25
de junio de
2005
ACTUALIDAD
Abriendo caminos en Brandon
Creciendo
como nueva comunidad inmigrante, alejados de su país
y de sus familias, exitosos en una fábrica de cárnicos,
acoplándose a un estilo de vida diferente: ellos
son los salvadoreños en Brandon, Canadá.
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Son más de quinientos ya. Y son más que los
simples trabajadores de Maple Leaf, una planta de cárnicos
establecida en Brandon, una pequena urbe, de imperante calma
y casas blancas, a 225 kilómetros de Winnipeg, Manitoba,
Canadá.
Ellos están rehaciendo su vida allí, adonde
han llegado con visas de trabajo temporales, desde finales
de 2002, como parte de un programa gestionado por la embajada
de El Salvador en Canadá.
Y a la fecha el número ha crecido, nueve grupos en
total, confundidos como hormigas entre los empleados de Maple
Leaf, provenientes de Perú, Filipinas, China, África
y otros países. Cada quien moviendo su pedacito
de carne, relata el salvadoreño William Cruz.
Allí en el área de matanza, cortes especiales,
deshuese, almacén, empaque..., ahora ya casi no queda
un departamento donde no haya uno de ellos. Por eso la información
de las carteleras de la empresa también se pone en
español.
Les hacen pupusas en la cafetería, y en septiembre
pasado la bandera salvadoreña permaneció elevada,
para responder al patriotismo de quienes han dejado de ser
una pequeña comunidad en la fábrica.
Y también en la ciudad han dejado de ser extraños,
o al menos muchos de ellos han dejado de sentirse como tales.
Algunos han iniciado relaciones de pareja con canadienses.
De hecho se dice que las chicas de esta cultura se sienten
muy atraídas por los hombres salvadoreños.
Quienes llegaron como parte de los primeros grupos gozan ahora
de residencia permanente y hasta han podido llevarse a sus
familiares. Otros esperan respuesta de las autoridades de
la provincia o del gobierno.
Y hay quienes recién inician el proceso para poder
obtener sus papeles. Son pocos los que al cumplir el contrato
de un año han decidido volver a su tierra.
Una nueva vida
La mayoría quiere seguir en Brandon, donde se siguen
acoplando a un nuevo estilo de vida. Casi todos rentan casas
o apartamentos donde viven en grupos, tres cuatro y hasta
ocho, porque les resulta mejor compartir gastos.
Se han centralizado en zonas como River View Homes, Willow
Dale y Argyle Court. De algunos se sabe que son salvadoreños
porque en sus ventanas se puede ver la bandera de su país.
Como en el apartamento de Walter Robles, quien dice haber
impuesto esa moda imitada incluso por canadienses.
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Para
muchos de los salvadoreños en Brandon, llegar allí
ha sido como arribar a un mundo nuevo. El clima, la
comunicación en inglés, la soledad, todo eso
pesa bastante, cree Héctor Alvarado, de 23 años.
La calma que se vive en la ciudad incluso ha sido un choque
cultural para ellos. Las calles siempre desoladas, y en sus
reuniones no pueden hacer ruido porque interrumpen la tranquilidad
de los vecinos.
Y nosotros somos muy animosos, y bueno, muchos no se
han metido en ese cuadrito, comenta Vicky Recinos. Algunos
parecen estar viviendo allí una fantasía. Algo
así como un boom, agrega ella, quien se ha convertido
en una de las líderes del grupo.
Muy a pesar de lo trabajadores que son y de que unos han comenzado
a escalar en la planta, hay ciertos salvadoreños que
no han sabido acoplarse a esa nueva vida y en cambio también
se han dedicado a incumplir las normas.
Motoristas ya se han quejado de que algunos abordan los buses
sin hacer fila, y en uno de los bares de la ciudad prohibieron
la entrada a connacionales luego de que ocasionaran desórdenes
estando tomados.
Y un par de ellos ya enfrenta cargos en la Corte, supuestamente
por agredir a una persona y por robar chicles de una tienda.
Hay arrendatarios que tampoco les quieren alquilar sus viviendas
porque ya los han identificado como bulliciosos.
Embajadores del país
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Es una lástima, la verdad, porque esos casos
aislados nos afectan a todos, refiere William Cruz,
quien ha formado un grupo de música andina, junto a
cuatro paisanos más, y está empeñado
en dar a conocer otra cara de su país.
Hay más iniciativas como éstas. Doce jóvenes
integran el grupo de danza Tepolcatl tayagualqui
(Jóvenes valientes), quienes ya se han presentado para
mostrar danzas tan tracionales como Las cortadoras,
Adentro Cojutepeque y El carbonero.
Y este año, durante el festival de invierno celebrado
en enero pasado en Brandon, los connacionales organizaron
una exposición de artesanías y una de fotografía
gracias al apoyo del Ministerio de Relaciones Exteriores en
su país.
Despertamos el interés de los canadienses,
dice Vicky. Muchos de ellos no tenían idea ni de la
ubicación geográfica de El Salvador. Más
allá de lo difícil que es la adaptación
y la ausencia de los nuestros, debemos ser embajadores de
nuestra nación, dice ella.
En días recientes inauguraron un campeonato de fútbol,
que durante nueve sábados los mantendrá reunidos
en una cancha, quizás recordando días pasados,
como los que han vivido en El Salvador.
