25 de junio de 2006

PLASTICA
El simbolismo de las muñecas

Devota de lo espiritual, pero también romántica por convicción y estilo, seguidora de lo natural y de las cosas comunes de la vida cotidiana. Así es la pintora Conchita Kuny Mena.

Enrique S. Castro
Hablemos


El simbolismo de Conchita Kuny Mena se expresó inicialmente en las muñecas, graciosamente vestidas, otras tanto levitando y con una expresión de bondad y amor como sólo puede encontrarse en los niños, en cualquier lugar y sin distinción de raza. Ese fue el paso natural hacia el figurativo y los seres humanos.


Mucho antes, en sus años infantiles, mientras cursaba la primaria, y posteriormente la secundaria en un colegio de monjas, había dibujado manos y rostros, una suerte de acometer la rigurosidad de la línea, los cuadrados y la circunferencia como preparándose para los grandes retos del futuro.

El ojo visionario de su madre pronto comprendió que el futuro de su hija estaba en las artes plásticas, sobre todo la pintura.

Y ese simbolismo no sólo se manifestó en las muñecas, sino en bolsas de papel, cajitas de cartón y muchos recursos más como para demostrar que hasta los desechos, lo cotidiano, son útiles para un artista y, sobre todo, para los seres humanos tocados con un mínimo de espiritualidad y sensibilidad.

Ello, desde luego, requiere imaginación, tal como lo demostraron los profetas y simbolistas del nabis.

Esos elementos son ahora, 30 años después, recurrentes en los distintos estilos de su pintura fuerte en colorido y detalles, donde la fantasía derivada de humanismo y espiritualidad se presenta con energía.

Con el transcurrir de los años, esta artista surgida de la academia del maestro Valero Lecha (1966-1968) llevaría su estilo hacia una especie de intimismo por su no oculto interés hacia los temas cotidianos y domésticos.

En la actualidad, la pintura de Conchita toca las escuelas clásicas y hasta el estilo neoclásico a pesar de cierto apego a la escuela romántica, por las sensaciones, las emociones y hasta lo pasional. Ya lo hemos dicho con anterioridad al incursionar en esta escuela surgida de la Revolución francesa: el sentimiento sustituyó a la lógica y el individualismo al método.

Con toda razón esta fue la época de grandes artistas en todas las ramas (Beethoven, Goethe, Chateaubriand, Ingres, Delacroix, etc.), quienes crearon una orgía de influencias mutuas entre la palabra, el sonido y el color.

Un modesto aguacate se convierte en un medio adecuado para expresar lo sublime.

El Romanticismo procedió en la pintura “de la misma manera que Beethoven lo hizo en la música”. Utilizó por igual tonos sombríos y colores brillantes, multitudes abigarradas y solitarios personajes, la escena histórica y el harén oriental.

Conchita ha transitado por caminos diferentes de esta escuela, la sensualidad de sus retratos, frutas y telas es apenas perceptible, quizás más cerca de Ingres y tan alejada del dramatismo y violencia de Delacroix.

Las frutas de la pintora


Conchita es pintora de muchas cualidades: a sus atributos personales (humildad, sencillez, sinceridad, esposa, madre y amiga) une ética y profesionalismo en el arte. Su coherencia y un estado de vida lo manifiesta en ambos campos. Cuando incursionó en el simbolismo marcó una relación objetiva con el figurativo y sus derivaciones.

Y es porque en una sola obra de arte lo que importa son las relaciones entre las imágenes; por eso su puesta en escena de diversos estilos es perfectamente objetiva, no respecto de hechos o acontecimientos de la naturaleza, sino del arte.

Su obra es perfecta, y a pesar de los relativos tránsitos, no se puede ubicar en estancos particulares; si hay coherencia y objetividad es un universo en sí misma, pertenece a lo universal, con ese rasgo de solemnidad de las cosas asombrándonos por siempre.

En este punto debo referirme al significado dado por esta artista a la naturaleza muerta, de manera muy particular al fruto tan popular e importante en la dieta alimenticia de los salvadoreños: el aguacate. Representar cosas inanimadas como las muñecas, de un simbolismo trascendente, y las frutas, no tendría mayor significado si fuera el simple bodegón; pero no.

Pintora Conchita Kuny Mena.

Esta pintura las envuelve en una atmósfera tan diferente y especial, debido a los colores utilizados, a los motivos y a la composición. Cuando se contemplan cuadros como “Blasón de un criollo” o “Sobre el gran cu” (túmulo piramidal destinado al culto), entonces se comprende por qué en momentos estelares de las artes plásticas, la naturaleza muerta llegó a constituir un nuevo género en la pintura.

