12 de febrero de 2006

CUENTO
La piedra

De no hallarla, habría muerto. Era tan pequeña y bien pudo haber rebotado y caído en cualquier sitio, además, desde la segunda planta ¡cómo rayos se supone que la iba a divisar! Pero a las mentes retorcidas hay que seguirles la corriente. Bajé aterrado al primer piso y salí al jardín, miré la grama.

“Mario Martínez
Hablemos



Ganadores del libro
“El romance en el matrimonio”
Mirna Elizabeth Miranda
Leonel Alonso Benítez
Pueden reclamar su libro en
El Diario de Hoy, o llamar al teléfono
2231-7777, ext. 7772.


¡Qué locura! —medité— y luego sentí frío en la sien, así que me agaché y comencé a espulgar el suelo. Inicié sin convencerme de hallarla, pero sentía ondas eléctricas en mi columna y sudor en la frente, cuyas gotas podrían sepultar la búsqueda.

¿Cómo algo tan pequeño podría mandarme a la muerte? Es que era una estupidez, y bien merecido lo tenía por tener aquellas amistades que mi madre siempre me suplicó no cultivar. Y es que uno anda de necio en la vida creyendo controlar su destino hasta que un loco llama a la puerta y sonríe.

Una hora antes había sonado el timbre. Miré por la mirilla, lo observé: fue la confianza de verlo todos los días en la oficina lo que hizo que abriera y como ya llevaba cinco cervezas adentro no logré adivinar sus intenciones. ¡Pues claro!, la peregrina idea de que el trabajo es un lugar sagrado, y como yo me mostraba tan alejado de las cuchicherías de los empleados, tan serio, nadie se acercó para advertirme del imbécil ése de la cara sonriente… Abrí.

Y, pues, era un buen conversador: hablamos de que el petróleo estaba caro por eso de la guerra y me encantó cuando abrió la boca, anonadado, y me escuchó decir con toda propiedad que los precios subían no a causa de la guerra, sino por los especuladores enquistados en la bolsa de valores y que si Bush decía que las reservas habían disminuido, entonces cundía el (falso) pánico y le subían a la gasolina. Entonces se hacían más ricos.

En fin. Estábamos en la segunda planta porque desde ahí se ve mejor la ciudad; además, porque el loco tenía la idea de que en lo alto el aire era más limpio y seguimos con la otra media docena de botellas, pero en realidad era yo el que se las bebía y él bien sobrio con la segunda que jamás bajaba. Y poco después sacó una caja de fósforos y del otro bolsillo una pipeta de vidrio en la cual colocó una piedrita blancuzca y para adentro.

Yo me negué a acompañarlo, pues mis vicios no eran tan eclécticos; sólo alcohol. Colocó la cajita sobre la mesa y al cabo de un rato el humo me pareció despreciable. Fue entonces que decidí salvar a aquel miserable de enfrente de ese mundo de locura y miseria, y lancé la última piedra por el aire.

Él me miró con ojos de cocodrilo y luego del lapsus de horror se asomó a la verja para ver hacia el suelo y después observé que las venas de la frente se le crecieron y parecía que iba a explotar. Entré en pánico, aunque ya era muy tarde, pues antes nunca pude adivinar qué era ese bulto en su cadera, quizá el celular —me consolé—, pero no era eso sino una pistola.

—¡Desgraciado…! —me dijo, aunque apenas recuerdo, quizá dijo otra cosa, pero la verdad es que me aterró. Me tomó de la nuca y bajamos al jardín. Así que allí me tenía mirando la grama a cinco centímetros de los ojos y el maldito sudor que caía me ponía más nervioso y nunca encontré nada de la condenada piedra, pero la sien me dolía, así que tomé la cagada de una lagartija y se la di en las manos. Se calmó, alejó el hierro de mi cabeza y metió la bolita en la pipeta, le prendió fuego y para dentro. Segundos después cayó sin sentido, como poste.
Ahora me encuentro con un cadáver al lado y no sé qué hacer. Definitivamente no era la cagada de una lagartija,
pero ¿quién sabe?

 

 


1995 - 2005. El Diario de Hoy
Derechos Reservados. Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización escrita de su titular.

elsalvador.com