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12
de marzo de
2005
LUGARES
Y CIUDADES
Montreal cálidez a 15 bajo
Una
ciudad donde la cultura francesa e inglesa convive desde hace
tres siglos, y progresa al alimentarse de una migración
ordenada que proviene de todas partes del mundo.
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Una
estampa habitual
de una tarde posterior a una nevada.
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Arif es
un joven bengalí que vino a Canadá hace año
y medio y ahora trabaja en una tienda de recuerdos en el Barrio
Latino de Montreal. Afuera, la temperatura contrasta con la
calefacción de este establecimiento que ofrece ositos
y renos de felpa disfrazados con el uniforme de la Policía
Montada. Es invierno. El termómetro no sube de los
15 grados centígrados... ¡bajo cero!
¿De El Salvador? Ah, sí, tengo un compañero
en el College que es de allí. Él es muy divertido,
dice este muchacho de 19 años. No acabo de creerlo,
pero Arif sabe dónde está mi país.
Mi incredulidad es razonable porque durante los últimos
meses a veces he tenido que recurrir a un mapa para
explicar la ubicación de esa república centroamericana
pequeña.
En este trozo de Canadá, sin embargo, no es así.
El Salvador es una palabra conocida.
Montreal, originalmente llamada Monte Real, fue fundada a
mediados del siglo XVII por una flotilla de peregrinos europeos
que arribaron a las costas del río San Lorenzo. Alrededor
del Viejo Puerto fue expandiéndose lo que al
final de cuentas es una emulación a París
En Montreal, una de las ciudades francófonas de Canadá,
a pocas metros de distancia entre sí, encuentras una
Plaza de Armas, una Basílica de Notre-Dame, un Campo
de Marte, una Capilla de Sacre-Coeur, y la alcaldía
de la ciudad, que es llamada Hôtel de Ville.
Al salir del Quartier Latin, el barrio latino de Montreal,
un viento polar lastima mi nariz y oídos.
A un costado está la entrada al luminoso Barrio Chino,
que ofrece todo tipo de platillos asiáticos y mercadería
a precios razonables.
Pero decido seguir sobre la calle Sainte-Catherine en busca
de un lugar donde pueda refugiarme del frío y pronto
me atrapa una señal de tránsito cómica
que vende una tienda de recuerdos.
Los propietarios son unos primos libaneses que combinan tanto
el idioma francés como el inglés para bromear
sobre las últimas noticias de El Salvador. Demasiadas
pistolas allá, dice Reza, el administrador del
local. Mi prima estuvo tratando de radicarse en Medellín
hace dos años y los mismos colombianos decían
que su violencia era un juego de niños en comparación
a los salvadoreños, agrega al tiempo que echa
una carcajada.
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La
bandera de Québec ondea junto a la de Canadá
en los edificios públicos.
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Su prima,
Zara, me muestra las señales de tránsito que
me atrajeron y dice la mayoría de salvadoreños
que viven en Montreal dice que huyen de los bajos salarios
y, sobre todo, de la violencia.
Tu país da miedo al ver las noticias; pero, curiosamente,
ustedes son gente muy amable.
¿Y cómo son los canadienses?, les
pregunto. Zara lo resume en una frase: son capaces de
reírse de sí mismos todos los días.
Vivir en Canadá al principio es difícil
como en cualquier sociedad nueva, agrega Reza, pero
lo importante es que esta sociedad es tolerante y nos permite
convivir unos con otros. Por ejemplo, aquí tu país
no es extraño; hay cientos de salvadoreños.
El Ministerio de Relaciones Exteriores estima que viven 161,853
compatriotas en Canadá y registra cuatro asociaciones
en Montreal.
Calles frías, locales cálidos
Al salir del lugar, prosigo sobre la calle Sainte-Catherine
porque es la vía comercial por excelencia de esta ciudad
con gusto europeo. En la segunda planta de un edificio observo
una silueta que baila frente a un balcón. La silueta
se mueve de forma cadenciosa y de repente empieza a quitarse
el sostén, se coloca de perfil frente a un proyector
que engrandece sus senos y pronuncia sus caderas. El sonido
de la canción sale de un altoparlante audible a los
transeúntes. Abajo, la gente sigue de largo, indiferente
a la invitación y soportando los grados bajo cero que
acariciaban las mejillas.
