13
de agosto
de 2005
CIUDADES
La época
de esplendor de Sucre
Declarada
Patrimonio Cultural de la Humanidad, en Sucre (Bolivia)
se pueden observar una Torre Eiffel, arcos del triunfo y
varios diseños de estilo francés que rememoran
los días dorados.
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Recorrer
sus paredes blancas coronadas por balcones a la usanza de
la colonia hace pensar por instantes que el tiempo se detuvo
en Sucre, la capital histórica de Bolivia, que se aferra
a sus tradiciones para no olvidar aquellas épocas de
esplendor y de poder político y académico.
Un imponente palacio de gobierno, la catedral, el edificio
de la Universidad de San Francisco Xavier y la Casa de la
Libertad, donde se selló un 6 de agosto el nacimiento
de Bolivia, se erigen en el centro de la llamada ciudad
blanca, que enfrenta, sin embargo, el paso del tiempo.
Otrora Charcas, luego La Plata (por ser lugar de asiento de
los acaudalados dueños de las minas del departamento
de Potosí, suroeste) o Sucre, como se denomina actualmente,
vivió épocas doradas, pero vio eclipsar estos
años después de una guerra que la despojó
de su condición de sede del gobierno y del Congreso.
Actualmente es escenario de la Asamblea Constituyente y espera
recuperar parte del brillo perdido con el correr de los años,
durante los cuales se mantuvo como sede del Poder Judicial
y la capital histórica, mientras La Paz crecía
como el corazón político del país.
Sucre en toda la historia ha jugado un rol muy importante
y ahora también lo está jugando, aseguró
Nava.
Y es que historia parece ser lo que se respira en Sucre, declarada
por la UNESCO Patrimonio Cultural de la Humanidad, donde no
sólo los legados arquitectónicos de la colonia
se muestran al visitante, sino una Torre Eiffel, arcos del
triunfo y varios diseños de estilo francés que
rememoran aquellos días dorados.
Según relató Ramiro Gantier, hijo de Joaquín
Gantier Valda, primer custodio de la Casa de la Libertad,
estas construcciones demuestran la influencia europea, y esencialmente
francesa.
Pero aunque muchas de las estructuras se mantienen, el fenómeno
del crecimiento demográfico, la revolución minero-campesina
que vivió el país en 1952 y un hecho más
cercano, la Constituyente, amenazan con cambiarle el
rostro a esta ciudad, cuya población en algún
momento era fundamentalmente criolla.
Gantier señaló que muchas de las familias de
ascendencia española se fueron o ya no están
más, y se ha dado paso a una pluriculturalidad
que le ha cambiado el rostro a esta pequeña urbe.
A su juicio, esa mezcla quizás tenga una explicación
en la Guerra del Chaco, en la que el campesino debió
pelear codo a codo con el señorito
o el criollo boliviano, pero también en la reciente
revolución del 52.
Los cambios que se avecinan, según prevé Gantier,
pueden ser mayores, en momentos en que el país concentra
su mirada en el escenario donde se dará vida a una
nueva Carta Magna, esta vez diseñada por 255 asambleístas.
La instalación de esta Constituyente, que se convirtió
en una inédita ceremonia que combinó la diversidad
de este país, ratificó que en esta ciudad se
viven nuevos tiempos de inclusión, en los que labriegos
e indios se pasean por la céntrica plaza 25 de mayo,
por donde en tiempos pasados se prohibía el paso a
quienes no fueran de la oligarquía.
La llamada ciudad de los cuatro nombres se resiste
a perder las costumbres y tranquilidad que la caracterizan
como orgullosa heredera de una arquitectura que recuerda épocas
coloniales, pero que transita una revolución
pacífica cultural en una Bolivia que apuesta
por sus raíces y pone en tela de juicio estos 514 años
de exclusión.
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