19 de febrero de 2005

Música
Organilleros mantienen viva tradición en México

Tras llegar a México, en 1884, los organillos se volvieron parte del folclor popular. Era común encontrarlos en parques y plazas.

KItzel Zúñiga
DPA

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En el centro histórico de la ciudad de México todavía se pueden ver
organilleros que mantienen viva la tradición de este
instrumento. Foto DPA/Itzel Zúñiga


Todos los días en el jardín del Palacio de Bellas Artes de la capital mexicana algún organillero hace sonar su instrumento ante los cientos de transeúntes y turistas que pasan por el lugar, en el centro histórico de Ciudad de México.

Unos cruzan por ahí indiferentes, otros se acercan para darles una moneda o para escuchar sus melodías, como Elena Ruiz, de 73 años, para la cual la música del organillo despierta recuerdos.

“Un domingo, hace 53 años, conocí al hombre que sería mi esposo en la Alameda Central. Le pagó al cilindrero para que me tocara varias piezas. Ya de novios me llevaba serenata, por eso me gusta oírlos”, cuenta.

Tras llegar a México, en 1884, los organillos se volvieron parte del folclor popular. Era común encontrarlos en parques, plazas, restaurantes o circos.

Hoy sólo es posible escucharlos en las zonas más concurridas de la ciudad, como el Centro Histórico o la plaza de Coyoacán, así como en algunas esquinas de las avenidas más transitadas.

Tal como hace más de un siglo, los organilleros o cilindreros deben recorrer las calles para ganarse el sustento, llevando a cuestas estos antiquísimos aparatos, cuyo peso oscila entre los 30 y 50 kilos.

Según el libro “La vida de los organilleros”, del antropólogo mexicano Víctor Inzúa, la casa alemana de música Wagner & Levien llevó a México las primeras piezas. La mayoría fue elaborada a mano en Berlín por la fábrica “Frati & Company”, que cesó su producción en 1912.

“Alemania fue en el siglo XIV cuna del arte de la organillería. De allí se propagó a Italia, y del perfeccionamiento mecánico de estos aparatos surgió el organillo”, dice Inzúa.
A Argentina y Chile llegaron casi en la misma época que a México.

Familia de organilleros

En 1928, en Santiago de Chile, Héctor Lizana inició una tradición que, 80 años después, su familia prosigue. Su hijo Manuel es uno de los pocos reparadores, investigadores y fabricantes que quedan en América Latina.
“Yo nací para esto, aprendí a componerlos solo”, dijo Manuel Lizana, de la Corporación Cultural de Organilleros de Chile.

En México pocas personas pueden arreglarlos o conocen su mecanismo, similar al de las cajas de música. Una de ellas es Silvia Hernández, del clan Gaona, la familia que dio vida al oficio en territorio mexicano y le agregó las melodías populares.

Hace más de 100 años, Pomposo Gaona comenzó a adquirir los aparatos hasta tener 250. Al fallecer, sus descendientes mantuvieron la tradición.

Pero el número se redujo. “Por necesidad algunos se vendieron, otros fueron robados o se perdieron”, indica Hernández, que posee 13 organillos.

Al morir su esposo, Gilberto Lázaro, nieto de Pomposo, ella se hizo cargo del negocio. “Tuve que aprender cómo arreglarlos, a afinarlos”, relata.

La reparación es costosa en tiempo y materiales. Se debe conocer cada aspecto, un problema para los organilleros sin formación musical. Están hechos de maderas finas. Por ello son susceptibles a los cambios meteorológicos.

“Con el frío se contraen y con el calor se hinchan”, explica Ramón Ortiz, cilindrero desde hace 27 años y reparador autodidacto.

En México pocos de estos músicos ambulantes son dueños del instrumento. Gran parte de los organillos pertenece a particulares, quienes los rentan a personas como Octavio Chávez, de 65 años.

Chávez labora jornadas de ocho horas diarias cada fin de semana, pues su pensión es insuficiente para cubrir sus necesidades básicas. Paga unos 6,5 dólares al día por el alquiler y el resto de las ganancias es suyo.

Lo que comenzó siendo un oficio redituable y exclusivo de los hombres es hoy una fuente de trabajo secundaria en la que han incursionado las mujeres y los jóvenes.

Para defender los derechos del gremio, en 1975 se formó la Unión de Organilleros del Distrito Federal y la República Mexicana, que cuenta con 120 miembros, explica Juan Manuel Ortiz, secretario general del sindicato.

Los organilleros de su agrupación se distinguen “por el uniforme café, elegido en honor al ejército del general Francisco Villa, ya que existe otra agrupación de color gris, nombrada Unión Libre”.

Pero la piratería también ha alcanzado a este sector. Hay algunos organilleros que no portan el uniforme oficial y usan organillos falsos que contienen melodías grabadas.

De los más de 200 aparatos que existían a principios del siglo XX sólo quedan cerca de 40. Su desaparición es resultado de factores como el robo, la falta de reparadores o la recesión económica.

 



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