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28
de mayo de 2006
CURIOSIDADES
Doctor de muñecas de Manhattan
De
80 años, este doctor de juguetes dice que
seguirá trabajando mientras tenga contrato con
el de allí arriba.
No importa
si son osos de peluche con un agujero en la barriga, muñecas
sin ojos o relojes a cuerda que ya no emiten sonido.
En el Doll Hospital de Nueva York hasta ahora todos recibieron
la ayuda que necesitaban. Desde 1946, Irving Chais limpia,
esmerila y atornilla a los enfermos, que llegan a Manhattan
desde todos los rincones del mundo.
Brazos y piernas, manos y pies cuelgan del techo y numerosas
cabezas y cuerpos de muñecas se alinean ordenadas por
tamaño en las estanterías.
En cientos de cajones y cajas de cartón hay zapatitos,
ojos, cabellos y herramientas.
Chais está sentado en medio del caos en el que sólo
él se sabe mover cuando suena el timbre sobre la puerta
de entrada.
Aquí no sólo soy un doctor. Además
tengo que ser sicólogo, dice Chais, aun cuando
su puesto de trabajo con herramientas como pinzas y serruchos
no lo da a entender. Sus clientes son personas acomodadas,
que pueden comprarse sin problemas una muñeca nueva,
un reloj cucú mejor o un oso de peluche importado de
Europa. Para muchos su muñeca es algo así
como un sustituto de un hijo. No la tiran a la basura si está
un poco rota.
A veces además se trata de piezas únicas que
no se pueden comprar en ninguna parte. Chais no puede cambiarles
nada. Sólo puede mejorarlas con ayuda de un eliminador
de óxido,
pegamento y pintura. Todos los detalles deben encajar.
Con mucho cuidado limpia bajo la luz de neón los pequeños
cuerpos de las muñecas, pega las fracturas, esmerila
los restos de pegamento y finalmente pinta las cabezas. Así
las hace revivir. El doctor nació hace casi 80 años
en Brooklyn, pero sus manos siguen trabajando con precisión.
Soy algo así como un cirujano, dice. Sólo
le falta la bata, pero con la camisa a cuadros y el pantalón
de color caqui parece varios años más joven.
Su cabello está blanco, pero es abundante como el de
la muñeca de Shirley Temple que está a sus espaldas.
Casi todos los días acude al gimnasio. Pero lo que
lo mantiene en forma es sobre todo el trato con sus clientes.
Las personas son muy importantes para él, afirma.
Pacientes extranjeros
El pequeño cartel en la diminuta casa de ladrillos
en Lexington Avenue 787 apenas se divisa. Antes este hospital,
que consiste en sólo dos habitaciones, tenía
el tamaño suficiente para recibir todos los encargos
que le llegaban, pero en algún momento los pocos metros
cuadrados se hicieron demasiado escasos. Sólo un estrecho
pasillo queda hoy entre las montañas de muñecas
y animales de peluche, que lleva a las vitrinas con los valiosos
ejemplares únicos.
Ahora sólo hago una pequeña parte de los
trabajos aquí, dice Chais. Hace 20 años
creó en New Jersey un segundo hospital. Allí
las muñecas se limpian, reciben vestimenta nueva y
se les añade cabello.
Los pacientes llegan a la sala de espera de Lexington Avenue
en cajas de madera o de cartón. Y no sólo de
Estados Unidos, sino de todo el mundo.
No necesito una computadora. La contabilidad la llevo
como en su momento mi padre, dice Chais. El abuelo de
Chais comenzó con un salón de belleza. Por unos
pocos centavos, las señoras acomodadas se hacían
rizos. Eso llevaba mucho tiempo. Por eso traían
a sus hijos, dice Chais. Los pequeños, a su vez,
traían a sus muñecas.
Muñecas de porcelana con brazos y piernas rotos, vestidos
estropeados. Así nació la idea de repararlas
y con el tiempo el salón de belleza se transformó
en un hospital de muñecas. Eso fue en torno a 1900.
Mi abuelo ganaba claramente más dinero. Así
se convirtió en doctor de muñecas.
