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12
de marzo de 2006
ARQUEOLOGIA
Un juego milenario
En
El Salvador, el fervor deportivo tiene su origen en la época
prehispánica.
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El
gran juego de pelota de Chichén Itzá,
en Yucatán, data del siglo 10 y tiene una longitud
de 168 metros. Es el más imponente y uno de los
más visitados en la actualidad.
Foto Sébastien Perrot-Minnot
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Los deportes
tienen numerosos siglos de generar intensas pasiones entre
los hombres. Este año, los Juegos Olímpicos
de Invierno de Torino, Italia, nos dieron la oportunidad de
constatar nuevamente el fervor deportivo a nivel mundial.
Las Olímpiadas, resucitadas en 1896 por el barón
Pierre de Coubertin, aparecieron en el año 776 a.C.,
cuando los antiguos griegos los crearon en honor de Zeus.
El continente americano también vio nacer una manifestación
deportiva de gran antigüedad: el juego de pelota, practicado
del suroeste de los actuales Estados Unidos hasta Honduras,
así como en las Antillas Mayores.
El famoso juego prehispánico alcanzó su auge
en Mesoamérica, donde se reportan no menos de 1500
canchas, en más de 1300 sitios.
La cancha más antigua conocida en la actualidad fue
excavada en el sitio de Paso de la Amada (Chiapas, México)
en 1995; tiene una longitud de 80 metros, y remonta probablemente
al siglo 13 antes de Cristo. El juego de pelota sigue practicado
hoy, especialmente en el occidente de México.
A lo largo del espacio y del tiempo, este deporte conoció
considerables variaciones.
Se aprecia una gran diversidad de reglas, creencias y tipos
de canchas. Sin embargo, se pueden definir algunas características
generales.
Los partidos oponían dos equipos de dos a siete jugadores,
en una cancha conformada por dos edificios paralelos separados
por un espacio plano.
La delimitación de los dos campos estaba indicada por
esculturas (los marcadores) puestas en el eje
transversal de la cancha. Los jugadores se enviaban una pelota
de hule (que podia pesar tres kilos) con el antebrazo, el
hombro, la espalda o los glúteos. El objetivo era reenviarse
la pelota, buscando provocar la falta del adversario. Excepcionalmente,
en ciertas regiones de México, los jugadores intentaban
hacer pasar la pelota en un anillo de piedra.
Para protegerse de los duros golpes de la pelota, los jugadores
llevaban un cinturón, guantes y rodilleras de cuero.
Como lo expresa el arqueólogo francés Eric Taladoire,
reconocido especialista del juego de pelota mesoamericano,
este deporte tenía además un papel ritual,
político y tal vez económico, lo que lo convierte
en un elemento importante relacionado con el poder y con la
historia misma de Mesoamérica.
A menudo, el juego tenía un significado astral, y estaba
asociado a ritos de la fertilidad y ceremonias guerreras que
legitimaban el poder del rey. A veces corría la sangre
de los sacrificios humanos trás un partido.
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Palma
de Quelepa.
Altura: 49 centímetros.
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Canchas
cerradas
En El Salvador, situado al extremo sureste de Mesoamérica,
se han identificado 23 juegos de pelota en casi todos los
departamentos (con excepción de Sonsonate, La Paz y
Morazán). Cara Sucia (Ahuachapán), Tazumal (Santa
Ana), Cihuatán (San Salvador), Los Llanitos y Quelepa
(San Miguel) son algunos de los sitios donde se han hallado
vestigios de estos juegos.
La identificación de una cancha puede resultar difícil,
por la falta de investigaciones o las depredaciones. Las canchas
de Cihuatán y Los Llanitos (San Miguel) son las únicas
que fueron excavadas. Este año, nuevas excavaciones
en Cara Sucia (financiadas por la Embajada de Francia en El
Salvador, el Centro Francés de Estudios Mexicanos y
Centroamericanos y la Fundación Nacional de Arqueología
de El Salvador) nos permiten conocer mejor el juego de pelota
de este importante sitio costero.
La mayoría de las canchas de El Salvador son de un
tipo cerrado, es decir que tienen áreas
terminales delimitadas por muros. Ningún marcador se
ha identificado con certeza en el país. Lamentablemente,
el saqueo de antigüedades tiene como consecuencia que
los arqueólogos ya no pueden estar seguros de la función
de muchas esculturas.
La mayor parte de los juegos de pelota documentados en El
Salvador remontan al Clásico Tardío (600-900
d.C.); no obstante, las canchas pipiles de la zona de Cihuatán
datan del Postclásico Temprano (900-1200 d.C.).
El deporte revestía probablemente una suma importancia
entre los pipiles, un pueblo emigrado de México en
el siglo 10.
El nombre de Tacuba, un poblado de origen pipil
en el departamento de Ahuachapán, significa cancha
de juego de pelota (no se sabe si el nombre es prehispánico
o si fue dado por los indígenas mexicanos que acompañaban
a los conquistadores españoles en el siglo 16). No
conocemos ningún texto colonial que mencione este deporte
en el territorio salvadoreño, pero ello no nos debe
sorprender: en Yucatán y Guatemala son muy escasos
los testimonios coloniales acerca del juego.
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Juego
de pelota de Cara Sucia, Ahuachapán. Foto
Sébastien Perrot-Minnot.
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En Cihuatán,
Los Llanitos y Quelepa, las investigaciones revelaron la presencia
de escondites, es decir depósitos ceremoniales
cerca de las canchas. El de Quelepa asombró a los arqueólogos
al librar tres yugos, dos palmas y
un hacha.
Estos nombres convencionales designan tipos de esculturas
pequeñas ligados al juego prehispánico, y originarios
del lejano Veracruz (México). Podemos suponer que entre
600 y 1000 d.C., la poderosa cultura de Cotzumalguapa, que
floreció en el sur de Guatemala, así como en
zonas adyacentes de El Salvador, tuvo un papel protagónico
en la difusión de los yugos y hachas en la Mesoamérica
sudoriental.
Las funciones precisas de estas piezas ceremoniales permanecen
inciertas. Los yugos han sido considerados a veces como moldes
para realizar los cinturones de cuero de los jugadores, o
réplicas en piedra de dichas protecciones.
Objetos de cerámica nos dan otro testimonio, humilde
y vivo, del milenario deporte. Una vasija clásica encontrada
en Santa Tecla muestra a un personaje sentado entre dos canchas
vistas en plano. Por otra parte, pitos-flautas del Clásico
Tardío representando a jugadores fueron hallados supuestamente
en las regiones de Izalco y Cara Sucia.
Para retomar las palabras del destacado arqueólogo
estadounidense Stanley W. Boggs, estos pitos-flautas confirman
el carácter altamente formal del juego clásico
en El Salvador y la creencia de que los jugadores salvadoreños
emplearon esencialmente los mismos equipos del juego contemporáneo
que en otras partes de Mesoamérica.
Agradecimientos al departamento de arqueología de Concultura
y de Ramzy Barrois (Universidad Sorbona, París)
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