11 de junio de 2005

PLASTICA
Un diálogo con el arte


Lleva veinte años fuera de El Salvador, viviendo en Canadá. Y allí Jorge Figueroa dialoga con el arte y contorsiona con desenfreno la figura humana: en sus lienzos, en sus esculturas.

Texto: Morena Rivera
Fotografías: Morena Rivera y Jorge Figueroa

Hablemos El Diario de Hoy


Cuando estudiaba en el Instituto Nacional de Artes Gráficas Carlos Alberto Imery, en San Salvador, Jorge Figueroa ya trascendía más allá del paisaje y del bodegón. “A veces salía con mis manchones”, bromea, a lo mejor con sus planteamientos.

Porque el arte es eso, y más. “Es cuando uno dialoga con el material”, agrega. Y está allí, en un apartamento en Winnipeg, Manitoba, Canadá. Recién llegado de Montreal, en donde por un tiempo buscó horizontes artísticos.

Rodeado de pinceles, de óleos, de acuarelas, de afiches que reflejan las exposiciones a lo largo de su carrera y de sus nuevas propuestas artísticas, en donde sigue enfocando la figura humana, ahora más allá, allí donde se halla su pureza, algo divino.

Hay poca luz en su entorno, la que deja entrar una ventana. También hay poco espacio, nada de grandes estudios, ni caballetes complicados, pues en ese diálogo diario que entabla con sus materiales no necesita de grandes ceremonias.

“A estas alturas de mi vida hago arte porque es parte de mi alma”, refiere. Pues después de un largo recorrido, como el que ha tenido, la gente termina por aceptar y hasta por comprender propuestas como las suyas.

Con sus figuras humanas, presentadas de tantas formas y desde tantos ángulos en sus lienzos y en sus esculturas, Jorge Figueroa, de 53 años, plantea ese carácter filosófico, sociológico y sicológico que define a cada persona.

Su obra, dice, nada tiene que ver con sexualidad ni tiene un sentido erótico, como podrán sugerir a muchos esos cuerpos femeninos desnudos, enredados unos con otros. “Es sólo una composición artística, con símbolos y significados”, señala.

Como los pies que a veces suele trazar en sus lienzos, que para él reflejan las raíces del ser humano. O los símbolos que escenifican la maternidad, la familia, el nacimiento, la muerte, la madre tierra y hasta la cultura maya de su inolvidable El Salvador.

El arte, su mundo

El pintor y escultor Jorge Figueroa dejó su país hace ya veinte años. No le gusta detallar la razón de su partida, a lo sumo dice que fue por motivos ideológicos. “Llegué a Canadá para quedarme un año, y sigo aquí”, comenta entre risas.

Antes de eso había estudiado dibujo y pintura en el Instituto Nacional de Artes Gráficas y de modelado en la Escuela de Escultura. De niño iba al cementerio Los Ilustres, en la capital, para imaginarse que un día haría uno de esos enormes mausoleos.

Sus uñas siempre tienen el entorno de color blanco de tanto esculpir sobre piedra. Además talla sus características figuras humanas sobre madera, bronce, plástico y resina.

También el dibujo es para él una necesidad. A menudo suele derrochar su imaginación y expresar sus planteamientos a través de esta rama. De éstos guarda catálogos completos, sin fines de exhibición, como un desahogo espiritual.

Porque cree que un artista no sólo debe ser un académico, sino tener vocación para ser grande. “Debe ser una combinación de las dos cosas”, considera. Pues tener varios títulos no hace que alguien sea bueno o malo.
En la década de los setenta estuvo becado en Japón, Suiza y España, y en 1980 recibió su grado universitario. Su obra se ha exhibido en galerías de Brasil, Colombia, Argentina, Chile, México, Estados Unidos, Canadá y Japón, entre otros países.

“Pero eso no quiere decir que sea bueno o malo”, repite. Y a veces la gente evalúa al artista por el currículo y no por la obra. Aunque no niega que haya tenido su trayectoria, incluso la aceptación del público.

En días recientes ha dejado de exhibir su trabajo artístico, pues prefiere huir de la gente, cuenta. Se siente viejo, y en sus más nuevas creaciones incluye temáticas como la soledad, la tristeza y algunos pasajes bíblicos.

Tiene 12 años de no visitar El Salvador, pero cuando su pensamiento se embarca en décadas pasadas le dan ganas de abandonar todo, y volver a tocar la tierra donde un día comenzó a concebir más que simples paisajes y bodegones.

La escultura ocupa un espacio

¿Puede definir su obra?

Mi obra es realista porque tomo elementos de la realidad.

¿Qué se siente más: pintor o escultor?

Siento que la pintura es un engaño óptico, muchos colores bonitos, pero sin ocupar un espacio; en cambio, la escultura guarda un espacio, existe el material, por eso me gusta más esta última.

¿Canadá o El Salvador?

En mi corazón siempre he vivido como salvadoreño... Aquí me detienen mis hijos.

¿Ha vivido del arte?
Lo he hecho casi toda mi vida. Muchos creen que sólo es un pasatiempo, pero es también una profesión como todas.

¿Es importante la academia?

Tanto la academia como la vocación son importantes. La universidad enseña las técnicas, pero no a ser artista. Eso se tiene en el alma.

¿Puede definir los colores de sus obras?

Los violetas representan la pureza, el azul el infinito, el amarillo el intelecto y el verde la naturaleza.
Dicen que no le gusta poner título ni nombre a sus obras.
No, porque no me interesa, ni siquiera dónde la hice.

¿Está enterado de cómo camina el movimiento plástico en El Salvador?

Sé que no hay buenos profesores, o quienes podrían enseñar se guardan sus conocimientos, y esa no debe ser la actitud de un artista. También creo que se vende más obra en El Salvador que en Canadá. Lo que sucede es que en el país es un arte elitista.

Su arte internacional

Jorge Figueroa nació en San Salvador. Hace veinte años dejó su país para radicarse en Winnipeg. Parte de este tiempo también lo ha vivido en Montreal.

De 1966 a 1968 completó sus estudios de pintura y escultura. De esta última posee una maestría. De 1970 a 1973 estudió artes plásticas en Japón, Suiza y España.
Fue director del Instituto de Escultores de la Universidad de Manitoba y ha impartido seminarios de arte visual para artistas inmigrantes.

Su escultura y su pintura se han exhibido en galerías de ciudades canadienses, Japón, México, Costa Rica, Colombia, Argentina, Chile, El Salvador, entre otros países. Parte de su obra está en manos de coleccionistas privados en España, Canadá, Francia, Italia y Latinoamérica.

 



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