9 de abril de 2006

LIBROS
Una novela sorprendente

Carlos Alberto Saz
Secretario de la sede de la Academia Salvadoreña de la Lengua
Hablemos



Realmente en el país hay valores desconocidos en el campo del arte: en la pintura, en la música, en el deporte, en las matemáticas, en la literatura, etc.
Son valores de gran talento que, generalmente, pasan inadvertidos ante la generalidad, porque son modestos, porque son personas ajenas a la pompa, porque son intelectuales entregados a su obra sin esperar el elogio ni la vanidad, porque son genuinos artistas que en realidad entregan a la sociedad auténticas joyas inapreciables que vienen a enriquecer la cultura de los pueblos. Son intelectuales que honran a la patria con sus obras de gran calidad cultural.

Estos valores desconocidos son como los humildes lirios que en la oquedad de la montaña exhalan su perfume y su belleza tras el silencio sempiterno de la flora que es hermosura incomparable. Son como luz de luna llena cuyo bellísimo esplendor no advierte el caminante en una noche quieta y apacible.

Así son estos valores desconocidos: apacibles, quietos, humildes, sencillos, abstraídos, a veces melancólicos y otras veces introvertidos, ajenos a la algarabía y a la falsedad del mundo con sus escenas placenteras y falaces.

Y entre estos valores desconocidos se puede mencionar con toda propiedad al joven escritor Roberto Quezada, un artista de la narrativa que maneja esta rama de la literatura con extraordinaria facilidad y con admirable capacidad imaginativa.

Roberto demuestra este gran talento que en su novela “El Leoncavallo (...del amor trunco)”, premiada con el galardón de primer lugar en los Juegos Florales de San Salvador, en el año 2000, calzada con el pseudónimo de Fausto Tinelli, y comentada respetuosamente por reconocidos escritores extranjeros de gran valía literaria.

La obra es de carácter histórico, y el Jurado la galardonó por “su calidad narrativa, su buen manejo de la intriga, el suspenso, el humor y el tratamiento de las acciones y personajes, así como por su manera desenfrenada de universalizar lo nacional salvadoreño frente a otras culturas...”.

De verdad que es una novela sorprendente, porque sorprende en su narrativa, en su historicidad, en su excelente escritura, en su coherencia, en el uso real del lenguaje —lengua de nuestro pueblo—, en la forma como describe lugares y situaciones hasta la manera de generalizar lo propio del salvadoreño con otras culturas lejanas.

La doctora Sheila Candelario, de Setauket, Nueva York, Estados Unidos, se expresa así de la novela: “... No sólo trabaja los niveles psíquicos y emocionales de la guerra desde el exilio, sino que destapa la caja de Pandora desde varios ángulos: veracidad histórica, silencios y vacíos en la historia documentada también hablan, es la escritura, no la ‘historia’ la que devela el pasado... Es un texto bien logrado, que deja una huella histórica sobre múltiples niveles literarios”.

Y el doctor Alberto Hijar, de Tlapan, México, D.F., crítico de arte, filósofo y catedrático dice que “El Leoncavallo es fundamental, no sólo como recuento de los daños de una guerra popular, sino como su prolongación como vida cotidiana de tantos y tantas vidas determinadas por ella. La trama de esta novela requiere del español, del italiano, de los modismos ‘guanacos’, hasta construir un discurso complejo donde los gestos, usos y costumbres también cuentan”.

Y nosotros los salvadoreños decimos, emocionados, que “Leoncavallo” es una interesante novela histórica que universaliza nuestra idiosincrasia frente a otras culturas. Es una obra que le proyecta valor a nuestra patria, que culturiza a la nación, que refleja lo salvadoreño interiorizándolo con ingenio literario a otras latitudes a través de la esplendente pluma de un escritor joven, promesa de la literatura nacional. Es una novela que debe ser leída por todo amante del arte de la literatura. ¡Sí, señor!

 


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