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Edición:
20 de julio de 2003


Los restos de un cachalote convirtieron
una playa chilena en lugar de peregrinación de curiosos
y científicos. El chasco llama la atención sobre
la falta de educación ambiental.
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| Los
restos del cachalote hallados en la playa de Pinuno, en
Chile, que se creía que eran de un pulpo. |
Los
restos de un cachalote (Physeter macrocephalus) confundidos
por los lugareños con los de un monstruo marino
en una austral playa de Chile a fines de junio alertaron sobre
la urgencia de profundizar la educación ambiental en
América Latina.
La confusión se dio porque las primeras personas
en detectar los restos no eran científicos ni zoólogos,
pero también por el morbo popular y la falta de cultura
ambiental en nuestra sociedad, dijo a Tierramérica
el biólogo Sergio Letelier, investigador desde hace
11 años del laboratorio de malacología del Museo
de Historia Natural de Santiago, la capital chilena.
El
equipo de Letelier develó el 9 de julio que el llamado
Monstruo de los Muermos, una masa gelatinosa,
inerte y cada día más nauseabunda depositada
en la comuna costera del mismo nombre, en la playa de Pinuno,
no era más que restos de un cachalote de aguas profundas.
Un lugareño de Pinuno, en la provincia de Llanquihue,
60 kilómetros al noroeste de la austral Puerto Montt
y unos 1050 kilómetros al sur de Santiago, dio cuenta
a la armada chilena de la aparición de los restos el
26 de junio.
Una semana después la noticia recorría el mundo,
acompañada de las primeras conjeturas: una ballena,
un pulpo gigante o incluso un monumental calamar.
La playa de Pinuno se convirtió pronto en un foco de
peregrinación de científicos y curiosos que
llegaron a fotografiarse junto con los restos.
Nunca habíamos visto algo así, dijo
a Tierramérica el sargento Jaime Aguilera, de la capitanía
de Puerto Maullín, el primer efectivo de la marina
que constató la presencia de los restos en Pinuno.
Dios dijo: multiplíquense los peces y los monstruos
del mar. Este es un monstruo, fue la explicación
de Pedro Mancilla, dueño de un restaurante de mariscos
en Puerto Montt.
Letelier llegó cinco días después de
conocida la noticia, recogió una muestra de unos cien
gramos de la masa de doce metros de superficie y se la llevó
a su laboratorio de Santiago.
No fue necesaria la prueba del ácido desoxirribonucleico
(ADN). Bastaron estudios morfológicos y de anatomía
para concluir que se trataba de un cachalote, el más
grande de los cetáceos dentados, que puede llegar a
medir hasta 20 metros de longitud y pesar 70 toneladas.
Se trata de una especie protegida bajo el Apéndice
I de la Convención sobre el Comercio Internacional
de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (CITES).
Según Letelier, el ejemplar murió en el mar,
no en la playa. Los restos se pudrieron en el agua, se llenaron
de gas, el esqueleto se separó y quedó una especie
de crema sostenida dentro de una bolsa inflada de piel grasosa,
con la apariencia de un pulpo.
Pero para un especialista, incluso un primer análisis
visual de la masa era suficiente para descartar que se tratara
de un cefalópodo o pulpo gigante, como lo señaló
Elsa Cabrera, del no-gubernamental Centro de Conservación
de Cetáceos, quien fue la primera en manejar la hipótesis.
Si resultara ser una nueva especie, ello colocaría
a nuestro país en la escena mundial con un gran descubrimiento,
había señalado Cabrera a medios de comunicación.
Un pulpo tiene cabeza, brazos y boca, una especie de
doble pico (pico de loro) muy particular. Nada de eso se registraba
en los restos, señaló Letelier, quien
está organizando para septiembre una exposición
sobre cefalópodos en el Museo de Historia Natural de
Santiago.
Chile es rico en cefalópodos y hace falta mucha
información sobre ellos. Esta es una primera iniciativa
para promover la educación ambiental, pero requerimos
de más recursos y de intercambio con museos y científicos
de otros países de América Latina, dijo.
En abril, pescadores neocelandeses hallaron los restos de
un pulpo gigante (de seis metros) en el Mar de Ross en la
Antártida. En Chile, se descubrió uno de la
especie Dosidicus gigas, de dos metros de largo y 120 kilos
de peso.
Si el Monstruo de los Muermos hubiera sido, en
efecto, un cefalópodo gigante habría representado
un gran hallazgo para el Museo de Historia Natural de Chile.
Por ahora, Letelier se conforma con haber develado el misterio,
aunque haya quitado alas a la imaginación popular tan
necesaria en este mundo globalizado, según él
mismo reconoció.
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