9 de abrilde 2005

TURISMO
Praga
Recuerdos de primavera

La capital de la República Checa es una ciudad que embelesa. Cada trozo de sus calles está rodeado de esa maravilla arquitectónica llamada bohemia y el espíritu solaz de los lugareños se confunde con la incesante curiosidad de los extranjeros.

Eric L. Lemus
Hablemos@elsalvador.com

 

La República Checa celebra su pertenencia a la Unión Europea abriendo las puertas de su capital a todos aquellos que desean conocer su historia centenaria y las huellas de una ocupación soviética violenta, que echó al traste el espíritu reformista a fines de los años 60.

Sentado sobre las gradas del Museo Nacional observas la estatua del rey Wenceslao y la plaza longitudinal que baja hacia la Ciudad Vieja. Desde esta pequeña colina puedes imaginar por dónde entraron los tanques soviéticos en 1968, luego que Leonid Brezhnev recurrió al Pacto de Varsovia para invadir la otrora Checolosvaquia.

La maniobra militar de la extinta Unión Soviética ponía así fin al movimiento democrático y marcaba el inicio de una ocupación que solamente fue echada abajo con otra revolución, pero pacífica, tras la caída del Muro de Berlín.

Las calles de Praga encierran cientos de historias y testimonios que probablemente fluyen en las tabernas praguenses, el espacio por excelencia para conversar.

“Ahora vivimos en libertad, pero la ocupación soviética no es un recuerdo agradable. Tenemos relaciones con los rusos, pero basadas en el respeto”, confiesa Petr Cihacek, un periodista que comparte sus impresiones acompañado de una cerveza.

La legendaria taberna U Fleku, uno de los sitios habituales del poeta salvadoreño Roque Dalton, es una entre cientos de opciones para degustar la bebida que justamente simboliza el espíritu checo: la cerveza.

Claro, ningún praguense sugiere ir a U Fleku ahora porque “siempre está lleno de turistas y es demasiado caro”, observa el lugareño.

Desde el Museo Nacional, la ruta turística es inevitable. Bajas a lo largo de la Plaza Wenceslao, el corazón comercial de Praga, y a tu derecha está el legendario Hotel Europa donde el actor Tom Cruise rodó unas escenas de “Misión imposible 1”.

A la puerta no faltan las artesanías de fino cristal de bohemia que atrapan los ojos de cualquiera. El brillo delicado de sus aristas sobrevive desde el siglo XVII. Cada trozo es una obra de arte en miniatura; pero, al ver alrededor, el color de los tejados deslumbra y recuerdas por qué Praga es conocida como la “ciudad dorada”.

Primavera interrumpida

Unos pasos más adelante está el Museo del Comunismo, sobre la calle Na Príkope. El museo es de naturaleza privada y sus creadores escogieron tres salones amplios del elegante Palacio Savarin para recordar aquella época alrededor de tres palabras: sueño, realidad y pesadilla.

Casualidad o no, la entrada al Museo está en medio de un McDonald’s y un casino. El museo presenta un recuento acerca de la ocupación soviética posterior al 68, imágenes de la vida diaria, documentos, objetos y fotografías sobre el ejército, la policía secreta, los juicios estalinistas y el aparato coercitivo que amargó la vida de los checos hasta cuando triunfó la revolución de terciopelo en 1989, el movimiento pacífico que siguió al desmoronamiento de la “cortina de hierro” y que presidía el dramaturgo que llegaría a ser presidente, Václav Havel.

La escultura irreverente del artista David Cerny está dentro del centro comercial Lucerna.

“Ahora vivimos en libertad, pero la ocupación nazi no es un recuerdo agradable. Tenemos relaciones con los rusos, pero basadas en el respeto”.
Periodista checo

Sin embargo, Praga recuerda su historia, pero no llora sobre la leche derramada. La capital de una rejuvenecida República Checa es un destino obligatorio para el turismo europeo por el encanto de sus calles adoquinadas, sus tejados de cuentos de hadas y decenas de teatros y sitios alternativos para diversos espectáculos. En suma, el arte flota por todas partes.

Al seguir la ruta hacia la Ciudad Vieja, un alto obligatorio es la sede del Teatro Nostic, donde Amadeus Mozart estrenó “Don Giovanni” el 29 de octubre de 1787.

Una escultura lúgubre del espectro que persiguió el alma apesadumbrada del músico alemán es la señal para identificar el edificio. Por supuesto, a la escultura de la muerte, los turistas hoy día le sacan su mejor ángulo cuando la fotografían.
Una vez en el casco viejo, el punto de atracción es el reloj astronómico, plegado al Ayuntamiento de Praga. Bajo esa pared cientos de turistas asiáticos y europeos sonríen ante la cámara, sin imaginar que en 1621 —en ese mismo lugar— hubo sangrientas ejecuciones.

