|
29
de enero de 2006
CUENTO
El pordiosero millonario
Cada
domingo por la mañana pasaba religiosamente frente
a mi casa aquel pobre mendigo harapiento, cargando un viejo
saco remendado en sus hombros, al cual se afianzaba como su
más caro tesoro.
Aprendí a fuerza de oír cada domingo su desgastada
frase: Una limosna, por el amor de Dios, para este pobre
viejo inválido, que tiene a su mujer enferma muriendo
de cáncer, un hijito ciego que le nació sin
corazón, y a sus dos hijas sordomudas. Acepto dinero
y objetos de valor; pero no acepto ropa ni comida.
Tenía la virtud de permanecer de pie, con su larga
y huesuda mano, extendida hacia ti, hasta que depositaras
en ella unas cuantas monedas, las que contaba sigilosamente
y las guardaba rápidamente en sus desvencijados bolsillos.
Ay de ti si no depositabas algo de valor en sus manos; su
sentencia era cruel y perturbadora.
Siempre me inspiró miedo mezclado con lástima
aquel anciano.
Trataba de portarme bien cada domingo, por aquella frase de
mi madre: Si haces algo malo te regalaré al mendigo
para que vayas con él cargando su saco.
Era listo y perspicaz como ninguno. Tenía la pericia
de un banquero para contar las monedas que caían en
su mano.
No te podías atrever a darle corcholatas o monedas
extranjeras, pues tenía las piernas de un atleta para
perseguirte.
Tenía los ojos azules y vivaces, tan inquietos y escudriñadores
como los de un detective.
Así los años pasaron, aquel anciano, con su
andar seguro y desconfiado, pasó a caminar dificultosamente.
El asma estaba haciendo mella en su salud de hierro. Su vista
vagaba perdida buscando un horizonte seguro. Su cabello completamente
cano y ralo avisaba el ocaso de su existencia.
Su voz se volvió sólo un murmullo, un sollozo
triste y melancólico, pero adivinábamos lo que
necesitaba.
Tenía hambre, pero hambre de amor; enfermaba de soledad,
mientras visitaba cientos de hogares.
Creí divisar más de alguna vez que aquel anciano
hubiera dado todo por tener a alguien que lo apoyara, que
lo amara, que le diera ternura y comprensión.
Dormía en los portales, donde le cogiera la noche,
con su viejo saco de almohada, para que nadie se lo quitara.
Un día dejó de pasar aquel anciano por mi hogar;
la gente murmuraba que moría, moría de soledad;
que lo veían en cualquier lado, en los basureros, en
el río, bajo los puentes, recostado sobre su saco de
manta.
Los niños decían que lo veían en lugares
recónditos, como cuevas o cerca del río, contando
celosamente moneda por moneda, su tesoro; pasando su dedo
ensalivado sobre la figura de las monedas, las probaba, las
mordía, para asegurarse de su autenticidad y valor.
Algunas veces, las malas lenguas comentaban que lo veían
rondando la oficina de un abogado conocido, en una ciudad
vecina; pero que el señor licenciado jamás le
concedía audiencia, porque estaba muy ocupado.
Cierto día, el juez del pueblo reconoció el
cadáver del anciano pordiosero. Estaba frío
como el metal, con sus manos aferradas a su viejo saco, su
más caro tesoro.
El médico forense diagnosticó su muerte: Murió
de pulmonía, murió de hambre, murió de
viejo, murió de frío, murió de desamor,
murió de necesidad y de soledad.
Aquel viejo saco de manta, que contenía todo el haber
del pordiosero, nadie quería tocarlo; todo mundo sintió
repulsión, estaba ennegrecido, sucio y maloliente.
Ese pesado saco, señores míos, llegó
a manos del juez, del secretario, del alcalde, de la policía,
de la fiscalía, de la procuraduría y de la gobernación,
pero nadie quiso hacerse cargo de aquella vieja bolsa
de manta.
Aquel bulto sin dueño fue a parar a un rincón
de objetos olvidados de un tribunal superior, donde era visto
con menosprecio, con asco, como algo sin mucho valor.
Cierto día se presentó a ese tribunal un abogado,
de esos muchos que andan por ahí, ofreciéndote
sus servicios; dijo ser el representante legal de dicho anciano
y recogió el viejo y pesado saco.
Todos sintieron alivio al deshacerse de la olvidada bolsa
de tela.
Pronto la oficina del abogado pasó de estar ubicada
en un sitio de mala muerte al mejor local de la ciudad,donde
hoy día se construye un complejo lujoso de apartamentos
y locales para oficinas.
Su casa pequeña ahora es una mansión elegantísima
con piscinas, jardines, gimnasio, etcétera.
Ahora el señor licenciado es dueño de casi la
mitad de la ciudad vecina, terrenos, ganado y buenas cuentas
bancarias.
Sus variados vehículos, último modelo, causan
admiración en las chicas.
Pronto este honorable personaje pasó a
ser candidato a diputado.
¿Les cuento un secreto? ¡Ganó las elecciones!
Y le fue tan bien que actualmente se postula para presidente
de la república donde vivía el anciano pordiosero.
Muchos dicen que aquel saco del anciano le dio suerte.
Otros creen que en ese saco estaban las instrucciones para
tener éxito y que el abogado de mi historia cumplió
al pie de la letra.
Al ver la fotografía del abogado de mi historia, en
uno de los afiches de propaganda electoral, donde extiende
su mano pidiendo mi voto, creo ver los ojillos vivaces del
anciano, su calvicie frontal y su barba; creo ver su mano
huesuda y larga, pidiendo limosna, y pienso que quizá
un día cuando el señor licenciado era muy chico,
ese pobre mendigo fue su representante legal.
|