Edición: 21 de diciembre de 2003

La Navidad para los abuelitos que viven en los asilos transcurre entre
la algarabía de las fiestas, pero en lo profundo de sus almas ellos añoran
la libertad y la atención de sus familias.

Morena Rivera
Fotos: Julio César Avilés
y Eleonora Salaverría

En una mañana dicembrina, los adultos del asilo Ramón Meléndez, en la capital, se han reunido en el corredor para participar en uno de los festejos de la Navidad.

Se oyen lentos aplausos y la voz de don Gustavo de Jesús Coto, de 80 años. “Noche de ronda, qué triste pasas, qué triste cruzas por mi balcón. Noche de ronda, cómo hieres, cómo lastimas mi corazón...”, canta con una inspiración y una melancolía sin igual.

Durante esos mismos días, los huéspedes del Hogar de Ancianos San Vicente de Paul visitan las instalaciones de Plaza Merliot, se toman fotografías frente a la decoración navideña, saborean un delicioso helado y algunos aprovechan para comprarse un regalito.

Al asilo Sara Zaldívar llega Santa Claus con su alegría, los ancianos reciben presentes y se deleitan con grupos de baile. El 24, durante la Nochebuena, degustan el tradicional pavo y toman vino luego de brindar por las bendiciones recibidas.

Entre la brisa marina y el ambiente caluroso de la media mañana, los habitantes del hogar Hermano Pedro de Betancourt, en la playa El Amatal, La Libertad, saborean un trozo de pastel. Un día antes reventaron piñatas y bailaron al compás de la marimba.

En los 34 asilos y hogares de ancianos que existen a nivel nacional, según datos de la Fundación Salvadoreña de la Tercera Edad (FUSATE), se trata de que la época navideña sea feliz para las personas de cabello entrecano y rostro surcado de experiencias.

Las instituciones religiosas y educativas sobre todo son las encargadas de opacar los sinsabores y las remembranzas de los adultos mayores que añoran la presencia de sus familiares.

“No dejo de acordarme de los días navideños en mi Pasaquina, La Unión”, relata Hilda Concepción Palacios, de 83 años.

El pastel nunca falta entre los obsequios que les brindan las instituciones educativas religiosas.

Marcados por la nostalgia

Salvador Cristóbal Jovel, de 75 años, quien denomina a su natal San Vicente como un lugar donde el sol es de oro y la luna de plata, lleva ocho navidades en el asilo Sara. A su juicio, lo importante no es dónde nos encontramos, sino la dirección que tomamos.

Pero muy a pesar de las actividades navideñas que mantienen recreados a los adultos mayores casi todo diciembre, según explica la hermana Marta Alicia Hernández, del asilo Hermano Pedro de Betancourt, muchos anhelan el calor de sus familiares.

De 48 ancianos que viven en el hogar sólo ocho reciben, cada cierto tiempo, la visita de algún allegado. Doroteo Hernández, de 75 años, espera un reencuentro con su hijo. “Él es mariachi”, comenta orgulloso. “Sería mi mejor regalo esta Navidad”.

El director del asilo Sara Zaldívar, José Antonio Velásquez, cree que es normal que para esta época ellos se sientan melancólicos y les vengan los recuerdos de su pasado. Por eso, la atención geriátrica también incluye la parte espiritual.
Velásquez considera que la vejez es un momento de contemplación, de pensar y de recordar. “Les decimos que tienen que vivir y ver hacia el futuro y no tanto hacia el pasado”, refiere.

Pero el poder de la evocación a veces es más grande que la felicidad efímera de un baile, un pedazo de pastel o un regalo. Mercedez Gómez Ramos, de 91 años, suele retroceder en el tiempo y eso la hace rendirse ante el llanto.

En estos días de vientos y de frío llora por su hermano Ramón, el único que llegaba a verla antes de morir. “Me acuerdo de mi mamá y de cuando mi papá me decía ‘veni indizuela’ ”, subraya mientras enjuga sus lágrimas.

Para don Tomasito, un anciano de estatura pequeña y amante de la buena conversación, ninguna de las fiestas navideñas que se realizan en el hogar de ancianos San Vicente de Paúl se compara con la sensación de sentirse libre, y esta sólo la siente cuando recorre las instalaciones de Plaza Merliot. “Venir aquí me alegra la vida”, dice.

Quisiera el regalo de la libertad

El día que a don Tomasito Martínez, de 86 años, le tocaba la excursión de Navidad en Plaza Merliot, junto a sus demás compañeros del hogar de ancianos San Vicente de Paúl, se atavió con sus mejores ropas y la sonrisa se dibujó en sus labios como por arte de magia.

Ya en el lugar se le oyó decir: “Aquí ando alegre porque nos han sacado a cambiar de impresión”. Posó junto a los motivos navideños para tomarse fotografías, comentó que era uno de los más fotogénicos del grupo y se sentó para saborear un helado.

También tuvo tiempo para sentirse solo y extrañar a su familia y a sus tiempos mozos. “Nadie me visita y me pongo triste porque somos humanos”, relató.

En sus años de juventud, el baile era su mejor acompañante durante las fiestas navideñas y el elemento que más evoca son los lujosos nacimientos de su ciudad natal, Santa Tecla, La Libertad.

Pero ahora todo ha cambiado, sólo le han quedado recuerdos de los tiempos en que se desempeñaba como soldador y mecánico de una compañía internacional. Entonces tuvo la opotunidad de recorrer Europa y algunos países de Sur América y Centroamérica.
Quizás esa forma de vida le hace sentir que él no nació para estar “prófugo”. “Lo que más quisiera es el regalo de la libertad”, detalla.

—¿Qué más le gustaría hacer o tener para esta Navidad?, le interrumpo.
—Si allí (en el asilo) no hallamos nada que hacer más que estar archivados, y para mis años no estoy para eso; todavía tengo buenos reflejos.

Don Tomasito se siente solo y dice extrañar aquellos días en que vivía en libertad.

Todos los años, los habitantes del hogar de ancianos San Vicente de Paúl visitan Plaza Merliot.

Tres peticiones


Santos García
Sus sobrinas viven en Tamanique, La Libertad, y han dejado de visitarla. “Quisiera ver a mi Sandra; ella era secretaria del pueblo”, dice.

Doroteo Hernández, 75 años
Tiene cinco años de no ver a su hijo Marcelino Valladares. Su mayor deseo es reencontrarse con él. “Él es el único regalo que Dios me dio”, refiere.

Ana Marina Rivas, 60 años
Anhela la visita de su hermana Lilian Rivas, pues tiene un año de no verla. “Primero Dios que venga para que sepa que me operaron”, comenta.

 

 



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