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29
de enero de 2006
PLÁSTICA
Buscando la luz en atardeceres
En
el manejo de la luz, en el conocimiento de las cualidades
de los colores, en los detalles precisos en cada pincelada
descansa mucha de la sapiencia y de la capacidad plástica
de Ernesto Mártir.
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Buscando
la luz. Las pequeñas ventanas hacen penetrar
la luz en una selva sensual y espesa.
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En los primeros años cuando lo conocí, Ernesto
Mártir era un pintor aparentemente primitivo. Veía
el paisaje, con sus casitas, sus estribaciones, árboles,
arbustos y caminos rurales y lo plasmaba en el lienzo así
como la realidad los mostraba y quizás con un poco
de imaginación.
Su color era crudo y afrontaba serias limitaciones con la
composición
Era natural;
el naive y el primitivismo se caracterizan por el color anárquico,
casi siempre plano y con esa perspectiva tan particular, escalonada,
de niveles superpuestos, dando la impresión de que
el espacio es muy reducido y la sensación de que los
objetos se van a caer, en cualquier momento, del cuadro.
Mártir nació en ese pueblito tan pintoresco
llamado San Miguel Tepezontes. Era lógica su inclinación
y su apego a esta realidad exuberante. Sus primeras obras
tuvieron la influencia de Fausto Pérez, gran colorista
e ingenuo visitante de la corriente primitivista. Con el transcurso
de los años, Ernesto fue investigando y profundizando
en los efectos de la luz y los colores.
Ya sus pinturas, como le ocurrió a Rousseau, no eran
(ni son) producto de la emoción del momento, como sucedía
con los impresionistas. Sus temas son meditados y tratados
con detalle, delicadeza y mayor conocimiento de la profundidad
dada por el trabajo plástico, por la luz y las cualidades
de los colores.
El interés de Ernesto por los efectos de los reflejos
de luz frontal en los farallones y vertical en aguas tranquilas,
así como por el estudio de las cualidades de los
colores, lo tornan realista; pero sin abandonar la corriente
poética. |
El ingenuismo
lo guarda en la alacena de los recuerdos. En la hora presente
en sus cuadros de gran formato (series Buscando la luz
y Atardeceres) presenciamos los verdes infinitos
de miles de hojas cuidadosamente tratadas e individualizadas
dominando la escena completada con toques magistrales de entradas
y salidas de luz.
Ramas y lianas semejando brazos y manos en la espesura de
la selva; troncos de árboles trabajados hasta el último
detalle; pequeños helechos captando la mirada del espectador,
como si esa realidad tan imaginada fuera más increíble
que esos atardeceres tan particulares de la botánica
salvadoreña.
En sus junglas maravillosas hay lujuria, sensualidad, fuerza
y ese silencio tan especial únicamente interrumpido
por las voces propias de estos ambientes, nichos sagrados
de tantas especies de la flora y la fauna. Ese grito apagado
de las pequeñas plantas buscando la luz solar, las
ramas nudosas, las pequeñas ventanas de luz, las columnas
urbanas en la selva son tratados por este artista con un fuerte
significado plástico y con un sentido de la proporcionalidad
tan a semejanza del pintor nicaragüense Armando Morales.
Sin embargo, tiene su particular modo de sentir a las pinturas
de paisaje. Alguna vez el gran pintor inglés John Constable,
escribió: El pintor de paisaje tiene que ir con
mente humilde por los campos. Ningún arrogante tuvo
jamás la capacidad de ver la naturaleza en toda su
belleza. Yo nunca he visto ninguna cosa fea en mi vida, porque
cualquiera que sea la forma de un objeto, la luz, la sombra
y la perspectiva lo transforman siempre en una cosa hermosa.
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Atardecer,
acrílico sobre tela.
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Mártir
también ve a la naturaleza con emoción, la retrata
y con su imaginación va incorporando elementos y recursos
más botánicos para llevarla a un estado de lujuria
donde los colores, sobre todo verdes, sienas, grises y pálidos
amarillos forman una sinfonía capaz de hacernos penetrar
en la profundidad de la jungla maravillosa para asistir al
concierto de las especies, al conjuro de una apoteosis sugerida
más que dada por el trazo magistral y la delicadeza
de los tonos, el ingreso de la luz y la perfecta composición
de líneas y perpendiculares acentuadas en el musgo
delicado de árboles, ramas y lianas.
Balance y composición
Las pequeñas entradas de luz en junglas de gran formato
obedecen esencialmente a un principio de balance y composición.
En efecto, el arte domina los efectos de la luz, de
sombra y de perspectiva.
Y en esta nueva etapa son el color, la luz y la penumbra los
elementos que dan forma a la pintura de Mártir. Como
dicho está, no hace retratos de arbustos, caídas
de agua, árboles y de cielos azules con nubes blancas,
sino que con talento y fuerte imaginación crea su propia
luz, profundidad y penumbras.
Esa densidad y lucha en la espesura del bosque tan sutilmente
alcanzada por el pintor cubano Tomás Sánchez.
Con todo, este artista quizás está más
cerca de Armando Morales, por esa costumbre de
hacer distinguir la forma en que una superficie clara se destaca
sobre otra oscura, creando en su contorno un halo que descompone
la luz en los colores del espectro.
De esta forma de un lado quedan los cálidos, el insinuante
rojo, el naranja (más rosado) y el amarillo; del otro
el azul, el verde y el café. Mártir capta esta
luz despejando los espacios en la espesura, dejando
ventanas blancas de luz para crear una ilusión en la
propia naturaleza y desde luego para despertar en el espectador
emociones y ansiedades hasta el grado de querer aprisionar
desde los pequeños helechos y arbustos hasta los troncos
con el musgo de la esperanza.
