14 de mayo de 2006

ACTUALIDAD
“El faro de los hispanos en Winnipeg ”

Punto de encuentro de latinos. Allí llegan atraídos por las pupusas, la horchata o las típicas charamuscas. Y de paso dejan de ser ajetreados compradores para sostener una plática con la propietaria, como en las tiendas de sus países.

Texto y fotos: Morena Rivera
Hablemos


Sara Luz es la orgullosa dueña de la tienda salvadoreña.


Está situada en el centro de Winnipeg, Manitoba, Canadá. Y el rótulo que la anuncia es distinto a los demás negocios de la zona, en especial ventas de ropa y pequeños restaurantes de comida china y otras especialidades de cocina internacional.

Éste tiene algo diferente, algo que llama la atención: el dibujo de un volcán, que resulta paradójico en una provincia de densas planices, y sobre éste se lee el nombre del negocio, que sin lugar a dudas resulta familiar a cualquier salvadoreño que se cruza por ahí: “Tienda el Izalco”, a lo nacional, a lo sonsonateco. Pero más abajo, sobre una pared de vidrio, letreros como Open (abierto) y Enter (entrar) recuerdan que sólo es un pequeño recodo salvadoreño dentro de la cultura internacional.

Sara Luz Archeta, propietaria de origen sonsonateco, decidió darle ese nombre a su microempresa por una sola razón: “En mi país se conoce el volcán Izalco como el faro del Pacífico, y esta tienda no es más que el faro de los hispanos que viven en esta ciudad”, relata.

En el centro de Winnipeg
Sara Luz empezó su microempresa en un local pequeño, luego se trasladó a uno más grande, donde paga 900 dólares mensuales de renta.
Además de vender los productos, Sara Luz da demostraciones sobre cómo preparar determinados alimentos a quienes quieren aprender sobre cocina salvadoreña.

La abrió seis años atrás, luego de vender plátanos y frijoles por encargo y de comprender la nostalgia que después del paso de los años los hispanos siguen sintiendo por la comida tradicional de sus países.

Porque además de atraer a los acostumbrados connacionales que llegan en busca de las pupusas, de los tamales de elote y de las charamuscas, la “Tienda el Izalco” reúne a cubanos, nicaragüenses, mexicanos y a todo hispano identificado con los productos que allí se ofrecen.

Incluso algunos canadienses, luego de probar las pupusas, los tamales de gallina y de elote, se convirtieron en asiduos visitantes.

Calor hispano

Sara Luz acostumbra saludar a sus clientes desde que éstos cruzan la puerta de entrada. “Aquí uno se siente realmente diferente”, comenta un peruano que ha descubierto por vez primera la “Tienda el Izalco”. “Con los canadienses es imposible detenerse a platicar de esta manera; aquí se siente calor humano”, agrega, mientras intercambia sus impresiones con la propietaria.

Y de situaciones como esa, Sara Luz se siente feliz. Ella nunca imaginó tener este tipo de éxito. “Parece que todo ha valido la pena. ¿Antes quién probaba aquí un jocote, un marañón o una pacaya?”, pregunta.
En los estantes los compradores descubren productos tan salvadoreños como la horchata, el chan, la cebada, el frijol de seda, el café listo, el dulce de panela y hasta pescaditas.

Otra de las grandes atracciones son los alimentos congelados, como arrayanes, nances, tamales de elote y de gallina, pitos, lorocos, chipilín, pupusas, chocobananos y charamuscas.

Estos alimentos son importados de El Salvador. Cada mes Sara Luz compra 4,000 libras de productos, la mitad congelados.

“La tienda salvadoreña”

Antes de montar la tienda, Sara Luz trabajaba como operaria de un taller de costura, y también solía vender plátanos y frijoles por encargo. Un día se fue de vacaciones a Calgary, otra ciudad canadiense, y descubrió la aceptación que allí tenía la comida nacional.

De regreso llevó algunos productos y los vendió tan rápido que pensó en rentar un local. “Noté que los salvadoreños y los hispanos estaban sedientos por la comida de sus países, y había que aprovechar”, dice.

Y lo siguen estando. En una mañana, unos mexicanos llegan preguntando por aguacates y masa para tortillas, una cubana recorre la tienda mientras hace un alboroto con su plática y el salvadoreño Roberto Nieto se detiene para saborear una charamusca.

Seis años de tener escenas parecidas en su microempresa, incluso ésta ya es reconocida como la “Tienda Salvadoreña”. Sin embargo, hay algo que no ha sido tan fácil: adaptarse a los reglamentos de la provincia.

“Aquí se requiere licencia del departamento de Salud casi para cada producto”, dice Sara Luz. Además, permiso de los bomberos y de la policía, instalación de alarmas, pago de altos impuestos, pisos libres porque es penado si alguien se tropieza en una tienda, entre otras cosas.

Muy a pesar de los esfuerzos que este proyecto ha significado para ella y para su familia, Sara Luz siente que ha logrado su “sueño americano”. Tuvo que dejar El Salvador hace más de veinte años, pero con una tienda salvadoreña en Winnipeg sí que ha valido la pena.

Historia detrás de la “Tienda el Izalco”

Sara Luz termina de preparar unos tamales, mientras su esposo y uno de sus hijos se encargan de la caja del negocio. Antes de comprar, los clientes se acercan para platicar con ella, o ella los atrae con alguna palabra de bienvenida.

Tiene poco tiempo para hablar sobre sus experiencias en este país del Norte. Pero sus recuerdos la conmueven, a tal punto que la voz se le quiebra de vez en cuando.

Ella es originaria de Sonsonate, y su esposo René Esperanza, de Usulután. Antes de partir de El Salvador a Estados Unidos, en 1980, ella tenía un negocio de comida y él trabajaba como locutor de radio.

Dejaron su país para huir de la guerra, y un año después de vivir en Estados Unidos, Sara Luz regresó por sus cuatro hijos que habían quedado en El Salvador.

El negocio se ha vuelto un referente en esa ciudad norteña.

En febrero de 1982, cuando la familia se había vuelto a reunir en Estados Unidos, las autoridades de migración les dijeron a ella y a sus cuatro hijos que en un mes debían abandonar el país.

En treinta días aplicaron para vivir en Canadá y a finales de marzo de ese mismo año, Sara Luz y sus cuatro hijos abordaron el avión rumbo a Winnipeg, Manitoba.

“En ese momento yo me preguntaba ¿adónde vamos? Sin familia, sin idioma, sólo con pequeñas pertenencias en mis manos”, cuenta ella. “Fue difícil, porque sentía que me estaba alejando cada vez más de mi tierra”, agrega.

La adaptación no fue fácil para ellos. En esa época había sólo 18 salvadoreños viviendo en esta ciudad. Ella recuerda que sus hijos lloraban. “Yo ya no quiero ir a la escuela porque no le entiendo nada a la maestra”, le decía uno de ellos.

Un año después su esposo se reunió con ellos, y desde entonces hasta hoy, durante los veranos, se dedica a trabajos de construcción. Sara Luz trabajó por quince años en talleres de costura antes de abrir la “Tienda el Izalco”.

Sara Luz cree que en Canadá pudo construirse un mejor futuro para ella y su familia, pero entre sus deseos siempre ha estado volver a El Salvador.

 

 

 


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