25 de junio de 2005

SEMBLANZA
Brochazos femeninos

Mónica Doris Marcela Cuevas, de 29 años, trabaja como pintora de brocha gorda en la empresa Pinpesa. Un oficio que era exclusivo de hombres y en el que ahora incursiona ella, demostrando que tiene la habilidad y la fortaleza para esa dura labor.

Orsy Campos
Fotos: Álvaro López y Sandro Stivella

Hablemos El Diario de Hoy

“La creatividad no tiene nada que ver con tener mucho dinero. Claro que el dinero ayuda, pero no es la misma cosa”.

Sus manos, que en un tiempo eran delicadas, ahora tienen callos. Sus uñas no tienen esmalte alguno, pero sus dedos están maquillados con un gris oscuro; son trazos gruesos o gotas que manchan su piel, se secan y la dejan marchita, mientras Mónica Doris Marcela Cuevas sigue su afanosa tarea de pintar, pintar y pintar.

No obstante, Mónica dice sentirse satisfecha con el trabajo que realiza: descascarar la pintura seca de las paredes con una espátula, lijar madera o hierro, hacer mezclas de colores, aplicar la pintura con técnica, porque no sólo es de pasar la brocha húmeda; debe tener el cuidado de que las tonalidades queden uniformes.

“A mí me gusta hacer cortes con las pinturas; siento que me relaja. Se tarda uno más haciendo cortes que pintar seis u ocho metros de pared”, menciona la pintora.

Los cortes es cuando la parte baja de una pared es pintada de un color y la mitad de arriba es de otro matiz.

Pero lo que a Mónica no le gusta es armar y desarmar andamios, esas estructuras de hierro que les permiten alcanzar las partes más altas de las edificaciones, y con lo que logran pintar los sitios más difíciles.

El día de la entrevista encontramos a Mónica subida en un andamio, maquillando la Casa Dueñas, conocida actualmente como Casa de las Academias, porque aquí estan las academias de la Lengua y de la Historia.

Mónica es una mujer de brazos fuertes, cuerpo robusto, piel morena, requemada por el trabajo que realiza bajo el sol. Aunque es amable, le gusta guardar la distancia en el trato. Su femineidad la esconde en la ropa holgada de trabajo: camiseta floja, pantalón de mezclilla, zapatos deportivos y una gorra donde recoge su pelo negro enrollado.

A la ahora de trabajar, si no fuera por los discretos aritos de oro, sus cejas depiladas y su sonrisa agradable de mujer se confundiría junto con los demás trabajadores que la rodean.

Entre jugar y trabajar


Mónica Cuevas es hija de una profesora jubilada. Había estudiado por un año administración de empresas en una universidad privada, pero la situación económica no le permitió seguir. Además de mantener a su hija de nueve años, ella tiene que ayudar en el sostenimiento de su hermano menor, quien tiene 16 años.

Antes de la Navidad de 2005, Mónica había dejado de trabajar en una cafetería, cuando junto con otras dos amigas tomó la decisión de pintar sus casas, cada una ayudaba a las otras en sus respectivas viviendas. “Era para ahorrar dinero y lo tomamos hasta como diversión”, menciona.

Una vecina al ver el trabajo que hacían en sus residencias le ofreció 50 dólares para que le pintaran su casa. Así Mónica junto con sus amistades pintaron la vivienda completamente en un día.

Una señora, a la que identifica sólo como licenciada Araujo, vio la labor de pintura que hicieron y les recomendó que fueran a solicitar trabajo a Pinpesa, una compañía de servicios de pintura, encielado y de acabados de construcción.

“Fuimos a finales de marzo, llevamos los currículos y el dueño de la compañía no nos vio talle; él nos veía para ventas, para abrir el área de comercialización, aunque nosotras íbamos dispuestas a cualquier trabajo”, señala la pintora.

De las tres sólo llamaron a Mónica, y ellas les dijo: “Bichas, yo no voy sin ustedes porque no es lo mismo...”. Con ellas trabajan riéndose, jugando; en cambio sólo con hombres es otra relación. “Es más de distancia porque uno tiene de darse a respetar con ellos”, menciona Mónica.

En la empresa le preguntaron en qué podría trabajar, ella contestó con seguridad: desde comercialización hasta pintar; “porque ya me sentía capaz de pintar”, asegura. Al final la contrataron para pintar en los proyectos de la compañía.

Al principio, su madre se oponía, no quería porque “el empleo en construcciones es trabajo de hombres”, le había dicho. No obstante, cuando Mónica recibió su primera semana de pago (60 dólares), su madre le dijo que estaba bien, que siguiera trabajando.

Su horario de trabajo es de siete de la mañana hasta las cinco o seis de la tarde, de lunes a viernes; los sábados labora hasta el mediodía.

Mónica asegura que le agrada su trabajo, se lleva bien con los compañeros y afirma que ha aprendido muchos secretos del buen pintor, como macillar, maquillar paredes viejas y deterioradas, echar impermeabilizador, hacer brochazos encontrados, entre otras actividades.

Su trabajo es tan aceptable que incluso su jefe inmediato, Marcos Merino Dubón, dice que “su rendimiento es excelente. Yo creo que hasta se desempeña mejor que un hombre, porque ella en ningún momento para su trabajo, cumple los horarios, y hemos quedado convencidos de que está capacitada para ejercer su trabajo... Yyo creo que sí puedo recibir otras mujeres, siempre y cuando sean trabajadoras como ellas”, asegura.

Su hija ahora hasta dice con orgullo en la escuela que el trabajo de su mamá es el de pintar casas, incluso la ha ido a ver cómo trabaja, dice la pintora.

“Me siento satisfecha de mi trabajo..., pero espero seguir estudiando algún día”, afirma Mónica, quien ya dio su granito de arena para mejorar esa Casa Dueñas que fuera construida entre 1919 y 1920, y que fuera declarada bien cultural en 1992. Su próximo trabajo, nos cuenta ella con emoción, será pintar el Palacio Nacional, otra joya arquitectónica que llevará brochazos con toque de mujer.

Mujeres de trabajo

La Dirección General de Estadísticas y Censos (Digestyc), en la Encuesta de Hogares de Propósitos Múltiples del año 2004, refleja que la población económicamente activa (PEA) es de 2,710,237 personas, de las cuales el 39.6 por ciento está integrado por mujeres, o sea que de cada 100 personas que trabajan 39 son mujeres.

Trabajos tradicionales de hombres en los que han incursionado las mujeres: mecánica automotriz, carpintería, motoristas de transporte público y taxis, electricistas, albañilería, entre otros.

La III Convención de la Organización Mundial del Trabajo (OIT) de 1958 menciona que a la discriminación como “toda exclusión o preferencia que tenga por efecto destruir o alterar la igualdad de oportunidades o de trato en materia de empleo o profesión”.



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