El color es ahora la pasión de Mártir. También
el ingreso gradual, comedido de la luz. Pues él, al
igual que los grandes paisajistas (Rousseau, Corot, Constable,
Manet, Monet, etc.) busca hallar en su fantasía creadora
la coincidencia entre la forma y el contenido (véase
sus series Atardeceres y Buscando la luz).
Si su pasión es el color, la luz es el elemento complementario.
Él por sus estudios académicos conoce las leyes
y los propios dogmas de la pintura y el arte en general. Su
visión es amplia y ha sabido combinar (la libertad
del artista) lo aprendido en la Academia con sus particulares
maneras de ver y sentir la naturaleza o la botánica
de la vida, para utilizar un término propio.
En sus primeros años pintaba por la urgencia económica
y atenido a reglas muy generales. Muy poco le preocupaba la
anarquía del color o los espacios vacíos por
el desbalance de los elementos.
En síntesis, no se preocupaba por definir la representación
de las cosas naturales tales como eran. Ya en su madurez pictórica
(cronológicamente no llega a los 30 años) toma
posesión del escenario y lo recrea de modo pictórico;
lo imagina y lo reproduce según la perspectiva lógica
del artista conocedor de los principios, entre ellos la teoría
del color, la composición, la luz y el espacio. Ahora
cada uno de sus paisajes está lleno de motivos, de
luz y sombras; pero sobre todo la luz, en cuanto fenómeno
físico capaz de coordinar y unificar todos los elementos
del estilo.
Toque mágico en la pintura
El color es fundamental en el paisaje, en la figura humana,
en el abstracto o en el bodegón; pero la luz
revela u oculta, da vida o la substrae, parece retirarse,
según el estado de ánimo del artista, conmovido,
impresionado, alegre o triste. Mártir busca atraer
la atención del espectador por el toque mágico
dado a su trabajo plástico, donde el efecto de la luz
es primordial, sobre todo cuando en la tupida jungla prevalecen
los tonos oscuros.
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Ernesto
Mártir pintando paisajes en su estudio.
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Es una
interpretación física, como fenómeno
de la luz. Los detalles son apenas escalones y recursos en
esta suerte de creación poética, donde el infinito
forma parte de ese universo de colores, espacios reducidos
y luz blanca sobre fondos azules.
A pesar de no pintar al aire libre y sujetarse a las leyes
académicas, pero con mucha independencia, Ernesto nos
recuerda a los pintores románticos ingleses: la majestad
del mundo natural reemplazó al drama y entonces surgió
un estilo diferente de pintura: el romanticismo de la naturaleza.
Constable fue por ello el poeta del color; de la imaginación,
de la metáfora y la ilusión: pintaba lo que
veía; pero buscaba lo que quería ver.
Captaba un instante y lo eternizaba. Conocía la forma
como el viento, la luz solar y el movimiento de las nubes
influían en los árboles, las tranquilas aguas
y los amplios espacios y objetos cotidianos de la campiña
inglesa. Ernesto pinta en formato grande; pero en la jungla
no hay demasiados espacios y todo el ambiente es ocupado por
los seres de la fauna y la flora en sus nichos naturales..
Los colores verdes privan en sus creaciones y apenas observamos
en las profundidades de sus lujuriosas selvas los amarillos
pálidos; colores siena en la penumbra y una luz preciosa
irrumpiendo en la plena creación. En estas composiciones
(Atardeceres) los reflejos verdosos de la arboleda
en el agua concuerdan libremente con los reflejos oscuros
de la tierra, las rocas y la arcilla.
Las pocas y equilibradas entradas de luz apenas si anuncian
la borrasca, como para justificar los contrastes de luz y
sombra sobre los cascajos; pero tornan majestuosos a los árboles
cubiertos de musgo y semejando columnas de iglesias góticas,
romanas o bizantinas como dicho está. En el paisaje
de este artista no hay lugar para la incertidumbre, pues la
emoción es permanente por esa energía muy dentro
de su ser y transmitida a calco a sus variadas creaciones
cromáticas.
El paisaje tan vívido, sensorial y romántico
lo resuelve con maestría, con esa soltura de los artistas
tocados por los dioses del fuego, de la luz y el color. Lo
apreciamos en sus últimas series: los verdes de los
árboles son bajos, lo mismo los arbustos y la hierba;
pero los tonos de hojas grandes son altos; en tanto las pequeñas
de las ramas reciben la luz frontal y por eso los brillos
son mayores.
Las aguas son cristalinas, celestes, entre los grises-verdes
del terreno, en ese marco tan lujuriante en los atardeceres
de las selvas tropicales. Su apelación a otros colores
que no sean los variados verdes es a veces mínimo;
pero cuando acude a los grises acero de los farallones y a
los pálidos azules (celestes) del cielo, vemos en toda
su intensidad al pintor en franca lucha con la luz y el color.
Su misterioso paisaje Sobre las rocas lo expresa
con suficiente claridad.
El dominio alcanzado en el paisaje es absoluto. Los medios
tonos y matices entran en refrescante contraste con la luz
y la sombra, pero con una delicadeza y belleza tal asemejando
a esos atardeceres especiales en la campiña. Si el
detalle es cuidadoso, no lo es menos el trabajo plástico
para alcanzar balance en la profundidad y en los primeros
planos, algo no eludido a pesar de los tonos de luz utilizados
en la mayoría de sus formatos grandes.
Interpreta esa realidad exuberante y le otorga el justo valor
para preservar la botánica de la vida de los depredadores
y de los vendedores de ilusiones.
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