La Ciudad Vieja es una parte emblemática porque sobrevivió a la ocupación nazi, la Segunda Guerra Mundial y el estalinismo soviético. En cada bloque observas la historia de la arquitectura: gótico, renacimiento, barroco, neoclasicismo y modernismo.
Praga es una ciudad inquietante. A pesar de ser cuna de las mejores escuelas de arte y fotografía de Europa también tiene un rostro desenfadado.

Sentido de ironía

La esencia musical de Praga es tan antigua como su lucha por sobrevivir a los horrores de la guerra en el centro de Europa. Por eso el sentido de la ironía es la mejor arma a la que han recurrido a lo largo de los años.

En el centro comercial Lucerna está uno de las esculturas irreverentes del artista David Cerny. La imagen es cómica porque el mismo rey Wenceslao de la plaza de afuera, uno de los símbolos nacionales, está montado sobre un caballo patas arriba, que tiene la lengua de fuera y luce colgado del vestíbulo principal. Risas cada vez que alguien compra un tiquete para ver una película.

Cerny es un joven de 37 años que saltó a la fama cuando pintó de rosa un tanque soviético en 1991. Los 40 años de ocupación violenta eran ridiculizados sin un tiro, sin heridos ni detenciones. Luego de exponer su trabajo en Nueva York, el escultor regresó a Praga, “harto de una extraña clase de hipocresía” norteamericana.

Para sus críticos, Cerny es un artista de derecha, pero él tiene una posición distinta. “No quisiera categorizarme como una persona de derechas porque yo parto de la experiencia que vivimos en mi país. Probablemente, si viviera en Estados Unidos, allá dirían que soy de izquierdas”.

Las sinagogas sobrevivieron a la invasión nazi debido a que el plan original era conservar la zona para convertirla en un museo.

Delgado, cabellera revuelta y ojos vivaces, el pensamiento del escultor representa el sentido de las mayorías que prefieren reírse de las formalidades que trajo la democracia.

Por ejemplo, la movida electrónica —y sus bits desenfadados—se han afincado en la ciudad desde los años 90.
Todo empieza con un mensaje sorpresa al teléfono celular o a través de una página web.

El día y la hora son anunciados con 24 horas de anticipación y el lugar suele ser una bodega abandonada de la era soviética. El concierto es organizado en la más extrema clandestinidad para evitar el control de la policía. Pero, como es lógico, tarde o temprano los encuentran y la fiesta tiene que ser controlada por las autoridades.

La ciudad nueva

Encima de los techos sobresale la vista imponente del Castillo de Praga, una joya de la historia enclavado en la zona de Prazsky Hrad. Donde vivieron los reyes, ahora es un paseo habitual para quienes desean ver el curso del río Moldava y la imponente vista del Puente de Carlos, donde recrearon el inicio de la cinta de Tom Cruise.

La ciudad cabe en la palma de la mano, pero, al volver hacia esos pasadizos, es imposible pasar de largo frente al escaparate de una tienda, leer el cartel de un concierto de jazz anunciando una cita en el Redutta (el mismo lugar donde actuó Bill Clinton), el Zelezná, el Metropolitan o el Jazz Club U Stare Paní.

¿Basta una semana para tener una impresión de la cultura musical de la cultura checa? Tal vez no, pero tan pronto interactúas con sus habitantes te das cuenta de que Praga es un destino si quieres revivir emociones de cualquier naturaleza.

Es un día hermoso, un espléndido domingo, y el Museo Nacional ofrece “Las cuatro estaciones” de Vivaldi y en las calles los trovadores amenizan las plazas. ¿A dónde ir? Al final de la tarde prefiero caer rendido ante una “rubia”, la cerveza estilo Pilsen que acuñó la República Checa.

Aquella bebida es el preludio para cruzar otra vez el Moldava en busca del barrio donde nació uno de los autores favoritos y más atribulados del siglo XX, Franz Kafka.

Poco después encuentro el Barrio Judío. Calles estrechas. Sinagogas pequeñas. Silencio... Dentro de una plaza triangular está una escultura de tres metros de altura, que rinde honores al autor de “La metamorfosis”.

La escultura de Kafka, el escritor que anticipó la pesadilla que cundiría sobre Europa, es la última imagen que guardo en mi memoria. Y recuerdo que el Barrio Judío luce íntegro debido a una idea siniestra: los nazis querían convertirlo en un museo de una raza extinta.



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