De generación en generación
Con los
años, las habitaciones del hospital se transformaron,
pero el trabajo siguió siendo el mismo. El abuelo transfirió
el negocio a su hijo. Y éste en 1946 a Chais, que acababa
de llegar de la guerra en Alemania.
En realidad, quería ser abogado. Pero mi padre
enfermó. Mis hermanas murieron demasiado pronto. No
tenía elección.
Hoy no puede imaginarse otro trabajo. Hay que trabajar
como un buen dentista, dice. Hay que reconocer
los problemas y solucionarlos con cuidado. Nada parece
haber cambiado en los 60 años que pasaron desde que
asumió el hospital de muñecas de manos de su
padre.
Hasta
ahora, Chais pudo ayudar a todos los que ingresaron. Nunca
perdí a un paciente, se ríe. Su lema es:
Lo que fue hecho por un ser humano puede ser reparado
por un ser humano. Cada muñeca, cada juguete
le fue devuelto a su propietario en perfectas condiciones.
Eso sí. Las operaciones no son baratas. Un ojo nuevo
vale sólo unos pocos dólares, pero un cuidado
intensivo, con limpieza, reparación y vestimenta nueva
puede salir más de mil dólares. Pero los clientes
pagan.
Tengo una modista propia que cose sólo piezas
únicas, y muchas veces debe buscar las telas apropiadas.
Aquí todo es original. La calidad tiene su precio,
y Chais no tiene competencia. Casi nadie en Estados Unidos
sabe hoy cómo se restauran determinadas muñecas
antiguas.
Según los daños, los pacientes pueden ser tratados
de forma ambulatoria o deben permanecer varios meses. Los
clientes no sólo pagan, también saben esperar.
Dustin Hoffman es uno de ellos. También Bruce Springsteen
trajo su viejo oso de pelucho para reparar.
Pero Chais no se deja impresionar por los nombres famosos,
aunque sí por sus pequeños pacientes. Tiene
predilección por las muñecas antiguas, sobre
todo por ejemplares raros de Europa o Asia del siglo XIX.
Una joven entra en el hospital. Estoy sólo unos
pocos días en Nueva York y mi muñeca necesita
un tratamiento. Vino desde Tennessee y tiene 28 años,
los mismos que la muñeca. Tráigala mañana
y veo qué se puede hacer, dice Chais.
Mañana es sábado, pero eso no es un problema.
El doctor sólo descansa los domingos, porque no le
gusta dejar a sus pacientes solos mucho tiempo. Salvo que
se vaya de viaje o a la ópera, pasatiempos que nunca
dejaría por sus pacientes.
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| Hospital
de muñecas en Manhattan. |
Los próximos
enfermos entran por la puerta en gigantescas bolsas transparentes.
Son dos muñecas de tela, de más de un metro
de altura, ataviadas con jerseys a cuadros rojos y blancos
con pantalones azules y los cabellos rojos, que necesitan
una revisión general.
Chais analiza la situación. Limpieza, vestimenta,
quizá algún retoque... Es un montón de
trabajo: Yo diría que 1,400 dólares por ambas.
La clienta se asusta. Eso es muchas veces el precio original.
Oh, no contaba con tanto. Vuelve a guardar las
muñecas y se dirige a la puerta. Lo siento. Vuelva
cuando haya ganado la lotería. Chais no tiene
necesidad de negociar.
¿Y qué pasará el día que sea demasiado
mayor para el trabajo? Tengo algunos buenos colaboradores
en New Jersey, dice.
Son muy difíciles de conseguir. Hay muchas personas
que se postulan para el trabajo, pero muy pocas reúnen
las condiciones. Saben reparar, pero no tratar a los
clientes.
De 50 candidatos, dice, quizá queda uno. Eso hace complicada
la tarea de encontrar un sucesor. Una de sus dos hijas le
ayuda a veces, pero no tiene un hijo que pueda seguir la tradición
familiar. Por lo tanto, Chais sigue trabajando. Mientras
tenga contrato con el de allí arriba.
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