Los aguacates de morado profundo o verde intenso de Conchita, más allá del simbolismo señalado, expresan un estado de ánimo y reivindican un tema menospreciado para elevarlo a la categoría de valor ideal. De tal suerte que esta pintora halla en el aguacate o las mismas berenjenas un tema preferido por ser el más sencillo y porque no le distrae de la “búsqueda de líneas”, formas y colores que hablan de su estado de ánimo, como dicho está.

En síntesis, en las naturalezas muertas, más que en cualquier otro género de pintura, queda de manifiesto el desapego artístico por las cosas representadas.
Por esto y muchas cosas más, el artista debe gozar de entera libertad para plasmar sus creaciones.

En el Renacimiento y mucho antes del siglo XV los grandes artistas pintaban motivos religiosos, no por falta de inspiración, lo hacían por necesidad económica, quizás por interés espiritual, y por el gran poder disuasivo de la iglesia; lo mismo cuando trabajaban para los reyes y emperadores.

Pero en el presente, cuando el realismo ha superado muchas barreras, y nuevas tecnologías “nos pintan el mundo”, la pintura moderna ha cobrado tanta energía, que un modesto aguacate o una irresistible manzana se convierten en medios adecuados para expresar lo sublime.

En el arte y en el amor todo es posible. Me explico: es posible solamente si el creador considera el aguacate o la manzana como pretexto para realizar líneas, formas, colores, y se abstiene de representar tales frutos de un modo realista.

Es lo mismo para el figurativo, si reproduce todo el cuerpo humano con exactitud material, deja de ser artista y se convierte en un simple fotógrafo. Y como hay cuestiones artísticas y naturales en el uso o no del color, entonces la fotografía de un aguacate o de una manzana es menos interesante que la fotografía de un niño.

La transformación de los frutos en el trabajo pictórico de Conchita va más allá del simple retrato o de lo sublime. Es la puesta en escena de muchos atributos: el simbolismo a la cabeza; pero también en la exquisitez del color, la luz frontal y lateral, las sombras y el volumen.

El aguacate, por ejemplo, en el cuadro “Sobre el gran cu” es pequeño; pero sobresale por el gran contraste con el fondo de cielo borrascoso y por situarse en la cima de la pirámide vestida con pliegues dorados.

En éste, como en otros lienzos de gran formato, el objeto central tiene vida propia, no sólo independiente de la naturaleza, sino también de la intepretación de los espectadores. El encanto y la atención también son captados por el efecto de los colores utilizados —tres, más sus alquimias— revelando energía emocional.

La perfección en este tipo de pintura moderna lo ha logrado por su disciplina, entrega, conciencia moral y amor a las artes plásticas. Su valoración descansa en una fuerte dosis de espiritualidad, en su paz interior y en más de 30 años de dedicarse a esta rama del arte.

Sólo así podía descubrir la belleza y el simbolismo de las muñecas, ser vidente ante la humildad del aguacate y encontrar el verdadero sentido de frutos y cosas aparentemente comunes.

El colorido no es mucho; pero ello obedece a la fuerza del tema central. Lo mismo ocurre con los efectos de luz y sombra, reducido a una suerte de emoción. La forma está dada por los pliegues dorados de la vestimenta, es sencillamente el contorno; pero todo comporta una perfecta unidad de forma, color, luz y sombra.

Como los grandes del Renacimiento, Conchita es rigurosa en la selección del tema y las formas. Lo apreciamos en pinturas tan antiguas como las manos, los retratos y hasta los pocos desnudos; es más evidente y fuerte en acometer el trabajo de las muñecas y el simbolismo de la naturaleza muerta.

Ella es devota de lo espiritual; pero también romántica por convicción y estilo, seguidora de lo natural y de las cosas comunes de la vida cotidiana, como los frutos, las bolsas de papel, las cajitas de cartón, las telas, etc.

Los pocos colores empleados se deben a los temas tratados, pero en el fondo revelan el estado de ánimo de esta artista. Sus figuras y objetos guardan un reposo absoluto, debido a la composición y al impacto producido por esos colores tan especiales y por las sombras, los tonos y los efectos de luz.

En síntesis, Conchita ha encontrado belleza moral en sus creaciones, no sólo en esta su penúltima etapa, antes de acometer con fuerza aspectos religiosos, sino cuando comenzó con rostros, manos y muñecas. Ya en su plena madurez, no significa eso un giro al espíritu religioso, ella siempre ha permanecido en este campo, sin conspirar contra problemas sociales.

 


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