Un día después, al este de la ciudad encuentro
un vecindario apacible que destaca por una especie de nave
espacial hecha de concreto; es el estadio que albergó
los Juegos Olímpicos en 1976, cuando destacaron atletas
como la rumana Nadia Comaneci en Gimnasia, con la primera
puntuación perfecta de la historia.
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Una
de las puertas al Barrio Chino de Montreal es custodiado
por un emblemático león asiático.
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Montreal
es una ciudad norteamericana que hace gala de sus hitos más
importantes y combina el gusto de diversas lugares de Europa
y el mundo. Por ejemplo, frente al Otterburn Park está
La Cabosse dOr, una chocolatería que desde hace
20 años ofrece las delicias del auténtico postre
belga.
Martine y Jean-Paul Crown junto a sus tres hijas preparan
todos los productos de acuerdo con una antigua receta de la
familia que garantiza que el chocolate sea de tan alta calidad
que, en 1993, la ciudad les concedió el Gran Premio
de Turismo de Montérégie.
La oferta de los latinos tampoco está ausente. En la
ciudad residen alrededor de 200 mil hispanoparlantes, entre
una población total de 3.2 millones. Lugares como La
Iguana y La Fiesta combinan platillos mexicanos
refinados con música de mariachi para los nostálgicos.
Gustos y estilos
De hecho, lo más caro en esta ciudad moderna y lujosa
es salir de copas y degustar una cena entre amigos. Y, sin
embargo, es la costumbre, aunque cueste un ojo de la cara.
Un grupo de seis personas perfectamente puede gastar un promedio
de 100 dólares canadienses entre seis platos, dos botellas
de vino y un par de cervezas. Socializar cuesta dinero, en
otras palabras.
Pero vale la pena, dice Juliana, una brasileña
que alterna con unos colegas de trabajo. Ella vino de paso
y lo único que lamenta es el frío. Por
lo demás, (la ciudad) está perfecta, remata.
Pero la diversión en esta urbe cosmopolita, que mezcla
el aspecto gótico de algunos callejones neoyorquinos
con el aire refinado de París, es alucinante,
como lo remarca la marquesina del club Opium.
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Los
niños están bajo la instrucción
de monitores especializados que les proveen instrumentos
para colorear o jugar.
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Esta sala
de baile está ubicada sobre la calle Crescent y ofrece,
en tres pisos, cuatro bares, una pantalla gigante y juergas
temáticas cada martes. Una vez adentro, cualquiera
olvida el ambiente gélido de afuera.
Pero la ciudad no se reduce a la frivolidad. Para muchos es
conocida por ser el hogar del Cirque du Soleil, que actúa
al aire libre durante el verano. Y, por otro lado, su nivel
cultural es vasto.
La ciudad es un refugio para el arte en todas sus manifestaciones.
Cada semana la oferta incluye música clásica,
diversas exhibiciones en el Museo de Bellas Artes y obras
de teatro fascinante, como la puesta en escena de Crimen
y castigo; además de la interpretación
de un jazz exquisito.
Si bien las calles no son el mejor lugar para salir durante
el invierno, la ciudad ofrece una alternativa subterránea.
Sí, bajo la tierra coexiste la otra Montreal, que avanza
en paralelo a casi todas las estaciones de las tres líneas
del metro.
Las últimas horas que permanezco en este trozo multicultural
de Canadá bebo un café en una de esas plazas
donde la gente va en mangas de camisa, las madres amontonan
las chaquetas de sus hijos en una esquina, mientras los chiquillos
brincan dentro de unos juegos infantiles. La vida sigue, pero
este es otro paisaje en relación con el que flota arriba.
Hasta cuando llegue la estación más cálida,
la regla es salir a la superficie sólo cuando es inevitable
y necesario.
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