|
Edición:
20 de julio de 2003


La epidemia pudo ser detenida, pese
a la carencia de vacunas, diagnósticos confiables y
tratamientos. ¿Por qué?
 |
La primera
nueva epidemia pública del siglo XXI, el Síndrome
Respiratorio Agudo Severo (SARS), ha cambiado la percepción
de la amenaza de las enfermedades infecciosas. También
ha elevado la cuestión de la salud pública a
un nuevo nivel de importancia.
La primera lección que debemos aprender del SARS tiene
que ver con la necesidad de informar rápida y abiertamente
acerca de los casos de cualquier enfermedad que posea el potencial
de extenderse internacionalmente.
En un mundo interconectado electrónicamente, los intentos
por ocultar casos de una enfermedad infecciosa por miedo a
sus consecuencias sociales y económicas pueden acarrear
un precio muy alto: pérdida de credibilidad a los ojos
de la comunidad internacional, daños a la salud y a
las economías de los países vecinos y el riesgo
de que las epidemias dentro del propio territorio queden fuera
de control.
El SARS también muestra el papel decisivo del compromiso
político al más alto nivel. Vietnam, la primera
nación que rompió la cadena de transmisión
de la infección en abril, mostró cómo
un país en desarrollo, golpeado por una epidemia especialmente
aguda, puede triunfar cuando informa acerca de ella con prontitud
y abiertamente y cuando la asistencia de la Organización
Mundial de la Salud (OMS) es requerida en forma rápida.
Este éxito, repetido en Singapur, Hong Kong, China,
Taiwan y Canadá, muestra que el SARS puede ser contenido
no obstante la ausencia de sólidos análisis
diagnósticos, de una vacuna o de cualquier tratamiento
específico. Cuando la conciencia, el compromiso y la
determinación son altos, incluso herramientas tradicionales
de control como el aislamiento, el rastreo de contactos y
la cuarentena pueden romper la cadena de transmisión
de la enfermedad.
Las urgencias provocadas por el SARS fueron un desafío
para la OMS, que se puso en marcha de inmediato para brindar
una colaboración de alto nivel científico. En
el curso de una semana después de la primera señal
de alerta global, la OMS estableció tres redes virtuales
con virólogos, médicos clínicos y epidemiólogos
dedicados al estudio del SARS a fin de asegurar un permanente
esfuerzo de búsqueda. Un mes después, 11 laboratorios
de primera línea se unieron al esfuerzo de cooperación
de la OMS y los científicos participantes anunciaron
colectivamente la identificación decisiva del virus
del SARS. Este éxito ha sido un signo alentador de
la voluntad de la comunidad científica para colaborar,
en lugar de competir, en la solución de los misterios
de una amenaza compartida por toda la humanidad.
El aspecto negativo es que el SARS ha puesto en evidencia
serias flaquezas en los sistemas sanitarios alrededor del
mundo. La enfermedad coloca un pesado fardo sobre los servicios
sanitarios en términos de control de la infección,
aislamiento, largos períodos de cuidado intensivo y
exigencias de rastreo de contactos y de investigación
complementaria.
El SARS no será la última nueva enfermedad que
toma ventajas de las condiciones de un mundo globalizado.
Nuestra tarea es la de construir confianza y solidaridad.
En un mundo interconectado e interdependiente, las bacterias
y los virus se desplazan tan rápidamente como los mensajes
por el correo electrónico. No hay santuarios sanitarios.
No hay muros inexpugnables entre el mundo que es saludable,
bien alimentado y adinerado y el otro mundo que está
enfermo, desnutrido y empobrecido. La globalización
ha reducido las distancias, derribado las antiguas barreras
y conectado a la gente.
|