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14
de mayo de 2006
CUENTO
Sucedió una vez en San Salvador
Flor
tenía 18 años y el mundo se le había
venido encima destrozando todo lo que ella consideraba era
su vida.
Hacía un año se había enamorado de un
muchacho que le había ofrecido el cielo y la tierra,
que había sido lo suficientemente astuto para convencerla
para ser su pareja, una de tantas, y que incluso se beneficiaba,
con frecuencia, de los envíos de dinero que los abuelos
de Flor le hacían llegar mensualmente desde los Estados
Unidos para pagar la casita, sus gastos y la universidad.
Flor, como muchas, buscaba su príncipe y pensaba que
lo había encontrado.
Su amor era del más bonito que uno encuentra en la
vida: total, entregado, inmaculado
, pero todo cambió
cuando muy contenta le reveló a su gran amor que estaba
embarazada. Nuestro héroe reaccionó
insultándola y reclamándole por qué no
se había cuidado, que eso era su obligación.
Él no estaba listo para ser papá y no le interesaba
quedarse con ella; además, haciendo gala de un cinismo
muy común en nuestro medio le dijo que no podía
estar seguro que fuera de él.
Desde aquel día, el muchacho desapareció. Flor
no había parado de llorar desde entonces y tenía
una espantosa sensación por dentro que era una mezcla
de miedo, angustia, impotencia, odio contra él y contra
sí misma por haber sido tan tonta.
La única certeza que tenía era que en nueve
meses sería madre
y estaría sola. No había
manera de que sus abuelos aceptaran su situación, por
lo que decidió guardar silencio y continuar con su
vida.
Sin embargo, las cosas para Flor se volvieron cada vez más
difíciles. De alguna manera, sus abuelos se habían
enterado de su embarazo y habían dejado de ayudarle.
Esto la había llevado a dejar sus estudios, pedir posada
con una amiga que alquilaba una pieza cerca del centro de
San Salvador y buscar casi cualquier tipo de empleo para ganar
aunque fuera un poquito para pagar su parte de la habitación.
El embarazo se había convertido en una cruz muy pesada
para Flor y su vida se tornaba cada vez más desordenada
y fuera de su control. Su carácter, que antes era jovial,
optimista, confiado, lleno de esperanzas, se había
tornado en amargura, cinismo y desprecio hacia la humanidad,
que tan mal sentía que le había pagado.
Salía desde temprano caminando cuando no le alcanzaba
para el bus. Aceptaba a veces las peores condiciones con tal
de que le dieran el trabajo. Cumplía con su jornada
y frecuentemente debía quedarse más tiempo,
aunque no se lo reconocieran. La habían asaltado ya
tres veces, en dos de ellas había recibido un golpe
por no haber tenido nada que robarle, lo que enfureció
a los delincuentes.
Su embarazo estaba ya en término y cuando el momento
llegó, a duras penas alcanzó a llegar al hospital
de maternidad en donde dio a luz a un varón que nació
sano y completo. Cuando se lo llevaron, Flor lo observó
con cuidado, buscando características parecidas a quien
se había burlado de ella y por quien su vida se había
convertido en un infierno. En su mente, llena de odio y rencor,
le pareció que el bebé era el vivo retrato de
él. Al poco tiempo la dieron de alta con su hijo.
De vuelta en la pieza pensaba desesperada qué podía
hacer, pues ni siquiera se podía mantener ella misma,
cómo podría cuidar a un niño y al mismo
tiempo trabajar. Pasó varias horas debatiéndose
en lo amargo de su situación y cerca de la madrugada
tomó una fatal decisión. Llevaría el
niño a alguna parte alejada y lo dejaría allí
para que si la suerte quería alguien lo encontrara.
Se vistió, tomó al bebé dormido en brazos
y salió a la calle.
Caminó por largo tiempo sin mucha noción de
dirección. Al fin llegó a un predio abandonado
por donde casi nadie pasaba y, al pie de un árbol,
dejó al niño envuelto en su colchita, a merced
del clima y los animales. No se fijó que junto al niño
había un enorme hormiguero. Flor volvió a ver
a todos lados para asegurarse de que no había nadie
y salió corriendo.
No había dejado de llorar toda la noche. Al levantar
la mirada vio frente a ella, sobre la mesa, un par de pañales
y una pachita vacía. De pronto sintió como que
abría los ojos por primera vez en muchos meses, se
vio a sí misma y todo lo que le había pasado
desde una nueva perspectiva y una inmensa sensación
de angustia estalló en su pecho. Se levantó
y salió corriendo tan rápido como sus piernas
le permitían.
Cruzó calles y calles topando con personas y postes,
hasta que al fin llegó al predio en que había
dejado a su bebé. Con su rostro lleno de lágrimas
y un horrible presentimiento se acercó al lugar bajo
el árbol para ver al niño. No podía creer
lo que veía. De una manera inexplicable, el bebé
descansaba en un nidito de ramitas trenzadas que eran parte
de una de las ramas del árbol y estaba cubierto con
una mantita hecha con hojas que las hormigas colocaban con
cuidado sobre el bebé.
Flor cayó de rodillas llena de arrepentimiento y vergüenza
y, por primera vez en mucho tiempo, dio gracias a Dios. Luego,
con una infinita ternura, levantó a su hijo y lo abrazó
y besó mil veces. El bebé abrió sus ojitos
y la vio con aquella mirada que tiene el poder de transformar
a una persona y que da sentido y propósito a la vida
de un ser humano. Flor, llena de esperanzas, volvió
con su hijo en brazos y dejó de sentirse sola en el
mundo. De hecho, llevaba al mundo con ella.
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