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12
de febrero de
2006
CUENTO
La piedra
De
no hallarla, habría muerto. Era tan pequeña
y bien pudo haber rebotado y caído en cualquier sitio,
además, desde la segunda planta ¡cómo
rayos se supone que la iba a divisar! Pero a las mentes retorcidas
hay que seguirles la corriente. Bajé aterrado al primer
piso y salí al jardín, miré la grama.
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¡Qué locura! medité y luego
sentí frío en la sien, así que me agaché
y comencé a espulgar el suelo. Inicié sin convencerme
de hallarla, pero sentía ondas eléctricas en
mi columna y sudor en la frente, cuyas gotas podrían
sepultar la búsqueda.
¿Cómo algo tan pequeño podría
mandarme a la muerte? Es que era una estupidez, y bien merecido
lo tenía por tener aquellas amistades que mi madre
siempre me suplicó no cultivar. Y es que uno anda de
necio en la vida creyendo controlar su destino hasta que un
loco llama a la puerta y sonríe.
Una hora antes había sonado el timbre. Miré
por la mirilla, lo observé: fue la confianza de verlo
todos los días en la oficina lo que hizo que abriera
y como ya llevaba cinco cervezas adentro no logré adivinar
sus intenciones. ¡Pues claro!, la peregrina idea de
que el trabajo es un lugar sagrado, y como yo me mostraba
tan alejado de las cuchicherías de los empleados, tan
serio, nadie se acercó para advertirme del imbécil
ése de la cara sonriente
Abrí.
Y, pues, era un buen conversador: hablamos de que el petróleo
estaba caro por eso de la guerra y me encantó cuando
abrió la boca, anonadado, y me escuchó decir
con toda propiedad que los precios subían no a causa
de la guerra, sino por los especuladores enquistados en la
bolsa de valores y que si Bush decía que las reservas
habían disminuido, entonces cundía el (falso)
pánico y le subían a la gasolina. Entonces se
hacían más ricos.
En fin. Estábamos en la segunda planta porque desde
ahí se ve mejor la ciudad; además, porque el
loco tenía la idea de que en lo alto el aire era más
limpio y seguimos con la otra media docena de botellas, pero
en realidad era yo el que se las bebía y él
bien sobrio con la segunda que jamás bajaba. Y poco
después sacó una caja de fósforos y del
otro bolsillo una pipeta de vidrio en la cual colocó
una piedrita blancuzca y para adentro.
Yo me negué a acompañarlo, pues mis vicios no
eran tan eclécticos; sólo alcohol. Colocó
la cajita sobre la mesa y al cabo de un rato el humo me pareció
despreciable. Fue entonces que decidí salvar a aquel
miserable de enfrente de ese mundo de locura y miseria, y
lancé la última piedra por el aire.
Él me miró con ojos de cocodrilo y luego del
lapsus de horror se asomó a la verja para ver hacia
el suelo y después observé que las venas de
la frente se le crecieron y parecía que iba a explotar.
Entré en pánico, aunque ya era muy tarde, pues
antes nunca pude adivinar qué era ese bulto en su cadera,
quizá el celular me consolé, pero
no era eso sino una pistola.
¡Desgraciado
! me dijo, aunque apenas
recuerdo, quizá dijo otra cosa, pero la verdad es que
me aterró. Me tomó de la nuca y bajamos al jardín.
Así que allí me tenía mirando la grama
a cinco centímetros de los ojos y el maldito sudor
que caía me ponía más nervioso y nunca
encontré nada de la condenada piedra, pero la sien
me dolía, así que tomé la cagada de una
lagartija y se la di en las manos. Se calmó, alejó
el hierro de mi cabeza y metió la bolita en la pipeta,
le prendió fuego y para dentro. Segundos después
cayó sin sentido, como poste.
Ahora me encuentro con un cadáver al lado y no sé
qué hacer. Definitivamente no era la cagada de una
lagartija,
pero ¿quién sabe?
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