque ahora ya llevo tres semanas de no vomitar, creo
que nunca podré superar la bulimia. Es lo peor
que me ha pasado en la vida. |
|