22 de enero de 2006

ESCRITORES
Mis recuerdos de Claudia Lars

Desde Estados Unidos hasta Camboya, “Plaza Sésamo” se transmite en muchos países, en diversos idiomas.

Enrique S. Castro
Hablemos



El tiempo como la luz avanzan. El encuentro o reencuentro con los escritores hace de los fenómenos físicos recursos y simbologías para comprender la sociedad y los seres humanos.

Así me ocurrió con esta poeta conocida desde mis años juveniles nada más por la lectura de algunos de sus poemas.

La primera vez que vi a Claudia Lars estaba sentada detrás de un sencillo escritorio en la Dirección de Publicaciones del Ministerio de Educación. Era la directora de la editorial y de la revista Cultura.

A finales de los años 60 y 70 la editorial se encontraba en el Pasaje Contreras, en la calle hacia Mejicanos. Manlio Argueta me la presentó. Era una mujer ya entrada en años, pero todavía se apreciaba su belleza, su sonrisa franca y su mirada melancólica.

Esa mañana, su cabello lo tenía recogido, pero cayéndole sobre un hombro. En esa ocasión conversamos muy poco, Manlio tenía mucha confianza con ella y hasta se permitió hacerle un par de bromas.

Ella nada más sonreía mientras con una mano hacía gestos y con la otra jugueteaba con un lápiz. Cuando volteaba hacia donde me encontraba sentado percibí tristeza en sus ojos a pesar de su permanente sonrisa.

Esos ojos y esa mirada jamás se me olvidarían. Ese día tuve por primera vez en mis manos su libro “Estrellas en el pozo” (1934). Por la noche tomé aquella obra y no paré hasta concluir su lectura. Posteriormente adquirí un segundo libro “Ciudad bajo mi voz”.

Cuando se retiró de la Dirección de Publicaciones, nada más la vi dos veces. Una cuando le hice una entrevista para diario El Mundo y la otra cuando le llevé una carta enviada por Salarrué. Ella siempre me recordaba, pero ya la cruel enfermedad la tenía postrada y había marchitado casi por completo sus ojos y por supuesto su hermoso cabello.

Salarrué me contaría, con la discreción y prudencia, características de su ser, sobre todo para hablar de Claudia, que ella necesitaba de mucho silencio y soledad para escribir. “El silencio es sabio” y ella lo sabía perfectamente.

Amó la naturaleza (nació en Armenia, antes llamado Guaymoco, el 20 de diciembre de 1899) y pasó su infancia (más o menos de 1903 a 1913) en una propiedad de sus padres cerca de la población.

Su libro “Tierra de infancia” describe las bellezas de ese paraje, así como el calor y el amor prodigado por sus padres y familiares. Al estar expuesta al ambiente y a los fuertes rayos solares su piel adquirió ese color que tanto la favorecía. Sentía los efluvios de la tierra y la misma sensación de los olores y colores de la naturaleza en todo su cuerpo.

Este círculo tan especial de sus primeros años sería un referente para su obra en prosa y en verso escrita en el devenir de los años. Además de influir para siempre en su carácter tan transparente, humano y bondadoso, como me lo confirmaría Salarrué.

La poetisa amó la naturaleza,
pues siendo oriunda de Armenia sintió los efluvios de la tierra y la sensación de
los olores y de los colores.

Cuando se lee “Tierra de infancia” e incluso su poemario “La casa de vidrio” se puede apreciar su jovialidad y la infinita felicidad de sus años infantiles, rasgos que la habían de acompañar en su juventud y ya de adulta.

El poeta dominicano Pedro Mir, cuando la vio por primera vez esperaba encontrarse con una mujer de marcados rasgos indígenas, trenzas y vestido de revuelo. No fue así, “era una extraordinaria mujer, muy bella y con una sonrisa a flor de labios (...), además de una encantadora conversación y una cultura exquisita, sobre todo en la rama de la poesía...”.

El escritor y editor Ítalo López Vallecillos siempre tuvo las mejores expresiones para referirse a Claudia. La mayoría de los críticos y hasta colegas la miraban como una mujer seria y poco dada a las bromas, me comentaba.

Ella frecuentemente se aislaba de las solemnidades y de las reuniones artificiosas, pero también relataba acontecimientos y hechos dramáticos; “como los matizaba y envolvía en una atmósfera de humor, uno no los sentía”.

López Vallecillos se refería mucho a la serenidad y humanidad de Claudia. Para él toda su poesía estaba impregnada de ternura, de amor y de un misticismo muy especial. Una tarde, mientras leía y corregía las galeras del libro “Los fundamentos económicos de la burguesía salvadoreña”, del doctor Eduardo Colindres, publicado por UCA Editores, Ítalo reiteró un hecho conocido: el salvadoreño de mayor trato y conocimiento de Claudia Lars fue Salarrué.

Muy cierto, pero difícil hacerlo hablar sobre la poeta. Yo lo intenté cuando lo visitaba en su Villa Monserrat en Los Planes de Renderos: siempre fue muy parco y diplomáticamente eludía el tema.

Aprendí a respetar esa intimidad y legítimo derecho de Salarrué a mantener en lo profundo de su ser todos aquellos hechos, experiencias y conocimientos que podían afectar o favorecer a determinadas personas.

El interés de los lectores salvadoreños por la poesía de Claudia Lars se daría con el transcurso de los años, cuando ya había publicado al menos tres de sus obras: “Canción redonda”, “Romances de norte y sur” y “Estrellas en el pozo”. Sin embargo, su libro en prosa “Tierra de infancia” es el más leído, al menos por los salvadoreños.

Sus primeros libros fueron de corte lírico, muchos de sus poemas tienen la inocencia y la emoción tan sentida por los niños. Versos llenos de espiritualidad y ternura van mostrando una nueva etapa en la vida de esta poetisa del más profundo romanticismo, con elementos renovadores, recursos métricos y un estilo propio como se puede apreciar en “Escuela de pájaros”: “Sostengo que quien escribe para niños debe tener como primer atributo el don de la poesía, aunque escriba en prosa.

Sólo el poeta puede visitar el jardín de los ángeles, y sólo él, cuando se adentra en los vulgares caminos del mundo, es capaz de cambiar la piedra del barranco en la tortuga que hace apuestas con tío Conejo”, escribiría Claudia en la introducción de este bello libro.

De ese profundo lirismo advertido en sus primeras obras pasa a la contemplación más abierta de la vida, con una influencia marcada de los vanguardistas y modernistas. Se conoce por muchos de sus antólogos como el poeta nicaragüense Salomón de la Selva ejerció una fuerte influencia en su primera juventud.

La afinidad con este hombre de letras fue mucha, al grado de vincularlos con un noviazgo y un supuesto matrimonio nunca concretado por la férrea oposición del padre de Claudia.

 

 

 

Con todo, en su libro “Romance de norte y sur” (1946) retorna el amor colectivo y profundamente identificado con su tierra, el barro y su gente. El bisturí penetra a su soledad y angustia por vivir y recordar:
Indio Cruz, sé lo que escondes en el dolor de tu sangre.
Lo sé, porque te conozco desde ayer y desde antes.
Lo sé por tu cara muda con sus amargas señales,
por tu pie curtido en Iodos,por tus dos manos tan
ásperas,por tu pulmón de
aguardiente y tus sudores constantes.

 

 


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