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30 de abril de
2005
Muro de objeciones contra represas
Pobladores intentan frenar proyectos hidroeléctricos
en varios países de la región: desde
el río Papagayo en México al río Baker
en la Patagonia.
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Además
de generar energía para millones de hogares,
la construcción de las represas lleva graves
impactos ambientales.
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Un muro de objeciones se levanta en América Latina
contra la construcción de centrales hidroeléctricas.
En Guatemala, activistas y pobladores acaban de frenar un
millonario proyecto, mientras en Brasil, El Salvador, Chile,
Honduras y México la mecha del conflicto está
prendida.
En la región hay más de mil grandes represas
de 15 metros de altura o más, que generan 10 por ciento
de la electricidad consumida en el área. Los gobiernos,
apoyados por transnacionales, proyectan construir otras para
así depender menos del oneroso petróleo, por
ahora su principal insumo energético.
El debate sobre la hidroenergía es intenso. Aunque
es valorada como una fuente renovable y limpia que permite
regular el uso del agua, también es denostada por sus
graves impactos sociales y ambientales, derivados del obligado
desplazamiento poblacional y las inundaciones que genera.
En Guatemala, una consulta popular logró paralizar
en abril la construcción de tres hidroeléctricas,
impulsada por el gobierno y firmas locales e italianas y canadienses
a un costo estimado de 100 millones de dólares, en
la comunidad de Río Hondo, ubicada en una reserva natural
al oriente del país.
La Corte Constitucional de Guatemala validó el 4 de
abril los resultados del referendum por el cual los pobladores
rechazaron el proyecto aduciendo que inundaría seis
mil hectáreas y perjudicaría económicamente
a 20 mil personas.
Tras la resolución judicial, las empresas están
obligadas a reformular su proyecto con nuevos estudios de
impacto ambiental y socioeconómico, y someterlo a otra
consulta popular.
El fallo de la Corte devuelve a la ciudadanía
la fe en las instituciones y demuestra que aún hay
gente decente en este país, dijo a Tierramérica
Magali Rey, directora del grupo ambientalista Madre Selva.
En México, el gobierno del presidente Vicente Fox intenta
sin éxito desde hace dos años concretar el proyecto
La Parota, una gigantesca represa de 850 millones de dólares
en el estado sureño de Guerrero, que desplazaría
a unas 25 mil personas, según campesinos pobres de
la zona que mantienen bloqueados los accesos a sus comunidades
para evitar el avance de la obra.
El no gubernamental Tribunal Latinoamericano del Agua resolvió
en marzo que el proyecto mexicano sobre el caudaloso río
Papagayo, debe suspenderse, ya que no demuestra los
beneficios a la población local ni su contribución
al desarrollo regional ni a la protección del medio
ambiente y los recursos naturales.
Brasil, uno de los países con mayor cantidad de represas,
alrededor de 600, tampoco está libre de conflictos.
Ambientalistas y activistas cuestionan la intención
del gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva de poner
en operación dos centrales hidroeléctricas en
el río Madeira, uno de los principales afluyentes del
Amazonas.
Lula afirma que sus planes consideran de forma estricta los
problemas ambientales y sociales. Pero unas cien organizaciones
no gubernamentales, aglutinadas en el movimiento Río
Madeira Vivo, lo desmienten y prometen dar batalla.
Creemos que las dos centrales no se van a construir,
(pues) no se ha comprobado su viabilidad económica,
dijo a Tierramérica Glenn Switkes, director para América
Latina de la Red Internacional de Ríos, con sede en
California, EE.UU.
Además, el embalse de las hidroeléctricas afectará
un área de alta biodiversidad, con 600 especies
de peces y más de 700 de aves, y el impacto para los
pescadores sería enorme porque los bagres, especie
de más valor comercial, migran por 4,000 kilómetros
desde el río Amazonas al Madeira para reproducirse
y las represas impedirían ese ciclo, según
Switkes.
En Chile otro millonario proyecto está en entredicho.
Varios grupos ambientalistas crearon una coalición
para oponerse al plan de construir cuatro centrales en la
zona de la Patagonia, que requerirá una inversión
de $3,000 millones.
Y en Honduras y El Salvador, un acuerdo anunciado en abril
por sus respectivos gobiernos para construir la represa El
Tigre, en los afluentes del río Lempa, en una cuenca
compartida, prendió ya las alarmas.
El proyecto costará unos 600 millones de dólares,
generará mil megavatios y creará unos 4,500
empleos, según las autoridades.
Indígenas y ambientalistas comenzaron a expresar su
rechazo al proyecto, al igual que varios diputados que enarbolan
argumentos de soberanía territorial. El plan binacional
emergió luego de que esos vecinos centroamericanos
demarcaran de forma definitiva su frontera, poniendo así
fin a viejas diputas.
El proyecto debe ser analizado con suma reserva. La
información preliminar es muy difusa, comentó
a Tierramérica Juan Almendares, director del grupo
ecologista Madre Tierra.
Informes preliminares indican que al menos 82 aldeas
serán inundadas y siento que estamos no sólo
prestando nuestro territorio, sino cediendo soberanía
en un proyecto que no se sabe aún a quién beneficiará
más, dijo a Tierramérica Marvin Ponce,
diputado por el izquierdista partido de Unificación
Democrática.
Corresponsal de Inter Press Service
(IPS).
Con aportes de Mario Osava (Brasil), Thelma Mejía (Honduras)
y Jorge Grochembake (Guatemala)
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