15
de enero de
2005
Actualidad
Vagando con la pobreza a cuestas
Lejos
de Honduras parecen más catrachos que
nunca. Llevan la pobreza a cuestas, en sus rostros aceitunados,
en sus ropas ennegrecidas y en la machaca que
empuñan entre los cañaverales de un país
que no es el suyo.
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Todos tienen el mismo currículo. Combatientes del trabajo
en el campo, con la especialidad de soportar los más
pesados. Acostumbrados a no fruncirle la cara al sol inclemente,
a domar las hirientes plantas de este fruto con sus manos
callosas.
A internarse en los cañaverales aún con el fuerte
vapor de las quemas y a regresar, después de una jornada
de trabajo, con sus cuerpos percudidos, a lo mejor por la
ceniza o por los rayos del sol que a lo largo de los años
les ha curtido sus pieles.
Esta zafra ha sido distinta para unos 172 braceros hondureños,
originarios de Choluteca, una región cercana a la frontera
con Nicaragua. Impresionados por el pago en dólares,
desde finales de noviembre pasado forman parte de un contingente
de rozadores de la hacienda San Clemente, en Armenia, Sonsonate.
Vinieron a El Salvador conquistados por Salomé,ese
caporal de pura cepa que otras veces ya los ha supervisado
en ingenios de su país. Los ingenieros llegaron
a Choluteca; necesitaban gente en la Central Izalco,
cuenta este hombre que suele ir por las plantaciones con una
carpeta bajo el brazo.
Salomé recorrió los valles avisando a sus conocidos;
hasta puso el anuncio en una emisora local. Y la respuesta
no se hizo esperar. Las promesas del pago en dólares,
la alimentación y la posibilidad de tener un permiso
de trabajo para la zafra despertó la ilusión
de los braceros.
A bordo de buses amarillos Blue Bird, divididos
en dos grupos, llegaron a la hacienda San Clemente, con no
más de tres mudadas, una cobija para el
frío y algunos también con su machaca (instrumento
de corta).
Los esperaban dos barracas acondicionadas con camarotes y
una televisión en cada una. Una cancha para divertirse
en horas de ocio, un grupo de cocineras encargadas de darles
la comida y los servicios de salud prestados por la doctora
Sonia Gómez una tarde por semana.
Días de faena
Y comenzaron su rutina de trabajo en El Salvador, para algunos
la primera vez que lo cruzaban, otros ya habían sorteado
la frontera El Amatillo para emplearse en las cortas de maicillo
y en las haciendas de ganado en La Unión.
A las cuatro de la madrugada el bullicio ronda en las barracas.
Unos toman su baño matutino, al aire libre, frente
al grifo que deja caer el agua en un recipiente. Otros, recibiendo
la brisa matutina, afilan sus machacas o simplemente se dedican
a charlar.
Una hora después reciben el desayuno. Arroz, frijoles,
tres tortillas y un poco de café, un menú que,
según ellos, casi nunca varía, a lo sumo ejotes
con huevo o un pedazo de pollo en el almuerzo.
Todos protestan por la comida. Las tortillas parecen
adobes, refiere Rosevel Antonio Varela, de 31 años.
También se queja de que a la hora de pesar la caña
a todos les salen menos toneladas de las que habían
considerado.
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| La
empresa les ha dado machacas nuevas para trabajar.
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A pesar
de eso, Rosevel Antonio, un hombre de campo que apenas aprendió
a escribir su nombre, cree que tienen mayores ventajas al
laborar en El Salvador. No gastan en la comida y reciben medicina
y consulta médica gratis. Aquí hemos visto
cosas que no se ven allá (en Honduras), agrega.
Antes de las seis abordan los dos buses que los llevan a cualquiera
de las plantaciones de las zonas ocho y nueve que son parte
de la Central Izalco: Caluco, San Julián, Armenia,
Zapotitán y Opico, entre otros. El recorrido es alegre,
con gritos, silbidos y un par de canciones rancheras y norteñas.
El rocío de la madrugada aún se filtra en la
respiración, y ellos, dirigidos por Salomé,
ya comienzan a formar la chorra (línea de caña
cortada). Las doce llegan de tajo, y lo saben porque a esa
hora aparece un vehículo con el almuerzo. Lo toman
bajo el sol, a lo sumo fefugiándose al lado de una
planta de caña.
Al final de la tarde gastan parte de su salario en yuca o
en algún pan con fresco que las vendedoras ofrecen
fuera del casco de la hacienda. También juegan cartas,
arman partidos de fútbol, lavan su ropa y miran novelas
en el televisor.
Pobres, pero tienen tierras
Para ellos la situación económica en su país
es poco prometedora. El trabajo es escaso, pronuncia
Mártires Varela, de 22 años. Se resume a las
meloneras, a las camaroneras y a la agricultura en la temporada,
añade.
Ganar entre 9 y 14 dólares diarios, o entre 120 y 170
dólares a la quincena en El Salvador les resulta un
poco más de lo que pueden obtener en su tierra. La
ventaja está al hacer el cambio: 18.90 lempiras por
un dólar.
Felipe Reyes, desnudo a media cintura y mientras lava unas
botas de hule, dice que el dólar les rinde más
allá. Con lo que aquí compran una libra de azúcar
allá cuatro.
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| Cada
temporada de corta de caña, estos braceros se emplean
en el ingenio La Grecia, en Choluteca, Honduras. |
En diciembre,
él y sus compañeros pudieron llevar dinero a
sus familias. El 3 de enero volvieron sólo 131, 40
menos de los que habían partido.
En los días que estuvieron en Choluteca aprovecharon
para sacar sus cosechas, porque aunque son pobres casi todos
tienen tierras para cultivar el maíz y el maicillo
que consumen.
Son tierras agrestes y aisladas, pues para llegar a ellas
hay que caminar largas distancias o recorrerlas sobre el lomo
de una mula. La mayoría carece del servicio de energía
eléctrica y casi nunca, dicen, se han beneficiado con
algún proyecto en la agricultura.
De El Salvador les sorprende hasta la asidua presencia de
periodistas que registran su trabajo en entrevistas e imágenes.
Aquí se ve que es más desarrollado,
cree Rosevel Antonio.
| Comida
para una tropa |
Las
cocineras unas siete de la hacienda San Clemente
son dirigidas por Aminta Landaverde de Campos. Ella y
su esposo, contratados para suministrar la alimentación
a los extranjeros,tienen un cuarto asignado, pues pasarán
en la zona el tiempo que dure la zafra.
Las luces de la cocina se encienden a las dos de la madrugada,
hora en que las mujeres inician su ajetreo. Allí
se coce un quintal de frijoles cada cuatro tiempos y una
arroba de arroz por cada uno.
Se hacen 2,100 tortillas al día. Se utilizan, además,
12 libras de azúcar para el refresco del almuerzo
y se preparan dos ollas con café al día.
El desayuno se les sirve a las cinco de la mañana,
el almuerzo se les lleva a las plantaciones de caña
a las 12:00 meridiano y la cena se les sirve a las 6:30
de la tarde.
A las nueve de la noche, luego de dejar todo en orden,
las cocineras terminan su jornada. Fue difícil
al principio, cuenta Aminta. Pero en la actualidad
se han adaptado al régimen de trabajo. |
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