Edición: 21 de septiembre de 2003


EDICIÓN ESPECIAL REUNIFICACIÓN
TRÁFICO DE SUEÑOS

“Cuando los policías pasaban las lámparas, yo gritaba con fuerza ¿ Dónde están mis hermanos?”

En la mente de los hermanos Juárez, originarios de Usulután, han quedado grabadas
las tribulaciones que vivieron durante los ocho días que duró su travesía.

Los hermanos Juarez relatan que se transportaron en lanchas y encerrados en vehículos. Sus únicos deseos eran conocer a sus padre, de quienes solo guardan un vago recuerdo

“Brenda, de 12 años, cuenta la experiencia al hilo, con voz apacible. A Franklin, de 10, se le escapan detalles que le obligan a retrasar el relato. Y Diego, de 11, prefiere callar, como si quisiera olvidar lo sucedido.

Mientras permanecen sentandos en uno de los corredores del Sistema Municipal para el Desarrollo Integral (DIF) hablan de las vicisitudes que pasaron en manos de un señor al que no le supieron el nombre. Sólo saben que era de Santa Ana y era conocido de su tía.

Fue ella quien se encargó de acompañarlos hasta Guatemala. A partir de ahí siguieron con el “coyote” y otras 26 personas más que componían el grupo.

Pasar la frontera El Salvador-Guatemala fue de lo más sencillo. “Nos fuimos por la propia”, expresa Franklin. Estando en el país vecino durmieron en un hotel y se comunicaron por primera vez con la madre, quien reside en Los Ángeles.

Al amanecer abordaron una lancha en las costas guatemaltecas. Pasaron doce horas (de 6:00 a.m. a 6:00 p.m.) navegando en altamar. “Yo sentía que el sol nos afectaba, que nos quemaba la piel”, cuenta Brenda.

No saben decir en qué punto desembarcaron, casi al anochecer. Aunque de repente Brenda recuerda que era una playa de México a la que el coyote llamaba “La Barra”.

Al salir a la carretera los esperaban dos señores con sus vehículos que los iban a llevar a un hotel. Pero antes de llegar al lugar donde pasarían la noche fueron sorprendidos por la policía.

Se aventaron del carro y como había fincas en los dos lados de la calle se internaron en una de ellas. “El coyote dijo que lo siguiéramos porque la policía alumbraba por todos lados”, dice Franklin.

Brenda corrió con rapidez detrás del coyote, mientras que Franklin y Diego se quedaron atrás. “Yo me afligí; me preguntaba dónde están porque no les veía a mi lado”, musita. Cuando se reencontraron Diego lloraba.

—¿Por qué llorabas? —le pregunto.

—Es que este sólo chillando pasaba —contesta Franklin.
Esa noche, el cansancio los obligó a dormir en la finca. Los días posteriores se transportaron en diferentes vehículos y se quedaron en varias casas y hoteles hasta llegar a Oaxaca, donde no les llevaron alimentos durante un día y para saciar el hambre tuvieron que comer tortillas “chucas”.

El día que fueron rescatados por la policía, el guía les encomendó que se subieran a un árbol de jocote y luego se saltaran el muro de la casa, pero no alcanzaron a salir. “Allí nos agarraron”, relata Brenda.

Llegaron al DIF sólo con la ropa que llevaban puesta; la demás que les había enviado su mamá para que usaran durante esos días quedó perdida en el camino.

Ahora sus deseos están divididos. Brenda quiere llegar a Estados Unidos para estar con su madre, a quien no ve desde hace ocho años. Franklin quiere seguir viviendo en El Salvador. “Yo quiero regresarme donde mi abuela”, comenta Diego.

“He entregado a ocho nietos

A María de Jesús Portillo, de 55 años, le ha dolido el corazón cada vez que sus vástagos residentes en Estados Unidos (cinco en total) hacen el contacto con un “coyote” para que se encargue de llevarse a sus nietos.

“De mis manos se han llevado a ocho entre los cinco y los siete años”, refiere María de Jesús, originaria del cantón Cerrón Grande, Cabañas. Primero se fueron tres y luego entregó cinco a un señor que dice llamarse Nelson Vega.

El sobresalto más reciente lo tuvo en mayo de 2002, cuando un hombre de origen mexicano se apareció en su vivienda, una casa derruida que le habían heredado los terremotos del 2001.

El hombre le dijo que alistara a Joselyn, de seis años, porque habían acordado con su hija Patricia Escobar, residente en Los Ángeles, que se iba a llevar a la niña.

El 12 de mayo —relata María— llevó a la pequeña a Ilobasco, de donde partiría con el “coyote”. El mismo día le avisaron que su nieta estaba en la frontera El Salvador-Guatemala.

“Prometí que ya no iba a dejar que la niña se fuera”, dice la abuela, quien reconoce que sus demás nietos son felices en esas tierras lejanas. “Los he visto en vídeo, se ven hermosos; es que allá todo está vitaminado”, agrega.


46 niños repatriados, según Cancillería.
333 rescatados por Migración, México.

 



1995 - 2003. El Diario de Hoy
Derechos Reservados. Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización escrita de su titular.

elsalvador.com