28 de mayo de 2006

CUENTO
El tuerto

De 80 años, este “doctor de juguetes” dice que seguirá trabajando “mientras tenga contrato con el de allí arriba”.

Mario Martínez
Hablemos


Pues, es que yo nací tuerto. Bueno, no. Lo que ocurrió es que de niño perdí el ojo, chiquito, digo yo.

Es que no me acuerdo, por eso digo siempre que así nací. Por ello es que miraba como gallina el papel en la escuela, de lado, casi arañándolo con las pestañas. ¡Qué lindas que son!, pero lástima que tengás sólo un par, me decía la maestra.

Y en verdad era bonito mi ojo. Todos esos indios que eran mis compañeros los tenían negros como pacunes y las pestañas rectas como de cuches.

El mío era color almendra y los pelitos crespados y largos. No me importaba mirar así el papel, de todas maneras admiraban mi ojo.

Claro que tener un solo ojo te da problemas, no podía adivinar a qué distancia estaba la pelota cuando venía a mí. Le pegaba al aire y la bola pasaba bajo el pie levantado.

No podía agacharme para verla como gallina, de lado, de todas maneras se me escaparía, por lo tanto no reclamé cuando me echaron del equipo escolar: bien merecido lo tenía por ser tuerto.

Estábamos el choco, el cuatro ojos y yo. El choco pegaba la nariz al papel cuando escribía, el cuatro ojos... también, y yo, de lado, como gallina. Me imaginaba aquella pose elegante: de lado, como despreciando lo que decía el papel. Bueno, no muy de lado, sólo un tantito, pero de todas maneras parecía gallina, pero una gallina con pestañas largas, crespas, y elegante.

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Mi mamá me contaba cómo perdí el otro: que cayó una bomba durante la guerra y ¡chaz! se me metió una esquirla. No se vació, sino que quedó sin brillo y fijo. Ella llora siempre que rememora, pero a mí qué, ni me acuerdo, aunque de vez en cuando pienso cómo sería llorar por ese ojo.

¡Ah, porque el sano sí que es chillón! De la nada los lagrimones, pero el otro es frío e insensible. ¡Qué feo ojo!, lástima que no se te haya salido por completo, me decía la maestra.

Y todos odiaban a mi ojo choco, porque todos esos indios que eran mis compañeros los tenían buenos, aunque fueran negros como pacunes y con pestañas rectas como de cuches. Éste, aunque no miraba, siempre estaba arriba, en tanto el sano arañaba el papel con las pestañas. Yo me lo imaginaba que se burlaba de los demás y pienso que se sentía orgulloso ser tan feo.

Y es que luego crecí, y me comenzó a dar vergüenza mi ojo choco, eso porque la gente no admiraba más al sano y siempre se fijaban en el feo. De nada servía mirar como gallina o mover las pestañitas así de rápido. No llamaba más la atención de la gente sino el ojo feo. Y éste ni siquiera se daba por enterado de que lo estaban mirando.

Es que es bien orgulloso. Así que me cansé del feo y que la gente lo viera con cara de ¡huácala!, como la maestra y lo tapé: ¡zaz, ya no estás! Pero vea, qué ojo más necio, la gente lo seguía mirando, el sano pestañaba así de rápido, pero nadie lo miraba sino al parche negro a la par.

Bueno, no miraban al feo, sino al parche, pero de todas formas el sano se enojaba porque se cansaba de hacerle así de rápido para nada. Me fijé entonces que la gente no ve lo bueno, sino lo feo en los demás. Si tenés nariz de perico, pues eso ven. Orejas de Dumbo, pues eso ven. Dientes cholcos, pues eso ven. Fue así que mi ojo sano dejó de pestañar así de rápido y optó por ser feo, para que lo vieran. Pero ahora no sé cómo hacer feo al bonito.

¡Que un puyón! ¡Que eso duele!
¿Pues cómo fue que el feo se hizo feo?
Pues tiene razón. Lo que pasa es que de eso no me acuerdo, por eso digo que nací tuerto.

 

 


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