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19
de marzo de
2005
TRADICIONES
La quema de las fallas
Imagine
la quema de toda la pólvora que se utilizan para celebrar
el fin de año en el país. Ahora imagínela
concentrada en la plaza más grande de la capital. Después
de esto tápese los oídos porque va a reventar
durante los próximos 50 minutos. ¿Lo imaginó?
Pues algo así es el clímax de una celebración
curiosa en la ciudad de Valencia, España, ubicada a
orillas del mar Mediterráneo.
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Las Fallas
marcan la llegada de la primavera en la comunidad autónoma
de Valencia y atrae a miles de turistas a lo largo de una
semana una vez al año.
La tranquilidad y el sosiego de esta ciudad son rotos gracias
a la construcción y exposición de unas esculturas
enormes hechas de cartón piedra con un objetivo único:
burlarse de todo.
El origen de esta tradición, que mezcla el fuego y
la pólvora, surgió entre el gremio de carpinteros
valencianos en el siglo XVI cuando instalaban grandes hogueras
en la calle frente a sus talleres.
Desde entonces, la fiesta es un espacio para recrear figuras
que satirizan sin misericordia los acontecimientos más
relevantes de la vida social, religiosa y política
tanto de Valencia como de toda España.
Este año, el turno gira en torno a temas como el nacimiento
de la infanta Leonor, la hija de los príncipes de Asturias;
la discusión por el Estatuto catalán, que reclama
más autonomía con relación a España;
la crisis en el Real Madrid; la disputa política entre
el opositor Partido Popular (PP) y el gobierno del socialista
José Luis Rodríguez Zapatero.
El resto será la sobremesa y abarcará con mordacidad
a las instituciones civiles y religiosas. Monjas, sacerdotes,
políticos, artistas, el carnicero del barrio; en fin,
cualquiera puede ser representado en estas enormes esculturas,
que son hechas por una comunidad de vecinos, a quienes denominan
falleros.
Algunas alcanzan los 20 ó 30 metros de altura y suelen
atraer a los curiosos por su calidad. El costo de la más
elaborada alcanzó los 360 mil euros el año pasado.
Así cada falla crea una figura grande y otra infantil,
que es expuesta junto a una escultura más pequeña
llamada ninot. Todo el conjunto es sometido al juicio de los
lugareños, quienes escogen la pieza favorita y la única
indultada del fuego.
Las demás se convierten en pasto de las llamas. Aquellas
que han sobrevivido desde los años 30 están
conservadas en el Museo Fallero de Valencia.
Ciudad con olor a pólvora
La exhibición de las esculturas empieza el día
14 de marzo y, a medida avanza la semana, Valencia es
estremecida por diversas mascletá, como
se le denomina a la quema de la pólvora.
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A lo largo
de esos días, la ciudad huele a pólvora y los
recién llegados son sorprendidos por las bromas de
los residentes: un petardo a los pies de un turista distraído
es la regla.
Pero la locura sucede la tarde del último día.
Un desfile con evocación pagana pasea por las calles
principales con una puesta en escena que incluye danzantes
medievales, hechiceros que remueven calderos humeantes, hadas
que anuncian la llegada de la primavera y brujas que asustan
a los chiquillos. Cuando la marcha llega al centro histórico,
los organizadores lanzan fuegos artificiales que iluminan
la noche.
El reloj empieza la cuenta regresiva a la medianoche del 19
al 20 de marzo (precisamente el día de San José,
patrono de los carpinteros) cuando miles de personas acuden
a la Plaza del Ayuntamiento, donde será la última
mascletá.
El Cuerpo de Bomberos, la policía y los voluntarios
organizan un dispositivo para atender las emergencias y el
riesgo de incendio.
Este año, el Consorcio Provincial de Valencia informó
que convocó a 400 bomberos con más de cien vehículos
listos para entrar en acción. Además, sumado
al personal rutinario, la ciudad tiene de guardia, al menos,
a 500 efectivos de salvamento y control de incendios para
la crema final.
En el alboroto previo al clímax de la fiesta, la mayoría
de las víctimas son los jóvenes que luego de
días de juerga apuestan por ver la última quema;
pero no lo logran. No es fácil sobrevivir de pie durante
horas en medio de una multitud que crece y crece incesante
a medida se acerca la hora de la hoguera.
En la madrugada, toda la ciudad retumba como si sufriera los
efectos de un bombardeo infernal. El olor a pólvora
impregna la ropa de los presentes y cuando todo acaba, la
ironía de los muñecos de cartón piedra
queda reducida a las cenizas. Toda la broma es historia.
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