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15
de enero de 2006
Cuentos
El niño al que la luna le concedió el deseo
La
regla es que las mujeres hablen y escriban de la reivindicación
de las mujeres. Pero como todas las reglas tienen excepción,
Carlos Cuauhtémoc produjo un libro para disfrute del
género femenino.
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| ILUSTRACIÓN:
OTTO HERNÁNDEZ |
Era una noche de aquellas en donde la brisa trae ilusiones
y tiempos felices. Este niño, que amaba los aviones
tanto como la luna y las estrellas, fue con su papá
y su mamá a parquearse cerca de un pequeño aeropuerto,
deseando poder encontrar un avión de verdad, al cual
poder verle la panza cuando pasara volando sobre ellos.
Y ahí estaban los tres, callados, ansiosos y esperando
en silencio, y el niño dejó de pronto ir una
pregunta: ¿Qué estamos esperando?.
A que venga un avión y nos pase volando de cerquita,
le contestó su papá, con los ojos puestos en
la inmensidad del cielo.
Pasaba el tiempo (siempre lento ante los ojos infantiles)
y el niño, señalando con su dedito travieso
dijo: No hay aviones, pero ahí está la
luna, mientras miraba embelesado el gigantesco disco
de plata del que tantas veces su mamá le había
hablado, igualito al que ella misma le había pegado
en sus paredes, con recortes de papeles tornasolados. Pero
no hay estrellas, dijo despacito, pensando que quizás
tenían demasiado frío como para salir esta noche.
Pregúntele a la luna por qué no hay aviones
esta noche, le sugirió la mamá. Y entonces,
la luna con su voz de sueño le contestó al bebé:
Te voy a decir un secreto: cada vez que veas una estrella
fugaz pide un deseo y yo, que las conozco a todas ellas, lo
sabré y te lo haré realidad.
En ese momento, perdida entre tanto azul y tanta oscuridad,
una estrella abrió lentamente sus ojos de luz. Y entonces
el niño, con el atrevimiento ingenuo de los primeros
años pidió: Yo lo único que quiero
es ver un avión, de cerca, con todos sus ruidos y sus
alas de metal.
Y en ese preciso momento, la estrella empezó a parpadear
y el eco del deseo del niño se fue apagando, al mismo
tiempo que la estrella parecía brillar con más
intensidad. El corazón curioso del niño palpitaba
con anticipación y repetía su deseo en silencio.
Sus ojos se fijaron en la estrella y en su brillo, y empezó
a lo lejos a hacerse escuchar un sonido.
¿Qué es?, preguntó, y su
mamá, con una sonrisa dijo: Es la luna, trabajando
para hacer tu deseo realidad. La estrella empezó
a cambiar de color, al mismo tiempo que aumentaba su tamaño,
y un parpadeo del niño fue suficiente para que de repente
viera sobre el carro de su papá la enorme panza plateada
de un avión, sintiera sobre su carita la rápida
brisa y llenara sus ojitos con los destellos que saltaban
de las alas de la gigantesca máquina con la que soñaba
dia y noche.
Se quedó inmóvil, siguió con sus ojos
al avión hasta que la noche se lo tragó y su
alma pequeñita se llenó de felicidad y se regocijó
de paz. Y es cuando aprendió a creer en la luna y en
las estrellas, y a esperar pacientemente a que en cualquier
momento los deseos se hagan realidad.
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