9 de julio de 2006

ACTUALIDAD
Cementerio de bebés abandonados

Como en otras ciudades, Nueva York también tiene el problema de que muchas madres desnaturalizadas dejan abandonados a sus bebés al nomás nacer. Pero un hombre se ha encargado de recogerlos, adoptarlos o enterrarlos, si es el caso.

Pamo Roth
DPA

Hablemos


Con donaciones, Tim Jaccard estableció el “Cementerio de los bebés abandonados”. Foto dpa/Pamo Roth

Tim Jaccard es un héroe de la vida cotidiana. Pero su rutina con frecuencia es tétrica. Es enfermero de la policía y lo llaman cuando ya es demasiado tarde. Vio muchos cadáveres, pero ante uno se quebró y lloró.

Era un bebé, que había sido metido en una cloaca. Poco después fue el cuerpo de un recién nacido, hallado en una bolsa de plástico al costado de una calle, lo que le robó el sueño. Desde 1998, Jaccard se ocupa de los bebés que nadie quiere.

Con donaciones estableció el “Cementerio de los bebés abandonados” en el Cementerio Holy Rood de Nueva York, en Long Island (The Island of Hope, la isla de la esperanza).

“Quise hacer visibles a los bebés no deseados y la injusticia que vivieron. Deben ser enterrados con dignidad y no desaparecer en una fosa común anónima”, explica el hombre, de 61 años, con voz firme y el profesionalismo de un experto que ya contó su historia a casi todas las grandes cadenas de televisión estadounidenses. Pero, agrega, más bien murmurando: “En caso contrario se convertirían en números”.

Y es que él también les dio nombre. El que descubre el cadáver de algún niño elige el nombre, y todos los 89 bebés hallados hasta ahora recibieron el apellido “Hope” (esperanza).

Sobre las tumbas hay juguetes que colocaron personas que si bien no conocían a los bebés fueron a su entierro o simplemente de esa manera participaron de su destino.

Juguetes, con los que los bebés jamás pudieron jugar. También fueron dejados flores y chocolate. Jaccard se arrodilla y retira follaje viejo de adelante de una chapa de latón. En todos los casos sólo hay una fecha, porque todos los bebés tuvieron que morir el día que nacieron.

¿No es esto triste?

Dos nombres tienen la misma fecha de fallecimiento. “Primero pensamos que eran mellizos”, dice Jaccard y queda parado delante de una tumba.

Cuando transeúntes descubrieron a Christiana en el puente Williamsburg en Manhattan y llegó Jaccard, éste vio al final del puente, del lado de Brooklyn, la luz azul de un vehículo policial. Allí también fue hallado el cuerpo de un bebé, Gabriella, pero un análisis de ADN descartó un parentesco entre ambas.

“Dos niños, independientes entre sí, en el mismo puente la misma noche. ¿No es esto triste?”, se pregunta Jaccard.

Pocos metros más allá, Jaccard señala el sepulcro de Crystal. Fue encontrada del 2 de enero de 2001 en una noche helada.

“Su descubridor pensó primero que era una muñeca cubierta de cristales de hielo, porque estaba en posición sentada apoyada contra un árbol”, relata y se queda algunos momentos en silencio frente a la tumba de Crystal.

Una vez Jaccard participó del esclarecimiento de dos asesinatos de bebés. Llegó a la habitación de una joven de 23 años, cuyo padre halló la noche de Navidad debajo de su cama a un recién nacido muerto en una bolsa de plástico.

“Cuando vi la bolsa, la forma en que estaba anudada me hizo recordar a una que hace años yacía al lado de la entrada a un local de comidas rápidas”. Jaccard se inclina hacia adelante y no puede ocultar su conmoción: “El extremo de la bolsa fue doblado y atado herméticamente con una cinta elástica”.

Historia de Molly


Jaccard se sienta sobre el banco, que los empleados del cementerio colocaron allí a propósito para él. Con frecuencia está sentado allí y reza por aquéllos a quienes les fue robada la vida. Se lo ve cansado, pero aún quiere relatar una historia especial.

“Molly nació en Central Park el 9 de septiembre de 2001”, dice con una mirada orgullosa, como si se tratara de su propia hija. Recibió la llamada de una mujer joven de Bronx, tomó su maleta de enfermero, que siempre lleva en su automóvil, y le prestó ayuda en el parto sobre una piedra.

Debido a que la agotada madre no quería ir al hospital la llevó a una pensión, mientras que Molly era trasladada a un hospital.

Una lápida del “Cementerio de los bebés abandonados” en el Cementerio Holy Rood de Nueva York, en Long Island.

“La madre de Molly abandonó el día siguiente la pensión y desde el 11 de septiembre, cuando cayeron las torres, desapareció sin dejar rastros”, señala Jaccard. Molly es uno de “sus bebés”, como él los llama, un bebé que salvó.

Él no quería sólo enterrar muertos, sino también salvar de la muerte a los bebés

Por este motivo elaboró una propuesta de ley para legalizar nacimientos anónimos y creó una fundación con donaciones de dinero y fondos recaudados en reuniones de beneficencia.

La ley fue adoptada en 47 de los estados norteamericanos. En el estado de Nueva York, el año pasado nacieron 25 bebés no deseados que fueron dados en adopción.

Jaccard, quien tiene tres hijos y cinco nietos, habla de ellos como si fueran propios: “Yo tengo allí afuera cientos de bebés a los que rescaté”. El número de “bebés abandonados” descendió rápidamente desde la entrada en vigencia de la ley: de 16 a tres en un plazo de siete años.

La mayoría de los “bebés abandonados” es descubierta a comienzos de año. Nueve meses antes fueron las vacaciones del college, la alta temporada para el inicio de embarazos no deseados.

“En su mayoría son familias con formación, religiosas, blancas, en las que las expectativas y la presión por el desempeño son altas y los embarazos son encubiertos.

En (ambientes) afroamericanos estos embarazos no deseados son más aceptados”, afirma Jaccard, quien sigue desde hace casi 20 años este fenómeno de bebés no deseados y cuyos padres se deshacen de ellos de manera cruel.

Este hombre cristiano no apoya el aborto, y está más bien a favor de prevenir los embarazos. “El sexo es algo maravilloso, pero peligroso cuando se es joven”, sostiene.

Cada “bebé abandonado” nuevo es un golpe para Jaccard: “Sólo lo puedo soportar porque sé que debo cambiar algo en eso”.

April es la segunda en este año que Jaccard debe enterrar, después de Michael Hope. Cuando a comienzos de marzo este bebé fue hallado en una calle había sido atropellado cuatro o cinco veces.

Antes de que Abril reciba el apellido “Hope” y sea enterrada, Jaccard espera 30 días para el caso de que se presenten los padres. Pero según su experiencia, es un asunto perdido.

En su casa tiene una caja con un vestido blanco de seda. “La Princess”, dice una etiqueta colgante. Jaccard acaricia la tela: “Esto es para April, a quien desgraciadamente no pude salvar”.

 

 


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