Todo ha valido la pena
Que económicamente su vida es mejor en Brandon, Walter
Robles no lo duda. Pero allí ha podido descubrir, además,
una vida distinta, calmada.
A las doce de la noche yo puedo caminar por la calle
con seis cadenas en el cuello, y no pasa nada. Aquí
hay respeto en todos lados, hasta de parte de los motoristas
dice.
Fue de los primeros en llegar a Brandon. Y en noviembre de
2005 pudo reunirse con su esposa y sus tres hijos, quienes
viajaron luego de completar un proceso de residencia que duró
dos años.
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Ahora
los cinco están allí, después de una
cena al estilo salvadoreño, en un apartamento más
bien confortable, que Walter había adecuado antes de
recibir a sus nuevos huéspedes.
Walter habla casi siempre en son de broma, de hecho por eso
es reconocido entre la comunidad de connacionales en Brandon.
En El Salvador, cuenta, hizo de todo; a veces motorista, construcción,
plomería, y durante los terremotos de 2001 hasta botó
ripio.
Mientras vivió en Ciudad Delgado, San Salvador, añade,
imaginé llegar a la luna. Pero algunos
de sus sueños, como celebrarle los 15 años a
su primera hija, sólo ha podido cumplirlos al ser parte
de este proyecto.
Pero lo que más ha valido la pena, considera, es poder
tener con él a su familia. Aunque para eso haya que
extender sus jornadas hasta las diez de la noche, trabajar
bajo temperaturas de 7 grados centígrados en
la fábrica y empuñar un cuchillo por más
de ocho horas.
Y su cuerpo ha resentido ese trabajo repetitivo. Después
de cuatro años ya estoy lisiado, comenta. Siente
dolor en sus hombros y brazos, y ya no le resulta fácil
cerrar los dedos de sus manos.
Su esposa Yaneth ha comenzado a trabajar en un restaurante
de comida rápida, pues Walter no quiere que le pase
lo que a él en Maple Leaf. Pero de todas maneras cree
que su esfuerzo no ha sido en vano. ¿Qué
más quieren aquí mis hijos?, subraya.
Músicos de un mismo pueblo
Algo más los ha unido en Brandon. Más que la
búsqueda de un sueño, y la nostalgia que se
despierta cuando se está tan lejos.
Y no es sólo porque los cinco, William, José,
Roberto, Francisco y Gilberto, son originarios del mismo pueblo,
San Francisco Chinamequita, en La Paz. Ni siquiera porque
en sus rostros se asoman los mismos rasgos.
Es la pasión que sienten por la música. No planearon
juntos ser parte de los trabajadores de Maple Leaf, pero una
vez en Brandon se reencontraron para emprender un proyecto,
al que han llamado en nahuat Tegamec nemice o
Nosotros somos, en español.
Y son ellos los que con su música folclórica
han sorprendido a los canadienses y a otras comunidades inmigrantes
de la ciudad. En especial durante una de sus presentaciones
en enero pasado, cuando se celebró el Festival de Invierno
en Brandon.
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Han
tenido experiencia previa como músicos en El Salvador.
Todos formaron parte del coro de la iglesa de San Francisco
Chinameca, y William Cruz, el director, fue miembro de la
Orquesta Sinfónica Nacional, donde tocó casi
todos los instrumentos.
Y ahora también dirige el coro de la iglesia en Brandon,
donde cada quince días se celebra una misa en español.
La verdad es que esta experiencia nos ha ayudado a aplacar
la tristeza, esa sensación de lejanía,
agrega William.
Y cómo no, si en su repertorio incluyen canciones como
Moliendo café, El sombrero azul,
El torito pinto y El sombrero de Tenancingo.
Los arreglos de estas melodías han parecido profesionales
y adornadas a algunos músicos nativos de Brandon.
Por eso dentro de los planes de Tegamec nemice,
el grupo que más bien parece estar formado por hermanos,
está la creación de un género, una mezcla
de música folclórica con sonidos propios de
la gente nativa canadiense.
Salvadoreños en dos ciudades
Los salvadoreños contratados bajo el
programa de trabajadores temporales en Canadá se desempeñan
en las plantas de cárnicos Maple Leaf, Brandon, Manitoba,
y en Olymel, Red Deer, Alberta.
Sólo a Brandon ya han viajado más de 500 connacionales,
entre los trabajadores directos y los familiares y amigos
cercanos que ellos se han encargado de recomendar. Esto como
parte del programa para contrarrestar la nostalgia de los
connacionales.
En total, nueve grupos de salvadoreños han arribado
a Brandon desde que se abrió el proyecto. El último
llegó a mediados de mayo pasado.
Se estima que Maple Leaf emplea un promedio de 1,400 trabajadores.
Allí se matan 10,000 cerdos al día, y parte
de esa carne se exporta a Estados Unidos, Chile, Japón
y Australia, entre otros países.
De los más de 500 asentados en Brandon, unas 100 son
mujeres. Muchas de ellas son madres, y han tenido que dejar
a sus hijos en El Salvador con el fin de buscar un mejor futuro.
Vicky Recinos, quien se desempeña como encargada del
almacén de la planta, dice que nada ha sido tan difícil
para ella como dejar a sus tres hijos, ni la barrera del idioma
ni soportar las altas temperaturas que en invierno llegan
a -40 grados centígrados.
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