30 de abril de 2006

PATRIMONIO
Barro negro
Valioso legado lenca-potón

En Guatajiagua, Morazán, al oriente de El Salvador, una de las últimas comunidades indígenas, de origen lenca, se dedica a la elaboración de ollas, sartenes y comales en barro negro, y así mantienen viva una tradición heredada de sus antepasados.

Thania Urías
Fotos: Jorge Colindres

Hablemos



Doña Leonor Pérez ya pasó los 45 años, sin embargo cuando el fotoperiodista intenta fotografiarla adquiere la imagen de una niña tímida, que se cubre rápido su sonrisa desdentada.

Regordeta y con marcados rasgos indígenas se ríe con facilidad y no tiene reparo en doblarse hacia el suelo y elaborar en menos de cinco minutos un bien redondeado comal de barro negro.

Mientras lo muestra orgullosa, en su rostro moreno y quemado por el sol se destacan unos ojos tan negros como la semilla de nacascol que usa para teñir ese mismo barro que le da de comer.

Sus brazos son anchos y fuertes, al igual que sus manos, ásperas y gruesas, a fuerza de elaborar más de 60 comales por semana para alimentar a sus cuatro hijos.

Tiene marido, es cierto, pero es alcohólico, así que ella sola se las ingenia para sacar a sus hijos adelante.

Reside en Guatajiagua, Morazán, en una de las últimas comunidades indígenas que hay en El Salvador, junto a unas 700 personas más, todas herederas de los lencas potones.

Son gente que sobrevive de la elaboración de ollas, comales y sartenes, un oficio que heredan de una generación a otra.

Doña Leonor, por ejemplo, lo aprendió de su madre, al igual que cientos de mujeres de la zona. Tuvo que elegir entre ir a la escuela o aprender el oficio y sobrevivir.

“Yo quería ser profesora”, dice con cierta nostalgia. Por eso cuando tuvo edad suficiente averiguó que en la escuela de la localidad regalaban los cuadernos y los lápices y le pidió permiso a su madre para asistir, pero ésta se negó.

“Me dijo que aprendiera a hacer loza en lugar de ir a la escuela, que yo no iba a comer del estudio. Si querés ir, andá, pero cuando tengás hambre agarrás un pedazo de papel y te lo comés, me dijo...”, cuenta doña Leonor con tristeza.

Por eso es analfabeta y aunque se siente orgullosa de sus raíces indígenas y de conservar el patrimonio del barro negro también quiere mejorar sus condiciones de vida. Por eso mandó a sus cuatro hijos a la escuela y cuenta con un orgullo como Ángel Antonio, el mayor, ya está en el instituto y sueña con que vaya a la universidad.

Sin embargo, reconoce que le hacen falta recursos, por lo que trabaja de sol a sombra, elaborando las piezas de barro negro que tanto distinguen a Guatajiagua y a los indígenas potones.

Un valioso apoyo ha sido la capacitación de Insaforp.

Más allá de comales y ollas

Cientos de mujeres acompañan a doña Leonor en similares tareas. En esta comunidad, la división del trabajo está perfectamente definida.

Mientras los hombres recogen el barro de las minas de los alrededores, las mujeres son las artífices de las piezas.

Son ellas las que se doblan y permanecen por horas elaborando piezas, que la mayoría de artesanos venden crudas a otros proveedores, porque no les alcanza el dinero para comprar leña y cocerlas.

Ella, como otros de miembros de su comunidad, organizados en la Asociación Comunal Lenca Guatajiagua (Acolgua), la pasan difícil, sobre todo cuando se trata de la comercialización, por eso están buscando otras formas de sustento.

Es así como 60 indígenas de Acolgua se inscribieron gustosos en un programa de capacitación impartido en 2005 por el Instituto Salvadoreño de Formación Profesional (Insaforp) en un esfuerzo por ayudarles a diversificar sus labores y facilitar la venta de las piezas.

“Guatajiagua es una de las comunidades más pobres del país; se incluye dentro de la ‘Red solidaria’ del gobierno y por eso estamos apoyándolos, y buscamos ayudarles a mejorar sus condiciones de vida”, explica el ingeniero Mario Andino, presidente de Insaforp.


La capacitación incluyó técnicas de elaboración de piezas de cerámica con moldes, nuevos diseños y técnicas de quemado.

Según don Salvador Hernández, presidente de Acolgua, la capacitación de Insaforp fue de gran beneficio para ellos, sobre todo porque se ha diversificado la producción. “Los ingresos mejoraron porque a la gente le gusta ese tipo de figuras —más allá de ollas y comales—. Ahora se venden candeleros, arroceras, floreros, y cuando logramos ir a San Salvador nos va muy bien...”, cuenta don Salvador.

Sin embargo, reconoce que uno de los problemas que enfrentan es precisamente la comercialización de los productos y hacia ahí están enfocados proyectos de capacitación siempre por parte de Insaforp.

“Ya dimos un primer paso, con la capacitación de 2005, para darles nuevas opciones de trabajo, pero queremos seguir ayudándolos en el campo de la comercialización. Sabemos que hay mucho por hacer, porque los intermediarios se están llevando la mayor parte del ingreso”, reconoce el ingeniero Andino.

Por ahora quienes logran elaborar piezas diversas tienen que viajar largas distancias para obtener ingresos justos, y casi nadie tiene dinero para pagar ni siquiera un autobús para ir fuera de Guatajiagua.

El sueño de muchos, como don Salvador o doña Leonor, es ya no depender de los “topeteros” o los escasos turistas que llegan a la zona a comprarles, sino, en cambio, convertirse en microempresarios y llevar las piezas de barro negro más allá de las cálidas tierras de Guatajiagua.

 

Salvador, de Acolgua, está orgulloso de sus raíces. Incansable. Así es doña Leonor.

 

Sobre Guatajiagua
Población lenca precolombina. Significa en lengua potón “Valle de cultivo de tabacos”; sin embargo, es reconocida por la elaboración de comales y ollas en barro negro.
Limita al norte con Ciudad Barrios y al sur con Chapeltique (San Miguel) y Yamabal (Morazán).
En 1905 obtuvo el título de villa y en 1928 el título de ciudad.
Sobre los lencas potones
Los indígenas lencas habitan una de las regiones más áridas y pobres de El Salvador. De hecho, Guatajigua está clasificada dentro del mapa del gobierno como uno de los municipios más pobres del país y se incluye en la “Red solidaria”.
Si bien cuenta con servicio de agua, luz y hay una escuela cercana que brinda servicio hasta el bachillerato, los indígenas son tan pobres que muy pocos terminan la primaria porque necesitan ponerse a trabajar para sobrevivir.
¿ Quiere ir ?
El próximo 3 de mayo, la comunidad celebrará una ceremonia dedicada a la llegada del invierno con danzas y ceremonias indígenas. Los habitantes de Acolgua ya están listos para ofrecer toda una variedad de piezas en barro negro.
Para llegar debe recorrer 160 kilómetros desde San Salvador, tomando la carretera Panamericana, llegando al desvío de la ciudad de Moncagua hasta Chapeltique y ahí toma el desvío hacia Guatajiagua.
El acceso en bus es a través de la ruta 326 que debe tomarse en San Miguel.

 

 


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